domingo, 16 de mayo de 2021

"Fernand Iveton: la ejecución que Mitterrand no perdonó", artículo publicado en CTXT

 El pasado lunes 10 de mayo, cuando se cumplía el cuadragésimo aniversario de la llegada de François Mitterrand al poder, nadie recordó a Fernand Iveton, guillotinado en la guerra de Argelia cuando Mitterrand era ministro de Justicia y pudo darle el perdón. El caso Iveton había saltado, no obstante, a los medios en 2016, cuando Joseph Andras (Le Havre, 1984) renunció al premio Goncourt de primera novela, obtenido con De nos frères blessés —basada en la vida de este militante anticolonialista—, «por coherencia y por no querer competir en literatura». 

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lunes, 3 de mayo de 2021

"Clementina Black, defensora de la igualdad entre hombres y mujeres", artículo en "Nueva tribuna"

Entre las escritoras inglesas de la época victoriana que hoy está descubriendo el lector hispanohablante no podía faltar Clementina Black (Brighton, 1853 – Surrey, 1922). Primogénita entre ocho hermanos, Clementina fue hija del abogado David Black y del ama de casa Clara Maria Patten, fallecida en 1875 tras caerse mientras levantaba a su esposo, quien, poco tiempo antes, había quedado impedido. Después de la muerte de su madre, Clementina cuidó de su padre y de sus hermanos (entre ellos, Arthur y Constance Black, futuros matemático y primera traductora al inglés de Tolstoi y Dostoievski), a quienes mantuvo económicamente con su salario de maestra.

En 1880, después del fallecimiento de su padre, Clementina se mudó a jLondres con sus hermanas. Tenía veintisiete años y una firme vocación literaria (en 1877 se había publicado A Sussex Idyll, su primera novela); sin embargo destacó como líder sindical y militante feminista, antes que como escritora: en 1886, representando a la Women’s Trade Union League, Black recorrió Inglaterra incitando a las obreras a sindicarse, y en 1888 impulsó una moción por la igualdad salarial entre ambos sexos.

Aquel año, Clementina Black también participó en la famosa huelga de cerilleras encabezada por Annie Bessant, así como en el boicot a los fabricantes de fósforos Bryant & May —a quienes se acusaba de explotar a sus empleadas—; y en la década siguiente, en 1896, inició una campaña por el establecimiento de un sueldo mínimo tanto para las asistentas domésticas como para las obreras del sector textil de Londres, causas que, un decenio después, también defendió por escrito en el informe Sweated Industry and the Minimum Wage (1907).

Años más tarde, en Married Women's Work (1915), Black propugnó aumentos salariales para las obreras casadas, que cobraban menos dinero que las solteras por realizar idéntico trabajo (además, fue pionera del movimiento sufragista: según su biógrafa, Janet E. Grenier, «Clementina comprendió que, sin derecho a voto, las mujeres no podían hacer cambiar su situación»).

Clementina, en paralelo a su actividad sindical, continuó escribiendo y publicando novelas, y trabó amistad con las jóvenes intelectuales que se reunían en la sala de lectura del Museo Británico: la traductora y militante socialista Eleanor Marx (1855-1898), hija menor y albacea de Karl Marx; la novelista Olive Schreiner (1855-1920), la poeta Dollie Radford (1858-1920), la economista Beatrice Webb (1858-1943), la periodista y activista social Margaret Harkness (1854-1923), la autora de cuentos infantiles Beatrix Potter (1866-1943), y la novelista y poeta Amy Levy (1861-1889). Todas ellas —incluida, por supuesto, Clementina— eran New women: las «nuevas» mujeres que, a finales del periodo victoriano, desempeñaban trabajos y roles considerados masculinos.

Clementina Black y Amy Levy fueron muy afines: viajaron juntas por Europa, y Levy, para escribir su novela Historia de una tienda (Chamán Ediciones: 2019), se basó en las hermanas Black y en su apartamento londinense, adonde solían acudir activistas. Clementina estuvo con Levy casi hasta el trágico final de esta, y fue su albacea. No compartió sin embargo su condición homosexual, y quiso permanecer soltera. En sus últimos años cuidó de su sobrina Gertrude, cuyo padre, Arthur Black, había asesinado a su esposa y a su hijo antes de suicidarse.

Clementina murió, casi ciega, el 19 de diciembre de 1922. Dejaba publicadas siete novelas, todas inéditas en lengua española hasta la aparición de Revolucionario («crónica verosímil del movimiento obrero inglés», según Eleanor Marx), editada recientemente por Chamán Ediciones. An agitator —su título original— se publicó en Londres en 1894, cuando Black era una experimentada activista capaz de ficcionar la lucha obrera, así como sus principales dilemas: elección entre protesta o desarrollo para conseguir mejoras laborales, relación entre trabajadores manuales e intelectuales, duración idónea de una huelga…

Revolucionario, asimismo, refleja la sociedad inglesa del último tercio del siglo XIX: obreros, empresarios, religiosos, burgueses, periodistas y diputados (liberales y conservadores copaban el Parlamento británico hasta la fundación del partido Laborista, en 1900) pueblan sus páginas. La acción transcurre hacia la década de 1880, época de expansión económica y de auge del proletariado, fenómeno este último que capta la atención de los partidos políticos, tradicionalmente ajenos a las míseras condiciones de vida de los trabajadores.

