miércoles, 19 de febrero de 2014

"El derecho a emigrar", artículo publicado hoy en El diario.es


La muerte de quince inmigrantes africanos ocurrida en aguas de Ceuta el pasado 6 de febrero y la reciente decisión del gobierno suizo de cerrar sus fronteras a los trabajadores croatas han coincidido en el tiempo con el septuagésimo quinto aniversario de la mayor emigración de la historia de España, un éxodo muy superior en número a los doscientos mil musulmanes y judíos expulsados del reino de Castilla en 1492. Me refiero a la Retirada, en la que cerca de quinientos mil republicanos españoles atravesaron los Pirineos al final de la Guerra Civil huyendo de las represalias franquistas.

Los conocedores de este episodio histórico, que aún es ignorado por muchos españoles (contrariamente a lo que ocurre en Francia, donde estos días se suceden los actos que recuerdan el acontecimiento, a diferencia del silencio reinante en nuestro país), poco más suelen saber al respecto que la mala acogida procurada por las autoridades galas, que recluyeron a los exiliados en campos de internamiento como el de Argelès-sur-Mer, Rivesaltes o Barcarès, además de la muerte de Antonio Machado en Collioure y la de Manuel Azaña en Montauban.

Sin embargo, los campos de internamiento fueron bastante más numerosos. Estas líneas las escribo precisamente a pocos metros de donde estuvo uno de los más desconocidos, pese a que llegó a albergar a 25.000 exiliados: me refiero al campo de Agde. El campo de Agde fue levantado en marzo de 1939; según la versión oficial, se creó para aliviar los saturados campos antes mencionados, todos situados en la Cataluña francesa. Aunque el motivo de la construcción, en realidad, también fue otro: llevar a los republicanos españoles de origen catalán a otra zona —el Hérault— donde no pudieran hablar la lengua vernácula con la población que se acercaba al campo. De ahí que se conociese como «El campo de los catalanes».

El campo de Agde no se diferenciaba mucho del resto: construido sobre un descampado cerca de la costa, sufría la Tramontana que soplaba desde el Mediterráneo, los barracones atestados eran un foco de insalubridad, la comida y el agua escaseaban, y no pocos internos murieron entre los meses de marzo y septiembre de 1939, cuando los republicanos se marcharon para dejar sitio a los soldados checos movilizados en Francia a principios de la 2ª Guerra Mundial.

Algunos exiliados volvieron entonces a España, otros defendieron a Francia de los alemanes, y la mayoría acabaron empleados en el país de acogida como mano de obra, a menudo en condiciones precarias y desempeñando tareas agrícolas. Aun así, muchos de ellos prosperaron. Sus hijos y nietos fueron —o todavía son— profesores, abogados, médicos… y a algunos de sus biznietos les enseño yo ahora español en un instituto situado a quinientos metros del lugar en que estaba el campo.

Valga este artículo para ilustrar con ejemplos concretos la importancia de la libre circulación de las personas a través de las fronteras, y el derecho de todos a tener la oportunidad de llevar una vida mejor en un país extranjero. A la solemne Declaración Universal de los Derechos Humanos me remito: los artículos 22, 23, 24 y 25 contemplan el derecho de los hombres al trabajo y al bienestar. Y yo añadiría el que debiera ser otro derecho humano básico: el derecho a emigrar.

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