Desolación de la avenida
Pasear desde el casco histórico de Alcalá de Henares
hasta las afueras del norte de la ciudad constituye una lección al aire libre
del reciente urbanismo español.
Dejando
atrás el centro, considerado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y bien
aprovechado gracias a los cursos de español para extranjeros, la Vía
Complutense supone una frontera más allá de la cual comienza un primer
ensanche, formado en su origen por recoletas casas de planta baja de principios
de siglo XX, ahora sustituidas casi en su totalidad por edificios anodinos.
Al
otro lado de las vías del tren comienza un estrato menos vistoso. Los bloques
de ladrillo rojo del desarrollismo sesentero se amontonan hasta la avenida de
Unamuno, donde comienzan las hileras de adosados que proliferaron durante los
años noventa. Hasta aquí, Alcalá es una agradable ciudad de dimensiones
humanas, que tiene su límite lógico en los trigales y campos de avena por los
que deambulaba el Arcipreste de Hita, y donde transcurren las andanzas del
entrañable Alfanhuí de Sánchez Ferlosio.
Superado
el cinturón de adosados, el caminante pasa por un puente sobre la autovía
Madrid-Zaragoza, y continúa a través de un espartal donde se ha construido el
último ensanche de Alcalá. Por entre los edificios, separados centenares de
metros unos de otros, solo alcanza a ver campo y más campo. Según se alejaba
del centro, bullicioso y cosmopolita con los estudiantes orientales y norteamericanos,
cada vez encontraba menos gente, y ahora, en la inmensa avenida de tres
carriles por sentido, los demás paseantes son puntos que se agrandan hasta
hacerse reconocibles, y que avanzan desconfiados hacia el que esto escribe.
Apenas pasan coches y solo se oye el rumor de los chopos mecidos por el viento.
La periferia
extrema de Alcalá tiene calles y avenidas con nombres de poetas, que, parece,
intentan humanizar los inmensos espacios desiertos, los jardines con juegos
infantiles despoblados de niños. No se distinguen comercios ni otros servicios
a los que se pueda acceder si no es en coche, y lo más cercano, a primera
vista, es un centro comercial ubicado al otro lado de la autovía, a media hora
a pie.
Los
últimos estudios demuestran que las ciudades más sostenibles y con mayor
calidad de vida no tienen edificios altos ni superan los quinientos mil
habitantes, y pueden recorrerse a pie en un razonable espacio de tiempo. Algo
con lo que coincidiría Henry Miller: en su precioso libro sobre Grecia, El coloso de Marusi, afirma que no le
gusta París porque parece estar concebida a escala divina, y no a medida de las
personas. Ahora que la crisis ha acabado forzosamente con los colosalismos
urbanísticos, y que se cuenta con la mala experiencia de la especulación, surge
la oportunidad de construir ciudades más racionales y mejores. Aprovechémosla
de una vez por todas.
Para leer el artículo en el Diario de Toledo, pincha AQUÍ

No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada