Tengo frío. Llevo seis
meses en este rincón de Francia, y la temperatura no para de bajar. Por el
ventanuco se ve todo helado. El aire que entra hace temblar la bombilla que
tengo sobre la cabeza. La bombilla cuelga de un cable casi pelado. La luz es
pobre y parpadea. La letrina apesta. Llevo veinte minutos sentado, esperando
que afloje el viento para ir al barracón donde dormimos. De aquí al barracón
hay unos cien metros. Con el mistral que sopla puedes enfermar. Eso le pasó a
Juan. Entró en el barracón y se dejó caer en la cama. Pasó la noche con fiebre.
Estuvo una semana sin levantarse. Y día que no trabajas es día que no cobras.
Cuando pare el viento, correré hacia el barracón y llegaré antes de que vuelva el
mistral. Miro por el ventanuco. El cielo está despejado y las
estrellas brillan. Mañana helará. El hielo es mejor que la nieve. Con el
calzado que traemos, la nieve te moja los pies y te pones malo enseguida. Me
alegro de que hiele. Oigo coches. La autopista está a la misma
distancia que el barracón. De día se ve perfectamente. Pasan muchos
camiones hacia España. Dan ganas de pararlos y que me lleven a casa. Pero no
puedo. Tengo dos hijas y una deuda. Estar aquí me permitirá pagarla. Ya falta
poco para cobrar. Cuando cobre, volveré. Tengo que resistir. No sé si podré. Me
duelen los huesos y el viento me va a volver loco. El barracón cruje y no me deja dormir. El aire entra por los quicios de
las ventanas. Tenemos un radiador, pero la luz se va cuando lo encendemos. Y debemos ahorrar. El agua y la luz corren a nuestra cuenta, y el viaje,
el alojamiento y la comida. Pero debemos estar agradecidos al patrón. Estar en
una casa sería más caro. El patrón es un español que emigró hace mucho, y ahora
es dueño de una empresa de construcción. Vine porque el tipo es de mi
pueblo. Nos da órdenes en
francés, como si no quisiera que nos enterásemos. Vive en una casa enorme junto a la obra donde trabajamos. A veces se asoma al
balcón y nos vigila. De vez en cuando, nos grita. Estoy deseando que llegue el
domingo, que es nuestro día libre, para no verlo, aunque viene el domingo y me
aburro, y quiero que sea otra vez lunes para estar ocupado. Cuando no tengo
nada que hacer, recuerdo por qué estoy aquí. Entonces me siento peor. No quiero
pensar. Pero no puedo dejar de hacerlo. Me acuerdo de cuando firmé. Yo no
estaba convencido. El banco lo puso fácil y mi familia presionó. «Alquilar es
tirar el dinero», decían, y firmé. Los primeros años fueron bien. Trabajaba y,
con apuros, pagaba. Después vino la quiebra, las nóminas sin cobrar y el
despido. El jefe desapareció debiéndonos más de un año. Luego el paro, el fin del
subsidio y la orden de desahucio. Casi me muero al recibirla. El banco no quiso negociar. Nos dieron tres meses para seguir pagando. De esa época
solo recuerdo vergüenza y soledad. Acudimos a una asociación. Los días antes
del desahucio no podía dormir. Por primera vez tomé tranquilizantes. La mañana
del desahucio, el portal se llenó de gente. Mi familia lloraba.
Se paró a la policía y negociamos con el banco. Me han dado más tiempo y he
encontrado este trabajo, el único desde entonces, y no habrá otra oportunidad.
Pero no tengo que pensar, o me pondré más triste aún. Miro las estrellas por el
ventanuco. Mañana brillará la escarcha. Estamos en medio de la nada. Debemos quedarnos en los barracones. Es para que estemos concentrados,
dice el patrón, que para eso nos paga. Mucha gente trabajaría por menos, y nos
contrata porque somos de su pueblo. Tengo que resistir. Solo faltan unos días.
La bombilla se va a apagar. Estoy entumecido y me duelen los
huesos. Debo salir ahora que ha parado el viento…
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