viernes, 26 de enero de 2018

"La rebelión feminista sigue viva en EEUU", artículo escrito con Teresa Laguna


El pasado domingo 7 de enero se celebró la 75ª gala de los Globos de Oro. Pero esta ocasión la entrega fue diferente a todas las demás. Por primera vez, todas y todos los asistentes acudieron vestidos de riguroso color negro y luciendo unas sonrisas especialmente sinceras. El presentador, el cómico Seth Meyers, realizó un ácido monólogo en el que atacó sin piedad a conocidos personajes acusados de acoso sexual, como el productor Harvey Weinstein o el actor Kevin Spacey (1). Más tarde, la popular Oprah Winfrey fue aún más dura en su estremecedor discurso: «las mujeres vivimos en un mundo dominado por hombres brutalmente poderosos», dijo textualmente, «donde las mujeres que se han atrevido a denunciarlos no han sido escuchadas. Pero su tiempo se ha terminado», sentenció Winfrey (2).

El movimiento feminista ha tenido recientemente un gran impulso mediático en EEUU. Esto podría achacarse a la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca, y al intenso movimiento de rechazo a sus frecuentes actitudes machistas. Recordemos que hace justo un año, el 21 de enero de 2017, se organizó la Marcha de las Mujeres (Women’s March), una manifestación en contra del entonces nuevo presidente (autor de frases como grabbythepussy, en español, agárrala del coño) que resultó ser la concentración más multitudinaria jamás realizada en fechas cercanas a una elección presidencial en EEUU (3), y en la que la propia cantante Madonna llamó a hacer la revolución.

La afluencia de manifestantes y la repercusión mediática de la concentración fueron muy superiores a lo esperado. Surgió entonces un nuevo movimiento que iba a recorrer numerosos estados del país para promover el voto femenino y la presencia de más candidatas mujeres en los cargos de la administración estadounidense (el pasado sábado 20 de enero, coincidiendo con el primer aniversario de la manifestación, comenzó la gira que recorrerá todo el país (4) (5)).

El ambiente feminista que se está viviendo en EEUU desde entonces, el comportamiento sexista del presidente Trump y, por supuesto, la inmediatez de comunicación de las redes sociales, han permitido que se desatara igualmente una auténtica oleada de testimonios de mujeres víctimas de acoso sexual, que acabó transformándose en el movimiento #MeToo (“Yo también” o “A mi también”, en español). En el pasado mes de octubre (6) apareció un artículo en The New York Times que denunciaba los numerosos casos de acoso sexual del productor de Hollywood Harvey Weinstein. En el texto, conocidas actrices como Ashley Judd denunciaban que el productor ofrecía ventajas laborales a cambio de “servicios” sexuales. Unas prácticas abusivas que Weinstein, según se ha sabido después, realizó con muchas mujeres durante más de 30 años. El productor solía utilizar la influencia de su cargo profesional para coaccionar a empleadas o actrices.

Poco a poco salieron muchas más confesiones a la luz (7), y se produjo el efecto contagio en las redes sociales. Con la etiqueta #MeToo numerosas mujeres (y también algunos hombres) empezaron a denunciar en Twitter los casos de acoso sexual que habían sufrido. La iniciativa acabó extendiéndose a tantos sectores que la revista Time decidió otorgar el Premio Persona del Año 2017 (hasta 1999 llamado “Hombre del Año”) a las Silence Breakers (literalmente, “las que han roto el silencio”). Entre ellas hay miembros de grupos activistas y/o trabajadoras de distintos sectores (8), como actrices, cantantes,  trabajadoras agrícolas, empleadas de hotel, periodistas, lobistas…

El movimiento se ha hecho imparable, y posteriormente ha surgido la iniciativa #TimesUp, promovida por mujeres de la industria de Hollywood (9) (10), gracias a la cual mujeres de todo Estados Unidos disponen de una plataforma para denunciar casos de acoso sexual. Una de las propuestas que se realizaron a través de #TimesUp fue la de vestirse de negro durante la gala de los Globos de Oro 2018. Además, numerosas actrices acudieron acompañadas de activistas feministas.

Pero la rebelión feminista aún no ha terminado. Recientemente han aparecido testimonios de acoso sexual incluso dentro del ámbito académico (11), donde los casos existentes solían denunciarse bajo un gran secretismo. El pasado 4 de enero el editorial de la prestigiosa revista Science criticaba el lastre que la discriminación sexual supone para las mujeres que desarrollan su actividad profesional en el entorno académico. En el artículo, la profesora de la Universidad de Wisconsin Lydia Zepeda cuenta los casos de discriminación que sufrió, e incluso de acoso, y como su propio rendimiento se resintió durante largos periodos de tiempo por culpa del acoso sufrido. Pero aunque ahora empiecen a salir a la luz más casos de acoso y discriminación sexual en el ámbito científico, aún no se ha llegado al nivel de lo ocurrido en Hollywood (12). Quienes frecuentamos este mundo conocemos la importancia de mantener las redes de contactos —facilitándose así la ley del silencio—, así como de los desequilibrios de poder existentes entre, por ejemplo, un investigador principal o un profesor y un estudiante. Pero el asunto no ha hecho más que empezar, y serviría como tema para otro artículo.

