viernes, 6 de julio de 2012

"Desolación de la avenida", en Diario de Toledo


Desolación de la avenida

             Pasear desde el casco histórico de Alcalá de Henares hasta las afueras del norte de la ciudad constituye una lección al aire libre del reciente urbanismo español.

            Dejando atrás el centro, considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y bien aprovechado gracias a los cursos de español para extranjeros, la Vía Complutense supone una frontera más allá de la cual comienza un primer ensanche, formado en su origen por recoletas casas de planta baja de principios de siglo XX, ahora sustituidas casi en su totalidad por edificios anodinos.

            Al otro lado de las vías del tren comienza un estrato menos vistoso. Los bloques de ladrillo rojo del desarrollismo sesentero se amontonan hasta la avenida de Unamuno, donde comienzan las hileras de adosados que proliferaron durante los años noventa. Hasta aquí, Alcalá es una agradable ciudad de dimensiones humanas, que tiene su límite lógico en los trigales y campos de avena por los que deambulaba el Arcipreste de Hita, y donde transcurren las andanzas del entrañable Alfanhuí de Sánchez Ferlosio.

            Superado el cinturón de adosados, el caminante pasa por un puente sobre la autovía Madrid-Zaragoza, y continúa a través de un espartal donde se ha construido el último ensanche de Alcalá. Por entre los edificios, separados centenares de metros unos de otros, solo alcanza a ver campo y más campo. Según se alejaba del centro, bullicioso y cosmopolita con los estudiantes orientales y norteamericanos, cada vez encontraba menos gente, y ahora, en la inmensa avenida de tres carriles por sentido, los demás paseantes son puntos que se agrandan hasta hacerse reconocibles, y que avanzan desconfiados hacia el que esto escribe. Apenas pasan coches y solo se oye el rumor de los chopos mecidos por el viento.

            La periferia extrema de Alcalá tiene calles y avenidas con nombres de poetas, que, parece, intentan humanizar los inmensos espacios desiertos, los jardines con juegos infantiles despoblados de niños. No se distinguen comercios ni otros servicios a los que se pueda acceder si no es en coche, y lo más cercano, a primera vista, es un centro comercial ubicado al otro lado de la autovía, a media hora a pie.

            Los últimos estudios demuestran que las ciudades más sostenibles y con mayor calidad de vida no tienen edificios altos ni superan los quinientos mil habitantes, y pueden recorrerse a pie en un razonable espacio de tiempo. Algo con lo que coincidiría Henry Miller: en su precioso libro sobre Grecia, El coloso de Marusi, afirma que no le gusta París porque parece estar concebida a escala divina, y no a medida de las personas. Ahora que la crisis ha acabado forzosamente con los colosalismos urbanísticos, y que se cuenta con la mala experiencia de la especulación, surge la oportunidad de construir ciudades más racionales y mejores. Aprovechémosla de una vez por todas.

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