martes, 21 de febrero de 2012

Reseña de "Solo guerras perdidas", de Pascual García, en el nº4 de "Caxitán"


Solo guerras perdidas
Pascual García
Editorial Alfaqueque
Cieza, 2010
255 páginas

         Lo primero que percibirá el lector habitual de Pascual García (Moratalla, 1962) es que su última novela, Solo guerras perdidas, tiene como escenario principal el recurrente territorio narrativo de Los Olmos, espacio literario que se emparenta por varias razones —entre ellas su carácter rural y su cercanía al periodo temporal de la Guerra Civil española— con los de Región, del madrileño Juan Benet, o Celama, del leonés Luis Mateo Díez. Como tal, algunos personajes son reincidentes en la novelística de Pascual García, como es el caso del protagonista, Aníbal Salinas, quien también aparece en la novela Nunca olvidaré tu nombre. Estos, no obstante, no son los únicos referentes literarios que encontrará el lector a poco que se adentre en estas páginas. Los ecos rulfianos de Pedro Páramo son rastreables en el personaje de Aníbal llegando a la sierra a lomos de una mula en un paisaje que, pese a las diferencias, recuerda a la inolvidable Comala del autor mejicano.

      Aníbal Salinas nació y creció en Los Olmos en el seno de una familia republicana. Sin embargo, al estallar la guerra decide alistarse en el bando sublevado y marcharse al frente. Hacia el final de la contienda, se le encarga la misión de volver a su lugar de origen y entrar en contacto con los últimos resistentes del ejército perdedor que, escondidos en las montañas, cuentan con el apoyo popular unas veces y, otras, no dudan en recurrir a la violencia para obtener todo lo necesario para la supervivencia. Sirviéndose de sus amistades de la infancia o de antiguos amores, Aníbal deberá unirse en secreto a los resistentes, agruparlos y tenderles una trampa en la que las tropas franquistas acabarán con todos ellos. 

        Al hilo de este argumento, Pascual García se confirma como uno de los pocos novelistas españoles actuales que se atreven a ubicar su narrativa en el entorno rural, en un olvido que ya empieza a ser sangrante en nuestras letras, más aún con el total desinterés que muestran las nuevas hornadas de autores con la mediática Generación Nocilla a la cabeza. Desde Miguel Delibes y Josep Pla, los dos escritores de la segunda mitad del siglo XX para los que el campo y su gente fueron temas narrativos fundamentales, y con la ya mencionada excepción de Luis Mateo Díez, Pascual García viene a llenar ese vacío que también se manifiesta llamativamente en las letras murcianas actuales. No solo los campos, sino también las montañas aparecen como escenarios fundamentales de Solo guerras perdidas. Estas constituyen un personaje de la novela, y no secundario, pues, como leemos en la página 42: «Los rostros de la mujer y del hombre (…) los acercaba al paisaje (…) Eran ellos mismos la sierra».

         El protagonismo del paisaje se conjuga con el gusto del autor por los objetos humildes —y hasta hace poco tan cotidianos— en esa especie de homenaje que Solo guerras perdidas representa para las banquetas, las navajas, las pellizas, los aperos de labranza y tantísimos objetos más que, si no han desaparecido ya, no solo han sido olvidados y menospreciados en la literatura, sino también en la memoria colectiva de nuestra sociedad. La novela asimismo utiliza con asiduidad las palabras del terruño, vocablos precisos y expresivos en peligro de extinción por dicho descrédito de todo lo relacionado con el mundo rural. Las trochas, las veredas, los riscos, etc., así como las numerosas plantas silvestres que se suceden en estas páginas convierten a la novela en un valioso testimonio de esa riqueza léxica que amenaza con hundirse para siempre en el fondo de los diccionarios.

Aun así, el mayor logro de Solo guerras perdidas puede que sea la creación de su protagonista, Aníbal Salinas, personaje en cuya mente penetra el lector gracias a la inserción de sus pensamientos marcados en cursiva. Tenemos de este modo un plano doble en el que, de un lado, nos situamos en la historia mediante la voz del narrador y, de otro, en el interior psicológico del protagonista, lo que confiere a la novela una complejidad nada habitual en estos pagos literarios. Aníbal Salinas es un personaje complejo, contradictorio, y, por tanto, verosímil. Actúa movido por sentimientos enfrentados, por razones nobles y viles, como todos hacemos en la vida real, con lo que se aleja de la perspectiva maniquea con la que tan a menudo se aborda la Guerra Civil en la literatura y el cine español.

Su condición de personaje zarandeado por las circunstancias, arrastrado a cometer actos deshonrosos, convierte a Aníbal Salinas en todo un símbolo de los aciagos días en los que se ambienta la novela y, por extensión, de todos aquellos que se han visto envueltos en el fragor de la guerra, en la que, como el propio título de la novela indica, solo hay perdedores.
       

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