lunes, 12 de mayo de 2014

"La importancia del fútbol", artículo publicado hoy en Eldiario.es

La noche del pasado martes 29 de abril, coincidiendo con el transcurso del Real Madrid-Bayern de Múnich, me encontraba caminando a solas por una ciudad de calles desiertas cuyos únicos signos de vida eran los televisores emitiendo el partido de fútbol que yo atisbaba a través de las ventanas, así como los bares atestados de gente mirando absorta una pantalla de plasma, y que cada cierto tiempo liberaba un alarido tan potente como una detonación. 

Esta paralización de toda actividad a causa de un partido de fútbol, este entusiasmo unánime por un mero evento deportivo, que debería ser excepcional en una sociedad supuestamente plural como la nuestra —y cuya variada oferta cultural se pregona a los cuatro vientos—, se ha ido convirtiendo sin embargo en algo cada vez más frecuente, y ya consideramos normal que un encuentro futbolístico congele la vida de todo un país como no podría hacerlo ningún otro acontecimiento.
La importancia excesiva que el fútbol tiene en la vida pública española ya viene de lejos, y se debe a una sobreexposición al espectáculo que no deja de aumentar desde hace décadas —cuando ya se utilizaba como narcótico, forjador de identidad nacional o válvula de escape de la represión—, hasta llegar a superar con creces, en la actualidad, los altos niveles alcanzados durante la dictadura franquista.
En los últimos veinte o treinta años el fútbol ha usurpado espacios antes ocupados por la cultura, el periodismo de investigación, el debate de ideas, y otras manifestaciones que fomentan el pensamiento y los valores cívicos. La televisión y la radio públicas han contribuido significativamente en este proceso de infantilización social, de cuyos riesgos ya avisó el filósofo Ortega y Gasset y, más recientemente, el escritor Mario Vargas Llosa.
La fanatización de los aficionados ha ido asimismo creciendo en paralelo, y las franjas de la sociedad hasta entonces situadas al margen del deporte rey han sido abducidas por esta versión moderna del “pan y circo”. El fútbol, como la muerte en el verso de Virgilio, ha llegado tanto a la choza de los pobres como al palacio de los ricos. Las diferencias ideológicas han desaparecido igualmente en este proceso alienante, y muchos intelectuales —algunos intentan justificar en el fútbol una belleza estética de dudosa legitimidad—, en lugar de combatir el embrutecimiento colectivo, han cedido ante su poder hipnótico. Pero quizá no haya nada tan representativo de este cambio sociológico como el experimentado por las mujeres, que han asimilado el universo futbolístico con la furia propia del converso.
Nunca en la historia de España se ha televisado tanto fútbol ni ha ocupado tanto espacio en los medios; por consiguiente, el negocio de su explotación nunca ha generado tantos ingresos como hoy. No deja de sorprenderme que los equipos muestren abiertamente su condición de empresas multinacionales, que los jugadores cambien de conjunto según les convenga, como simples mercenarios, y que, aun así, los seguidores continúen defendiendo con apasionamiento una camiseta. Fríamente observados, los triunfos de un club no deberían alegrarnos más que los buenos resultados en bolsa de una empresa.
El absurdo de la situación ha llegado al máximo en esta época de crisis económica. El fútbol profesional participa de la podredumbre que corroe todos los estratos de la sociedad española. Los sueldos desproporcionados, la evasión fiscal, las deudas pagadas con dinero público, o la indiferencia de los grandes clubes hacia la pobreza generalizada son escándalos que el aficionado en paro, precarizado y desahuciado acepta mientras celebra la victoria o maldice la derrota de su equipo. El fútbol, a diferencia de lo ocurrido con la clase financiera, política, sindical o eclesiástica, ha conseguido esquivar el desapego ciudadano, e incluso ha resultado fortalecido y reivindicado como elemento de evasión.
Precisamente esta visión del fútbol como vía de escape, bendecida por no pocos sectores del país, es la que debemos refutar los ciudadanos desde una perspectiva responsable. Una sociedad adulta en situación de emergencia no puede seguir recurriendo al espectáculo como forma de olvidar sus problemas, igual que un niño se oculta bajo la manta para no ver al fantasma. La enorme cantidad de tiempo y esfuerzo malgastada en el fútbol debería emplearse en buscar soluciones a nuestras dificultades. El día que eso se hiciera quizá comenzaríamos a superarlas.