sábado, 21 de mayo de 2011

Crítica en "La verdad" de "Días aparte", de José Rubio



Retratos de un instante

José Rubio evoca los días poéticos de su memoria en su segundo poemario.

“Días aparte”
Autor: José Rubio
Estilo: Poesía
Editorial: Pre-Textos
Valencia, 2010
80 páginas, 8’65 euros

La cita de Emily Dickinson que abre el libro: «Hay días diferentes de los otros/y delicadamente están aparte» nos da un indicio de que “Días aparte”, el segundo poemario publicado hasta la fecha por José Rubio (Murcia, 1951), se enmarca dentro de esa corriente de la lírica contemporánea española que gusta de aprehender, o de congelar como si de una fotografía se tratase, entre el ruido y la vorágine de los días, aquellos instantes poéticos singulares, aquellos “días que están aparte”.

Como en todas las tendencias literarias, tanto poéticas como narrativas, hay obras que, partiendo de unos postulados comunes, consiguen descollar entre las demás y abrir una nueva vía, que será frecuentada más tarde por muchos autores; y un gran número de libros, la inmensa mayoría, que, manteniendo un nivel digno, no suponen una ruptura manifiesta con las formas establecidas, aunque revelen oficio, cultura y un alto grado de depuración.

Quizá “Días aparte” pertenezca a este segundo tipo de obras, las que discurren por caminos tradicionales, algo que reflejan algunos poemas hermosos y clásicos como “Lo que no perece”, dedicado al valenciano Vicente Gallego; “Mañana de domingo”, o el delicado recuerdo a Ramón Gaya titulado “11 de junio”. A favor de estas composiciones, y al igual que ocurre con el resto del volumen —tanto que podríamos hablar ya de un estilo definido—, hay que decir que están realizadas con un trazo suave, sutil, que demuestra que la sensibilidad de este autor se halla, asimismo, fuera de lo común.

Con todo, quizá sean los poemas de tono elegíaco los que sobresalen del resto, y, entre éstos, aquellos que recuerdan a los seres fallecidos, como “Miguel” o “Inocencia”. Sin embargo, también se echa en falta algo de emoción en las composiciones que reflexionan —y lamentan— el paso del tiempo, como pasa, por ejemplo, en “Sudor”, o en ese recuerdo de la niñez titulado “Tarde de infancia”, en el que, no obstante su belleza, podríamos pedirle al autor más intensidad en la evocación.

El ejemplo anterior podríamos aplicarlo a otros poemas, sobre todo los que están compuestos de apenas tres versos, en los que la idea, o la imagen de la que se parte, constituye de por sí un inicio prometedor, pero que, por falta de desarrollo, quedan sin fraguar del todo y, por consiguiente, se desaprovecha el buen comienzo. “Ceguera” es un ejemplo de esto, y también esa otra composición, sin título, que reproducimos en su totalidad: «Un cielo quieto/se mueve en el estanque/mientras camino». Preciosa imagen, y sugerente, que podría haber dado algo más de sí. Una metáfora del propio poemario.

Para leer la reseña ampliada, tal y como apareció en prensa, pincha la imagen: