sábado, 28 de noviembre de 2009

El país de los bajos cielos (I): Lille


Lille a bote pronto

La impresión que asalta al viajero en la estación Lille Europe es la de encontrarse en un lugar muy distinto al que visitó siete años atrás. Sin duda, Lille ha cambiado mucho en este lapso de tiempo. Su condición de capital europea de la cultura —compartida con Génova— en 2004 mejoró la ciudad ostensiblemente y la situó de forma definitiva en los circuitos de los turoperadores, pues, a pesar de ser la cuarta villa francesa en tamaño y población, la ciudad más importante entre París y Bruselas era hasta ese momento una desconocida para el propio turista galo, quien tendía a considerarla como una ciudad gris, fabril y sin atractivo.

Según bajamos por la avenida Le Corbusier hacia la estación Lille Flandres, de estilo modernista y aún en funcionamiento, vemos las enormes torres de oficinas que conforman la city de Lille. El edificio con forma de ele que corona la estación y que puede ser divisado a varios kilómetros de distancia se ha convertido en símbolo de la ciudad. Sus paredes exteriores, formadas por un ensamblaje de cristales grisáceos, tienen el color del cielo encapotado que amenaza con llover en cualquier momento. Después de unos minutos llegamos a la estación Lille Flandres, línea divisoria entre la parte moderna y los barrios tradicionales de la ciudad. Luego, a la vez que avanzamos por la calle Fedherbe, nos vamos internando en el casco histórico hasta llegar a la plaza Charles de Gaulle, verdadero centro neurálgico de la urbe. Por ser su ciudad de nacimiento, los lugares más emblemáticos de Lille —esta plaza, la universidad de letras o una de sus mayores avenidas, por citar sólo algunos ejemplos— reciben el nombre del ex–presidente francés.

Son las doce del mediodía. El centro es un hervidero de oficinistas y empleados en su tiempo de descanso. Tienen por delante dos horas libres hasta la vuelta al trabajo. Los numerosos puestos de bocadillos y comida rápida muestran largas y variopintas colas de clientes. En ellas, los estudiantes de instituto se mezclan con los turistas y los ejecutivos en la espera del sándwich o del kebab. Seguimos por la populosa calle de Paris, ya decorada con motivos navideños, hasta la calle Malpart, donde se encuentra el Albergue juvenil. Al llegar al edificio la decepción se apodera del viajero: la fachada está completamente desconchada; los cristales de las ventanas, rotos; los muros menos cubiertos de pintura que de humedad. Además, el albergue está cerrado hasta las tres de la tarde: eso significa que no podremos entrar en las próximas dos horas. Ni siquiera los establecimientos dedicados al alojamiento se salvan en Francia de este corte transversal en el horario. (Por suerte, cuando abrieron las puertas del albergue, el viajero comprobó que lo de dentro estaba bastante mejor que el exterior).


Excursión a la banlieue (la periferia)

Las revueltas de la periferia en 2004 llevaron a las portadas de los diarios internacionales las desigualdades sociales en las principales ciudades francesas. El caso de Lille no fue una excepción: después de París, Marsella y Lyon su banlieue (contando las localidades cercanas de Tourcoing y Roubaix) registró el mayor número de coches calcinados y de enfrentamientos violentos con la policía. El camino que va del albergue juvenil a Mons, una pequeña población en las afueras de Lille, atraviesa esa banlieue conflictiva. En una hora a pie, el viajero recorre la extensa Avenida de las Acacias hasta llegar a la alcaldía de Mons, realizando un trayecto paralelo a una de las dos únicas líneas de metro que tiene la ciudad.

Antes de alcanzar la alcaldía, las altísimas torres de viviendas o HLM (viviendas sociales) asoman sus crestas por encima de las casas burguesas de dos plantas que todavía pertenecen al término municipal de Lille. También hay bloques rectangulares de minúsculos apartamentos y estilo soviético donde se apiñan familias inmigrantes, principalmente de origen magrebí o subsahariano. En el exterior de estas colmenas superpobladas, las antenas parabólicas brotan como hongos, orientadas todas en la misma dirección. Sin embargo, la zona, a diferencia de años atrás, está muy tranquila. Han desaparecido las pandillas que amedrentaban a los viandantes y causaban altercados en el metro.


Las infraestructuras del barrio también han mejorado notablemente. Se ha levantado un colegio, han arreglado varios jardines y muchas viviendas han sido rehabilitadas. Las mujeres caminan con sus carritos de la compra como si la zona fuera desde sus orígenes un apacible barrio residencial, y las estaciones de metro no presentan mamparas rotas a pedradas ni expendedoras de billetes fuera de servicio por haber sido forzadas. A primera vista, nadie diría que la zona fuera escenario de batallas campales entre grupos de jóvenes y fuerzas del orden. A pesar de que los enfrentamientos todavía son frecuentes en algunas ciudades (sobre todo en las afueras de París), sin duda esta zona ha cambiado para mejor. Ahora bien, esta mejoría plantea una pregunta difícil de responder: ¿es justificable la violencia como motor del cambio?