Volviendo al movimiento #MeToo, ¿podríamos decir que la iniciativa ha trascendido las fronteras de EEUU? ¿Pensamos acaso que las sociedades europeas son más igualitarias y, por tanto, que no necesitamos tales iniciativas? Eso podríamos pensar si realizásemos un análisis superficial de nuestro entorno. Pero la realidad refuta esta idea preconcebida: por ejemplo, en octubre de 2017 hubo una sesión especial sobre el acoso en el Parlamento europeo, de tan solo 90 minutos de duración, donde las eurodiputadas pudieron dar a conocer sus testimonios (16). La alemana Terry Reinke, ante un parlamento casi vacío, reconoció haber sido víctima de acoso.

No obstante, es cierto que la denuncia de actitudes machistas está visibilizándose cada vez más por las redes sociales, y también en Europa. En Francia, el movimiento #BalanceTonPorc (“denuncia a tu cerdo”) tomó mucha fuerza desde su aparición, pero también recibió duras críticas (13). El argumento del juego de la seducción se ha utilizado repetidamente para tachar de puritano el movimiento #MeToo. Resulta llamativo que pueda tacharse de puritano a un movimiento feminista solamente porque proceda de los Estados Unidos. Igualmente, una tribuna en Le Monde firmada por destacadas representantes de la cultura francesa, entre las que se contaban Catherine Millet o Catherine Deneuve (14), criticaba la supuesta mojigatería de #BalanceTonPorc.

Poco después de la publicación del artículo, Deneuve tuvo que disculparse ante las víctimas de acoso. «Pero sólo por ellas», dijo Deneuve (15). Como si las mujeres que han sufrido acoso sexual no fuesen sino meros casos anecdóticos. El artículo ha recibido un inmediato rechazo masivo, e incluso la secretaria de Estado francesa para la igualdad, Marlène Schiappa, o la ex-ministra Ségolène Royal, se han pronunciado en contra (17). Este intento de impedir que se visibilice socialmente el acoso, ya sea por el miedo masculino a perder determinadas posiciones tradicionales de poder, o por simple temor al cambio, no debería acabar imponiéndose. El beneficio que para la sociedad supone la denuncia pública del acoso sexual es infinitamente más importante que la pérdida de poder que puedan sufrir unos cuantos personajes influyentes.

La del puritanismo no es, sin embargo, la única critica que ha recibido el movimiento #MeToo. También se le objeta que se originase en el entorno socioeconómicamente privilegiado de las actrices de Hollywood. Pero ¿acaso no sufren ellas mismas el acoso sexual igual que tantas mujeres en otras latitudes geográficas y sociales? ¿Tienen ellas menos derecho a visibilizar estos abusos del sistema patriarcal solo porque proceden de un entorno acomodado? Precisamente el hecho de gozar de influencia mediática y buena posición social las hace ser idóneas para cumplir esta función. Su actitud es, por tanto, tan importante para la causa feminista como la de cualquier otro grupo social, y digna de aplauso.

Igualmente, podría pensarse que el movimiento #MeToo consiste en una moda que podría perder toda su fuerza con el paso del tiempo. Pero esto es algo que no va a suceder, en primer lugar, porque esta denuncia masiva de casos de acoso no se hubiera dado si la sociedad no hubiera alcanzado el grado de feminismo suficiente para ello, gracias sobre todo al movimiento feminista. Muchos años llevamos las feministas luchando por visibilizar los numerosos abusos del sistema patriarcal. Para comprobar este cambio social basta con observar la evolución en la actitud de la sociedad española ante la violencia machista.

Además de la evolución progresiva de la sociedad hacia posturas cada vez feministas, el hecho de que el sistema patriarcal nos afecte a todos los niveles va a permitir que movimientos como #MeToo sigan adelante, pues existen infinidad de casos de acoso que aún no han sido destapados. Y el hecho de que se denuncien actitudes como el piropo, lo que algunos consideran como algo exagerado, no es parte sino de un cambio de actitud social frente al modelo convencional patriarcal.

Esta nueva rebelión feminista proveniente de los Estados Unidos e impulsada por sectores privilegiados es, en definitiva, el resultado de la conjunción de múltiples factores. Pero, al margen de cuál sea su origen, bienvenida sea. Aunque aún nos queda mucho por hacer, el patriarcado está herido de muerte.

(5) https://elpais.com/internacional/2018/01/20/estados_unidos/1516475589_071331.html

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