martes, 10 de mayo de 2016

domingo, 8 de mayo de 2016

Adelanto de "Por una noche de amor (y otras historias)", de Émile Zola

En este enlace se pueden leer las primeras veinte páginas de nuestra traducción de Émile Zola, que llegará el día 11 de mayo a las librerías:


martes, 5 de abril de 2016

Nuestra traducción de Émile Zola ya tiene cubierta



Estas serán la cubierta y la contracubierta de la antología "Por una noche de amor (y otras historias)", que publicará la Editorial Funambulista en el mes de mayo. El libro contendrá cuatro novelas cortas de Émile Zola además del ensayo literario "Émile Zola, maestro de la novela breve", que hemos escrito a cuatro manos los traductores de los relatos que componen el libro, Rubén Pujante Corbalán y Gonzalo Gómez Montoro



sábado, 27 de febrero de 2016

"La dignidad de Fátima", artículo en revista "Gurb" y "La crónica"



Dice el proverbio que un árbol que cae hace más ruido que un bosque que crece. Esta metáfora ilustra un asunto candente en las sociedades occidentales como es la integración de los inmigrantes musulmanes: en el caso de Francia, que nos atañe en este artículo, los terroristas de París han eclipsado a los muchos ciudadanos que arraigan y prosperan en su tierra de acogida. La película recientemente estrenada "Fátima", de Philippe Faucon, aborda los problemas cotidianos de estos seres anónimos.

La protagonista de "Fátima" es una inmigrante argelina de cuarenta y cinco años que vive en Lyon. Fátima limpia oficinas por las noches y domicilios durante el día; está divorciada y apenas habla francés, lo que dificulta la comunicación con sus hijas Souad, de 15 años, y Nesrine, de 19. Ambas son su mayor orgullo, y quiere verlas progresar a través de la educación. Nesrine, buena estudiante de carácter responsable, cursa primero de Medicina; en cambio, Souad fracasa en el instituto y no acepta que su madre desconozca el idioma ni que «limpie la mierda de los demás». Tras un accidente laboral, y animada por su doctora, Fátima escribe en un diario lo que no puede expresar en francés. Su contenido es el hilo conductor de la película.


"Fátima" se basa en una realidad: es la adaptación cinematográfica de los poemarios "Prière à la lune" y "Enfin je peux marcher toute seule". Su autora, Fatima Elayoubi, es marroquí. Sin saber el idioma, emigró a Francia siguiendo a su marido a principios de los ochenta. Elayoubi ha trabajado en París como femme de ménage. Comenzó a escribir un diario en árabe en 2001, cuando convalecía de una caída causada por el agotamiento al que la sometía su empleo. Tras peregrinar por numerosos hospitales, donde no identificaban su dolencia, una doctora de Nanterre tradujo sus escritos al francés, y le encontró diagnóstico: «Las radiografías no revelan nada / pero su malestar es el de una madre que sufre / porque para alimentar a sus hijas / tan solo tiene su cuerpo herido», dicen unos versos de "Prière à la lune". La escritura sirvió de terapia a Elayoubi, que un día se plantó en un salón literario a presentar su manuscrito. Su editor cuenta que aquella misma tarde, mientras lo leía en el metro, decidió publicarlo.


Uno de los méritos de esta película es haber aparecido en el momento oportuno. Tras los atentados de 2015, la vida pública francesa está marcada por el auge de la extrema derecha, y por el fantasma del islamismo que se expande abonado por la miseria de los suburbios. Entre medias hay una ciudadanía desorientada, una izquierda política hundida, y unos medios de comunicación que extienden la sospecha sobre cualquier musulmán. En este contexto, "Fátima" opta por no dar la razón a nadie: pese al racismo y las desigualdades del país, parece decirnos la cinta, una familia inmigrante puede vivir dignamente gracias a su esfuerzo, pero esto implica también la liberación de ciertas costumbres.


Y es que "Fátima" es precisamente una historia de dignidad. La de una mujer que no se avergüenza de limpiar lo que ensucian los demás, porque lo considera un trabajo necesario «al que dedica nueve horas al día / como un artesano que persigue / la elegancia en todo lo que hace», y porque este empleo permitirá que sus hijas tengan una vida mejor. La película es también un homenaje a todas las Fátimas que se levantan de madrugada para limpiar casas, el metro, las calles y los altos edificios de cristal, y sin las cuales muchas familias «no pueden ir a trabajar / ni construir su futuro / ni cuidar a sus hijos / ni ganar dinero / ni comprar perfumes / ni bellas ropas». 


De forma discreta, tanto que casi no se percibe, la cinta es políticamente incorrecta. En un debate polarizado como es el de la integración de los refugiados e inmigrantes musulmanes, donde uno fácilmente cae en el racismo o es tachado de islamófobo, Faucon huye de los tópicos, y propone una valiente solución ilustrada: igual que no le abate la discriminación social, Fátima distingue creencias religiosas de simples resabios machistas, como cuando defiende a sus hijas ante las vecinas que las critican por salir a la calle sin el velo. Fátima decide además no perpetuar el patriarcado que ella misma ha sufrido («Fui educada como una persona / y con mi marido me he convertido en un animal»), y no induce a su hija Nasrine a tener pareja de una determinada fe.


