domingo, 27 de enero de 2013

Vagón de tercera (IX): "Ahora que ha parado el viento", en Diario de Toledo



Tengo frío. Llevo seis meses en este rincón de Francia, y la temperatura no para de bajar. Por el ventanuco se ve todo helado. El aire que entra hace temblar la bombilla que tengo sobre la cabeza. La bombilla cuelga de un cable casi pelado. La luz es pobre y parpadea. La letrina apesta. Llevo veinte minutos sentado, esperando que afloje el viento para ir al barracón donde dormimos. De aquí al barracón hay unos cien metros. Con el mistral que sopla puedes enfermar. Eso le pasó a Juan. Entró en el barracón y se dejó caer en la cama. Pasó la noche con fiebre. Estuvo una semana sin levantarse. Y día que no trabajas es día que no cobras. Cuando pare el viento, correré hacia el barracón y llegaré antes de que vuelva el mistral. Miro por el ventanuco. El cielo está despejado y las estrellas brillan. Mañana helará. El hielo es mejor que la nieve. Con el calzado que traemos, la nieve te moja los pies y te pones malo enseguida. Me alegro de que hiele. Oigo coches. La autopista está a la misma distancia que el barracón. De día se ve perfectamente. Pasan muchos camiones hacia España. Dan ganas de pararlos y que me lleven a casa. Pero no puedo. Tengo dos hijas y una deuda. Estar aquí me permitirá pagarla. Ya falta poco para cobrar. Cuando cobre, volveré. Tengo que resistir. No sé si podré. Me duelen los huesos y el viento me va a volver loco. El barracón cruje y no me deja dormir. El aire entra por los quicios de las ventanas. Tenemos un radiador, pero la luz se va cuando lo encendemos. Y debemos ahorrar. El agua y la luz corren a nuestra cuenta, y el viaje, el alojamiento y la comida. Pero debemos estar agradecidos al patrón. Estar en una casa sería más caro. El patrón es un español que emigró hace mucho, y ahora es dueño de una empresa de construcción. Vine porque el tipo es de mi pueblo. Nos da órdenes en francés, como si no quisiera que nos enterásemos. Vive en una casa enorme junto a la obra donde trabajamos. A veces se asoma al balcón y nos vigila. De vez en cuando, nos grita. Estoy deseando que llegue el domingo, que es nuestro día libre, para no verlo, aunque viene el domingo y me aburro, y quiero que sea otra vez lunes para estar ocupado. Cuando no tengo nada que hacer, recuerdo por qué estoy aquí. Entonces me siento peor. No quiero pensar. Pero no puedo dejar de hacerlo. Me acuerdo de cuando firmé. Yo no estaba convencido. El banco lo puso fácil y mi familia presionó. «Alquilar es tirar el dinero», decían, y firmé. Los primeros años fueron bien. Trabajaba y, con apuros, pagaba. Después vino la quiebra, las nóminas sin cobrar y el despido. El jefe desapareció debiéndonos más de un año. Luego el paro, el fin del subsidio y la orden de desahucio. Casi me muero al recibirla. El banco no quiso negociar. Nos dieron tres meses para seguir pagando. De esa época solo recuerdo vergüenza y soledad. Acudimos a una asociación. Los días antes del desahucio no podía dormir. Por primera vez tomé tranquilizantes. La mañana del desahucio, el portal se llenó de gente. Mi familia lloraba. Se paró a la policía y negociamos con el banco. Me han dado más tiempo y he encontrado este trabajo, el único desde entonces, y no habrá otra oportunidad. Pero no tengo que pensar, o me pondré más triste aún. Miro las estrellas por el ventanuco. Mañana brillará la escarcha. Estamos en medio de la nada. Debemos quedarnos en los barracones. Es para que estemos concentrados, dice el patrón, que para eso nos paga. Mucha gente trabajaría por menos, y nos contrata porque somos de su pueblo. Tengo que resistir. Solo faltan unos días. La bombilla se va a apagar. Estoy entumecido y me duelen los huesos. Debo salir ahora que ha parado el viento…

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