Mejorar dichas condiciones es, precisamente, la obsesión del protagonista, Kit Brand, un «desclasado» singularmente moderno: Brand es un «extranjero» concebido cuarenta años antes que el Meursault de Albert Camus, además de un visionario («uno de esos hombres que mueren ninguneados y a quienes, después, erigen estatuas en su honor», según su compañero Stanford). Brand es un revolucionario «que no puede dejar de ser coherente» y que representa la política ideal frente a la realpolitik de Sir John Warwick.

Revolucionario es, en definitiva, una rara avis de la novela inglesa de finales del siglo XIX, y su rescate, la prueba de que otras autoras —como había sido el caso de Clementina Black— pueden seguir estando olvidadas pese a haber escrito obras  reveladoras sobre la condición humana. 

 

miércoles, 28 de abril de 2021

Llega a las librerías "Revolucionario", de Clementina Black

 


Esta semana llega a las librerías españolas la novela "Revolucionario", de Clementina Black, que he traducido para Chamán Ediciones. Black fue feminista, sufragista, sindicalista y, sobre todo, defensora de la igualdad entre hombres y mujeres. Esta es su primera novela traducida al español. "Revolucionario refleja la sociedad inglesa del último tercio del siglo XIX: obreros, empresarios, religiosos, burgueses, periodistas y diputados pueblan sus páginas. La acción transcurre hacia la década de 1880, época de expansión económica y de auge del proletariado, fenómeno este último que capta la atención de los partidos políticos, tradicionalmente ajenos a las míseras condiciones de vida de los trabajadores." Más información en la web de Chamán Ediciones: https://chamanediciones.es/producto/revolucionario-clementina-black/

sábado, 24 de abril de 2021

"Viajar para crear", artículo publicado hoy en "La verdad" de Murcia

 Lo que más añoro en esta pandemia no es visitar destinos exóticos, sino aquellos viajes, dentro y fuera de España, que me revelaban algo inesperado. Hace cinco años, por ejemplo, estuve en Marsella: entre los muchos atractivos de la ciudad, me interesaba en particular el barrio de l’Estaque, donde el cineasta Robert Guédiguian, junto a su troupe habitual, rueda sus películas de género social, sobre los problemas de la clase obrera.

Yo, en especial, quería pisar el escenario de Les neiges du Kilimanjaro, película que había visto en una sala vacía del cine Centrofama, en Murcia, y que, creo, es una de las cintas que mejor reflejan el impacto de la crisis de 2008 en los trabajadores, así como la reacción de estos ante sus devastadoras consecuencias.

            Caminando por l’Estaque encontré, en efecto, la vivienda del sindicalista interpretado por Jean-Pierre Darroussin, así como la terraza donde sus familiares, en una conmovedora escena, cantan la canción que da título al filme. A escasos metros de allí vi, casualmente, la casa donde Émile Zola —provenzal como Guédiguian— veraneaba invitado por su amigo Paul Cézanne (¡otro provenzal!), que pintó extraordinarios paisajes de l’Estaque.

            Masticando panisses —especialidad marsellesa elaborada con harina de garbanzo— por las callejuelas encontré, también, la librería À l’encre bleue, donde compré una edición en rústica de Naïs Micoulin, poético relato de Zola que, de regreso a Montpellier, en el blablacar de un chico que había dado la vuelta al mundo en velero, no pude dejar de leer.

Traduje Naïs Micoulin al español, y con mi amigo Rubén Pujante formamos una antología de relatos amorosos de Zola: él versionó Por una noche de amor, en el que Pilar Miró se basó para rodar su primera película, La petición (1976); y La señora Sourdis, magistral texto sobre el proceso creativo, en este caso de un matrimonio de pintores (aunque inspirado en la biografía del escritor Alphonse Daudet, ¡otro provenzal!).

A los tres textos añadimos, finalmente, otra historia: La señora Neigeon, y ambos prologamos la antología, que se publicó en 2016. Poco después, el gran traductor Mauro Armiño superó nuestro humilde trabajo con su monumental edición de los cuentos completos de Zola, y entonces llegó la pandemia, sobrecogiéndonos a todos, y a mí, además, dejándome a la espera de poder hacer otro viaje que despierte mi creatividad.         

miércoles, 24 de febrero de 2021

"Una lección de historia", artículo en Nueva Tribuna y Revista Gurb

 


Para muchos europeos (y sudamericanos) menores de cuarenta años, el nombre de Sendero Luminoso apenas significa imágenes de campesinos llorando junto a cadáveres tendidos en el suelo, con música andina de fondo; o la estampa de Abimael Guzmán —el líder senderista— con gafas de sol y traje de presidiario, dentro de una jaula de fiera circense. De hecho, el conflicto entre este grupo de ideología maoísta y el ejército peruano en la década de 1980, que dejó setenta mil muertos (en su mayoría civiles alrededor de Ayacucho, al sur del país), parece quedar mucho más lejos en el tiempo. Una pesadilla —diríamos— que conviene no recordar.

Cada país supera sus traumas a su manera, y en Perú —a diferencia de Argentina y de Chile, con juicios mediáticos a las cúpulas de sus dictaduras— parecen haber optado por la amnesia y el silencio: los nacidos después de 1990 casi no saben qué ocurrió durante aquella época sangrienta. Solo el cine, aparentemente, evita la desmemoria: desde 1988, cuando La boca del Lobo se premió en el Festival de San Sebastián, no ha habido año sin película sobre el conflicto, ya sea usándolo como telón de fondo (The Dancer Upstairs de John Malkovich ficciona el romance entre el militar Benedicto Jiménez y Maritza Garrido, la bailarina que ocultó en su casa a Guzmán), o mostrando sus efectos psicológicos en la población durante la posguerra (La teta asustada de Claudia Llosa).

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