sábado, 6 de febrero de 2016

"La vida tal cual es", artículo sobre las memorias de Maryse Condé en la "Revista Gurb"

La escritora Maryse Condé, una de las grandes voces francófonas. Foto: Jacquie G. Monda

Algunos de los mejores recuerdos de mi etapa universitaria pertenecen a las clases de literatura caribeña en lengua inglesa de la profesora Catherine Staveley. Gracias a esta asignatura optativa y minoritaria, impartida a las dos de la tarde, descubrí a narradores y poetas como V.S. Naipaul y Derek Walcott, que desde entonces pasarían a estar entre mis escritores favoritos.
Además de desvelarme estos autores, las clases de Miss Staveley ampliaron mi conocimiento de la cultura caribeña, hasta entonces limitado a algunas referencias literarias, cinematográficas y musicales, casi todas en español. En mi ignorancia, el Caribe me parecía el único espacio plurilingüe donde el castellano se imponía al inglés, y pensaba que las manifestaciones culturales del resto de la zona no iban más allá del reggae.
Aquejado de complejo de inferioridad hispanohablante, yo estimaba la supuesta hegemonía del español en el Caribe casi como algo digno de reivindicación, y aún después de leer a Walcott y a Naipaul, tontamente los seguía considerando inferiores a los hispanos, al tiempo que desconocía por completo a los escritores antillanos en francés (hasta dos años más tarde no supe que Francia poseía en el Caribe las islas de Martinica y Guadalupe).
Tuve que esperar cinco años más —hasta mi segunda estancia en el país galo— para conocer mínimamente la literatura antillana francesa —en particular el movimiento de la Négritude— a través del Cahier du retour au pays natal del martiniqués Aimé Césaire. Por entonces —siguiendo con la literatura negra— también leí al combativo senegalés Léopold Sédar Senghor en la Antología de poesía africana contemporánea de Paco Torres Monreal, pero otros intereses se cruzaron en mi camino y pronto me olvidé de los escritores francófonos.
Mi curiosidad, apagada otros cinco años, se reavivó hace unos meses, cuando escuché en persona a una de las grandes voces francófonas: la guadalupiense Maryse Condé. Fue en uno de esos actos en que los autores hablan con naturalidad ante escaso público, en un ambiente propicio para el contacto con el lector. Actos de poca rentabilidad mediática pero más eficaces que los multitudinarios para crear tejido cultural.
En el encuentro, celebrado en un almacén restaurado junto a un canal de Sète, Maryse Condé narró magistralmente un cuento tradicional antillano. La curiosidad me hizo buscar sus libros esa misma tarde; en la médiathèque pública encontré La vie sans fards, que leí de inmediato.
En La vie sans fards Condé narra el periodo de su vida comprendido entre su llegada a París en los años cincuenta como una estudiante burguesa, afrancesada y desconocedora de la cultura criolla, hasta su primer encuentro en Senegal con el británico —y actualmente su marido y traductor— Richard Philcox. Entre medias —la mayor parte del texto— queda la peregrinación de la autora por cuatro países del África Occidental recién descolonizada.
Las memorias de Condé apasionan porque son un testimonio no edulcorado ni resentido de la dura vida en las nuevas naciones africanas, además de un retrato de líderes políticos más tarde convertidos en mitos de la descolonización, como el caboverdiano asesinado por la policía portuguesa Hamilcar Cabral (de quien hace un gran elogio), el guineano Sekou Touré o el ghaneano Kwame Nkrumah; pero, sobre todo, La vie sans fards entusiasma como relato de un ser excluido a su pesar de toda comunidad, y por ser la historia de una mujer negra que, buscando sus raíces en África, supera cualquier pertenencia para alcanzar la universalidad.
La experiencia africana de Condé es una sucesión de desengaños: desde su llegada al continente y la desagradable sensación que le produce el fuerte olor a cacahuetes de Dakar, hasta su expulsión de Ghana tras estar varios días detenida en un calabozo falsamente acusada de espionaje, pasando por la miseria diaria y un degradante parto en la Guinea socialista de Sekou Touré, o el racismo que ella —¡una militante de la negritud!— sufre de los nativos por su condición de extranjera, suponen la constatación dolorosa de que quizá los verdaderos ciudadanos del mundo son los que se sienten desarraigados en cualquier sitio.
La dureza de sus vivencias no impide sin embargo que Condé señale aspectos positivos: Guinea Conakry, el país más pobre que conoce, le enseña a no mirar la propia desgracia y a preocuparse por la de la mayoría de la gente. Por su parte, Hamilcar Cabral le muestra el peligro de mitificar el pasado: el África precolonial no era una edad dorada porque había esclavitud doméstica y sistema de castas, se oprimía a la mujer y se asesinaba a los gemelos y albinos. “El socialismo africano no tiene sentido porque aspira a eliminar las clases sociales, y la cultura africana tradicional funciona mediante desigualdades”, le dirá más tarde el escritor de Guyana Jan Carew.
Hacia el final de La vie sans fards se describe la relación de Condé con afroamericanos que se instalaron en Ghana y Benín durante el periodo postcolonial. Decían acudir a reencontrarse con sus “hermanos negros” pero se alojaban en barrios residenciales y trabajaban para la administración norteamericana sin mezclarse con los nativos más allá de contactos sexuales que rozaban la prostitución. Precisamente en Ghana descubre Condé que la négritude —comunión entre negros de África y América— solo es un “hermoso sueño” (“el color no importa”, dirá).
La vie sans fards es, también, la lección de vitalidad de una madre divorciada con cuatro hijos que supera todas las dificultades imaginables para iniciar su tardía vocación de escritora. Si la primera novela de Condé se tituló Esperando la felicidad, en este libro afirma: “siempre termina por llegar”. Lástima que aún no se haya traducido al español.
Para leer el texto en la "Revista Gurb", pincha AQUÍ

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