domingo, 1 de julio de 2018

"Rimbaud, Joyce y los horrores de Hassan II" (artículo sobre "La punition", de Tahar Ben Jelloun, en La Crónica)

Represión de una protesta en el Marruecos de Hassan II tras el asesinato del opositor Ben Barka.

La punition —último libro del francomarroquí Tahar Ben Jelloun, recientemente publicado en Francia— arranca evocando el día 23 de marzo de 1965: Ben Jelloun tiene entonces veinte años, estudia Filosofía en Rabat y se manifiesta de forma pacífica contra un decreto aprobado por el gobierno de Hassan II, que inmediatamente reprime la protesta. Muchos manifestantes mueren por las cargas. Ben Jelloun escapa y asiste a una reunión estudiantil; los guardias irrumpen e identifican a los presentes sin mayores consecuencias hasta que en julio del año siguiente es convocado —con otros estudiantes identificados— para realizar un «servicio militar» en el remoto cuartel de El Hayeb.

 Sabiendo que le aguarda un castigo —una temporada de «reeducación»— o, incluso, un intento de aniquilarle —ya se han cometido asesinatos selectivos de líderes estudiantiles y el principal opositor al régimen, Mehdi Ben Barka, ha sido secuestrado y torturado hasta la muerte en París por los secuaces del temible general Oukfir—, las duras penas impuestas por deserción lo incitan a obedecer.

En enero de 1967, tras un agotador viaje en tren, Ben Jelloun llega al cuartel, que los «reclutas» transforman en prisión tras ser obligados a acarrear durante kilómetros —sin avituallarse y bajo un sol de plomo— piedras de treinta kilos con las que erigen un gran muro exterior. Además de estar hacinados son implacablemente castigados si osan abandonar el recinto; no disfrutan de ninguna clase de permiso y su rutina diaria —repleta de maniobras extenuantes— es controlada hasta el menor detalle por los crueles subordinados —mayoritariamente analfabetos—, que odian a los estudiantes por el mero hecho de poseer formación académica. Cualquier falta —a menudo provocadas por los propios mandos— se castiga con palizas y largos encierros en celdas completamente oscuras, llenas de ratas. La alimentación es tan escasa como repugnante.

El comandante Ababou —responsable del cuartel— es la brutalidad en persona, un militar sediento de gloria y, por tanto, una «bomba de relojería». Ababou obliga a los estudiantes a permanecer de pie sin ropa durante horas a temperaturas bajo cero y los golpea salvajemente cuando se desploman; ordena enterrar vivo hasta el cuello y cara al sol a un joven que le desobedece y que muere bajo el peso de las piedras que le posa sobre el pecho; también tortura y viola a internos y promueve la delación entre ellos.

La atmósfera del cuartel es asfixiante; la corrupción, omnipresente. Los internos enferman; algunos enloquecen, y los propios guardias maldicen a sus mandos en garabatos escritos en las paredes de las letrinas. Para evadirse Ben Jelloun recita de memoria a Rimbaud, canta canciones de Leo Ferré, rememora escenas de Chaplin y escribe sus primeros versos evocando a su novia Zayna, a quien ya imagina saliendo con otro hombre al no haber podido contactarla desde su ingreso en el cuartel.

Escribiendo resiste al autoritarismo, a la deshumanización y al mal que encarnan Ababou y su segundo de a bordo, el psicópata Aqqa, quienes, pretextando una práctica de tiro, organizan una batalla con munición real donde mueren varios estudiantes, aunque su verdadero objetivo sea fingir una batalla en el desierto contra el ejército argelino para poder asesinar impunemente a todos los reclutas, plan maquiavélicamente perfecto: los jóvenes «voluntarios» caerían como héroes defendiendo al rey y a la patria.

Tras sobrevivir a la encerrona Ben Jelloun —al borde de la locura— pide por carta —censurada, obviamente— que le envíen el libro más grueso posible, cuya lectura dure hasta el fin de su reclusión. Ulysses de Joyce será su tabla de salvación hasta que salga en enero de 1968; pero antes Ababou le citará premonitoriamente para pedirle lecciones sobre teoría política, y en mayo de 1971 le convocará para regresar a El Hajeb. Para entonces Ben Jelloun es licenciado en Filosofía, trabaja como profesor en Casablanca y, pese a no sentirse ya amenazado por lo sucedido en 1965, acude al examen médico requerido —allí Ababou le anuncia enigmáticamente que ha preparado «una sorpresa»—, pero Jelloun tramita su exilio a Francia, y no acude al cuartel.

Efectivamente, el 10 de julio de 1971 el general Mohammed Madbuh, el coronel Ababou y el comandante Aqqa junto a mil cuatrocientos reclutas forzosos —muchos de ellos encerrados en 1966 con Ben Jelloun y obedientes al último llamado de Ababou— rodean y asaltan la residencia de verano de Hassan II, que en ese momento celebra su cuadragésimo segundo cumpleaños en una fiesta a la que asisten políticos, artistas y diplomáticos, que son ametrallados a bocajarro. La sangre inunda los jardines, el bufé, la piscina, pero el rey se salva refugiándose en los aseos.

Los golpistas declaran la toma del poder en televisión: la monarquía corrupta ha sido aniquilada; el pueblo, liberado. ¡Es la revolución! Pero los militares leales contraatacan, y el golpe finalmente fracasa. Ababou y sus secuaces son ejecutados y los cómplices que no corren igual suerte reciben durísimas condenas. ¿Era esta «la sorpresa» de Ababou? ¿Qué le habría ocurrido a Ben Jelloun si hubiera obedecido a la convocatoria, o si hubieran ordenado el golpe mientras él estaba en El Hajeb? La dictadura más sanguinaria habría triunfado y los objetores habrían sido aniquilados.

Ben Jelloun ha necesitado cincuenta años para escribir este centenar y medio de páginas que engrosa la lista de testimonios de militantes políticos torturados y forzosamente recluidos por su activismo, subgénero especialmente rico de la literatura francófona. Hermanado por su estilo directo y sobrio con el ya clásico La question, de Henri Alleg, y con el menos conocido Une Saison en Enfer, de HG Esmeralda —obras que denuncian las torturas de militares franceses a partidarios anticolonialistas en la guerra de Argelia—, La punition es, asimismo, un estremecedor relato sobre la pérdida de la inocencia juvenil, las consecuencias del autoritarismo y la privación de libertad. Ojalá tarde mucho menos en ser traducido al español.


La punition. Gallimard. París: 2018
160 páginas. 16 euros.

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