El Viejo Lille: ese gran desconocido

Si hay un rincón de la ciudad subestimado por las guías turísticas, ese es el casco antiguo, conocido popularmente como Le Vieux Lille (El Viejo Lille). Para llegar a él, desde la plaza Charles de Gaulle —situándonos a espaldas del Teatro—, tendremos que caminar apenas unos minutos (sin olvidar el edificio de la antigua Bolsa con su extraordinario mercadillo de libros de segunda mano) y enseguida nos adentraremos en la zona con más encanto de la ciudad. El asfalto da paso al empedrado y los grandes almacenes ceden su lugar a las tiendas de diseño y a confiterías de un refinamiento que ya querrían para sí en los barrios más selectos de París. Los escaparates están cuidados con un detallismo (como diría Borges) “ya molesto”. Sin embargo, todo es sencillo. No se aprecian por ninguna parte los dorados de los establecimientos españoles ni los elementos barrocos tan del gusto de nuestros comerciantes. Aquí puedes entrar a una tienda con un chándal andrajoso y probarte unos pantalones de 1500 euros, que ningún dependiente te mirará mal ni juzgará tu capacidad adquisitoria por tu vestimenta. De hecho, en Lille lo que se lleva es pasar desapercibido, la filosofía “menos es más”.


Según avanzamos por la calle de la Monnaie, comprobamos que el Viejo Lille es lo más parecido al paraíso en la Tierra para los amantes de los dulces. Las reposterías y confiterías despliegan en sus escaparates una variedad asombrosa de piezas muy elaboradas, fruto de una imaginación desbordante. El amante del dulce sólo podrá salvarse de la tentación si su bolsillo no da para los altos precios de los productos, o por la dificultad para elegir entre tanto establecimiento de calidad. Las perfumerías, las floristerías o las tiendas de juguetes también abundan en esta zona. Todas están increíblemente cuidadas, y así se nota en los precios desorbitados.

Otro apartado del Viejo Lille que merece ser destacado es el de los cafés. Los interiores, en su mayoría de madera, no pueden ser más acogedores. El Café L’Illustration, situado en la calle Royale, es un buen ejemplo de esto. Su parroquia está compuesta por gente todas las edades y condiciones, aunque predominan los clientes bohemios (jugadores de ajedrez, escritores ensimismados, etc.), muy a juego con la decoración Art Nouveau del café. Las paredes están cubiertas por una exposición de dibujos Manga y en la primera planta, a la que se acceda por una estrechísima y empinada escalera de madera, se realiza una presentación literaria. No en vano, la guía Lonely Planet define así al local: “Se trata de un café agradable, aunque a veces se respire demasiado humo. Frecuentado por artistas e intelectuales que acuden a leer, a intercambiar ideas o, simplemente, a pasar el rato. Muy francés en el mejor sentido de la palabra”. Otro apunte interesante: el camarero no se impacienta porque el viajero sólo consuma un café y descanse en los cómodos asientos de las largas horas de caminata. Sin duda, Lille es un sitio del que los españoles podemos aprender muchas cosas.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Crítica de "Ojos de fuego", de Antonio Parra Sanz


Desopilante metafísica de bar

“Ojos de fuego”. Antonio Parra Sanz. Tres Fronteras. 177 páginas / 14 euros.

Con Ojos de fuego inaugura el escritor madrileño Antonio Parra Sanz la serie de novelas negras protagonizadas por Sergio Gomes, un peculiar y entrañable detective abonado al vodka y al sándwich mixto, e influido en su nacimiento por la mejor tradición hard-boiled norteamericana —léase Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Jim Thompson y un largo etcétera— así como por el Montalbano de Andrea Camilleri o los grandes autores nacionales del género: Francisco García Pavón, Manuel Vázquez Montalbán y, ya en nuestros días, Lorenzo Silva o Alicia Giménez-Bartlett (por citar sólo algunos nombres).

Partiendo de tan ilustres influencias, Parra Sanz ha compuesto una historia de ritmo trepidante, plagada de corrupciones empresariales y negocios oscuros, de asesinatos turbios y amores imposibles con femme fatale incluida. La sensación de verosimilitud atraviesa todas las páginas de esta novela que disecciona, con un gran sentido del humor en los diálogos y situaciones (formidable el encuentro de Gomes con Claudio Rubins en la torre de oficinas o el interrogatorio con los policías Palazuelos y Carmona), las altas y bajas esferas de la sociedad madrileña, unidas ambas por un hilo aparentemente invisible y que el autor hace palpable en los constantes cambios de escenario. Por otra parte, las conversaciones de Gomes en Bocaccio con el barman Cordero y en la agencia con su jefe Galindo resultan igualmente destacables, un derroche de agudeza y desopilante metafísica de bar.

Ojos de fuego está narrada con un estilo ágil, de adjetivos inesperados y descripciones expresivas que dan lo mejor de sí mismas en las ambientaciones callejeras de Madrid (es reseñable, en este aspecto, el seguimiento de Gomes a Cartujo por el centro de la capital o la persecución a los gemelos en el secuestro de la Cari). La novela representa, pues, un comienzo muy digno para una saga que encierra muchas posibilidades por explotar y, al mismo tiempo, la prueba fehaciente de que el género negro puede estar al nivel de la mejor literatura, aportándole al lector un extra de diversión. A buen seguro, aquellos que hayan leído esta primera entrega aguardarán la segunda historia de Sergio Gomes con la misma impaciencia que con la que ya lo hace un servidor.

Publicado el 7-XI-09 en el semanario cultural Ababol del diario La verdad.

Para leer la reseña ampliada, tal y como apareció en prensa, pincha la imagen: