sábado, 10 de octubre de 2015

"El emigrante que nunca se rindió", artículo publicado hoy en Eldiario.es

Foto por Pablo Molanes
Cándido Salmerón. Foto de Pablo Molanes

En la obra de teatro El pasaporte, el escritor, albañil y entonces emigrante valenciano Juan Mateu criticaba la indiferencia que muchos de sus compatriotas emigrados a Francia en la década de los sesenta sentían por la dictadura franquista, que los reprimía y sumía en la miseria y la ignorancia además de forzarlos a expatriarse para poder aspirar a unas condiciones de vida dignas. Y es que, a diferencia de la anterior generación de exiliados —muchos de los cuales habían luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil, y se encontraban politizados—, buena parte de los españoles que emigraron en los años sesenta solo se interesaban, según Mateu, por «los partidos del Barça», o por ganar «la tela suficiente para comprar un coche y volver triunfante al barrio».

Cándido Salmerón fue uno de esos miles de españoles que emigraron a Francia durante los primeros años sesenta. Nacido en la entonces —y ahora otra vez— pobre ciudad de Cieza (Murcia), llegó a los dieciséis años de edad a Montpellier con sus padres, que venían a trabajar en la agricultura y en el servicio doméstico. Sin que aún pudiera hablar una sola palabra de francés, al adolescente desarraigado que entonces era Cándido lo pusieron de aprendiz de ebanista, oficio que desempeñó incluso después de jubilarse, pues, para completar su pensión, los domingos solía montar su puesto de venta de muebles restaurados en el jardín del Peyrou y en localidades cercanas a Montpellier.

Yo a veces iba a visitarlo. Mientras atendía el puesto, Cándido —siempre afable y generoso bajo los árboles centenarios de Languedoc— me contaba su difícil juventud en un país donde aún no dejaba de sentirse extranjero, las penurias en las que vivían muchos emigrantes jubilados pese a haber trabajado duro a lo largo de varias décadas, y la tristeza que le invadía al volver a su Cieza, donde le habían menospreciado por no regresar con ínfulas de triunfador cuando la bonanza económica convirtió a sus paisanos en gente zafia y embrutecida por el dinero rápido.

Sin embargo, lo que más apasionaba a Cándido era la actividad política en su sentido más noble. Militante de base comunista, sindical y republicano, durante finales de los años sesenta y la década de los setenta recorrió el Languedoc informando a los emigrantes españoles —a menudo víctimas de un trato desigual— sobre sus derechos. Temiendo que Cándido pudiera sembrar en los peones la semilla de la revolución, los patrones de las viñas y los edificios en construcción —solía contarme él con una sonrisa— lo recibían con cajas destempladas al verlo llegar en su furgoneta llena de pasquines. Y es que, por su afán de hacer pedagogía entre los trabajadores, Cándido quizá era uno de los obreros ideales con los que soñó Karl Marx.

El trabajo duro y la intensa militancia —solía recordar Cándido con nostalgia— hicieron que los años de la gran emigración quedaran rápidamente atrás, y a partir de la década de los ochenta los españoles dejaron de venir a Francia. Para entonces muchos emigrantes ya habían retornado a España, y buena parte de los establecidos se habían acomodado, abandonando toda actividad reivindicativa. Cándido se casó por esa época, y tuvo tres hijos, por lo que siguió viviendo en Montpellier. Pero aún veía injusticias sociales; decidió no rendirse y continuar luchando. Así que se afilió al Partido Comunista Francés y a la CGT y, más tarde, al Parti de Gauche.

Treinta años después llegó a Francia la nueva emigración española, con la que Cándido no fue menos receptivo. Se sentía especialmente comprometido con los jóvenes y las familias que veía aterrizar en Montpellier buscando el futuro que aún se les niega en España. A sus casi setenta años de edad y pese a su delicada salud, Cándido participaba en las manifestaciones y asambleas de Marea Granate e IU-Francia, homenajeaba a la Segunda República, ofrecía su furgoneta, su casa y su tiempo para repartir folletos, transportar activistas, hacer paellas con las que recaudar dinero… A mí solía llamarme o escribirme para proponerme ideas con un entusiasmo inusitado en alguien que recientemente había sufrido una operación a vida o muerte, y yo a menudo me sentía incapaz de seguir su ritmo de participación.

El lunes pasado Cándido murió de un infarto en una calle de Montpellier. Me consuelo con pensar que la muerte le sobrevino mientras caminaba hacia alguna de las manifestaciones en las que solía participar, y que lo hizo llevando la bandera de la Segunda República española, con cuyos ideales de libertad, justicia e igualdad siempre fue consecuente tanto en sus palabras como en sus actos.

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