En un panorama atestado de documentos sensacionalistas, a menudo concebidos para justificar tal o cual opinión, "Fátima" aparece como un rara avis de sencilla factura y delicada psicología que elude el naturalismo maniqueo de ese subgénero del cine galo que ya conforman las muchas películas existentes sobre las banlieues. La dignidad no se conquista con victimismo, resume Fátima con su actitud, sino con esfuerzo, osadía y tesón. 

sábado, 6 de febrero de 2016

"La vida tal cual es", artículo sobre las memorias de Maryse Condé en la "Revista Gurb"

La escritora Maryse Condé, una de las grandes voces francófonas. Foto: Jacquie G. Monda

Algunos de los mejores recuerdos de mi etapa universitaria pertenecen a las clases de literatura caribeña en lengua inglesa de la profesora Catherine Staveley. Gracias a esta asignatura optativa y minoritaria, impartida a las dos de la tarde, descubrí a narradores y poetas como V.S. Naipaul y Derek Walcott, que desde entonces pasarían a estar entre mis escritores favoritos.
Además de desvelarme estos autores, las clases de Miss Staveley ampliaron mi conocimiento de la cultura caribeña, hasta entonces limitado a algunas referencias literarias, cinematográficas y musicales, casi todas en español. En mi ignorancia, el Caribe me parecía el único espacio plurilingüe donde el castellano se imponía al inglés, y pensaba que las manifestaciones culturales del resto de la zona no iban más allá del reggae.
Aquejado de complejo de inferioridad hispanohablante, yo estimaba la supuesta hegemonía del español en el Caribe casi como algo digno de reivindicación, y aún después de leer a Walcott y a Naipaul, tontamente los seguía considerando inferiores a los hispanos, al tiempo que desconocía por completo a los escritores antillanos en francés (hasta dos años más tarde no supe que Francia poseía en el Caribe las islas de Martinica y Guadalupe).
Tuve que esperar cinco años más —hasta mi segunda estancia en el país galo— para conocer mínimamente la literatura antillana francesa —en particular el movimiento de la Négritude— a través del Cahier du retour au pays natal del martiniqués Aimé Césaire. Por entonces —siguiendo con la literatura negra— también leí al combativo senegalés Léopold Sédar Senghor en la Antología de poesía africana contemporánea de Paco Torres Monreal, pero otros intereses se cruzaron en mi camino y pronto me olvidé de los escritores francófonos.
Mi curiosidad, apagada otros cinco años, se reavivó hace unos meses, cuando escuché en persona a una de las grandes voces francófonas: la guadalupiense Maryse Condé. Fue en uno de esos actos en que los autores hablan con naturalidad ante escaso público, en un ambiente propicio para el contacto con el lector. Actos de poca rentabilidad mediática pero más eficaces que los multitudinarios para crear tejido cultural.
En el encuentro, celebrado en un almacén restaurado junto a un canal de Sète, Maryse Condé narró magistralmente un cuento tradicional antillano. La curiosidad me hizo buscar sus libros esa misma tarde; en la médiathèque pública encontré La vie sans fards, que leí de inmediato.
En La vie sans fards Condé narra el periodo de su vida comprendido entre su llegada a París en los años cincuenta como una estudiante burguesa, afrancesada y desconocedora de la cultura criolla, hasta su primer encuentro en Senegal con el británico —y actualmente su marido y traductor— Richard Philcox. Entre medias —la mayor parte del texto— queda la peregrinación de la autora por cuatro países del África Occidental recién descolonizada.
Las memorias de Condé apasionan porque son un testimonio no edulcorado ni resentido de la dura vida en las nuevas naciones africanas, además de un retrato de líderes políticos más tarde convertidos en mitos de la descolonización, como el caboverdiano asesinado por la policía portuguesa Hamilcar Cabral (de quien hace un gran elogio), el guineano Sekou Touré o el ghaneano Kwame Nkrumah; pero, sobre todo, La vie sans fards entusiasma como relato de un ser excluido a su pesar de toda comunidad, y por ser la historia de una mujer negra que, buscando sus raíces en África, supera cualquier pertenencia para alcanzar la universalidad.
La experiencia africana de Condé es una sucesión de desengaños: desde su llegada al continente y la desagradable sensación que le produce el fuerte olor a cacahuetes de Dakar, hasta su expulsión de Ghana tras estar varios días detenida en un calabozo falsamente acusada de espionaje, pasando por la miseria diaria y un degradante parto en la Guinea socialista de Sekou Touré, o el racismo que ella —¡una militante de la negritud!— sufre de los nativos por su condición de extranjera, suponen la constatación dolorosa de que quizá los verdaderos ciudadanos del mundo son los que se sienten desarraigados en cualquier sitio.
La dureza de sus vivencias no impide sin embargo que Condé señale aspectos positivos: Guinea Conakry, el país más pobre que conoce, le enseña a no mirar la propia desgracia y a preocuparse por la de la mayoría de la gente. Por su parte, Hamilcar Cabral le muestra el peligro de mitificar el pasado: el África precolonial no era una edad dorada porque había esclavitud doméstica y sistema de castas, se oprimía a la mujer y se asesinaba a los gemelos y albinos. “El socialismo africano no tiene sentido porque aspira a eliminar las clases sociales, y la cultura africana tradicional funciona mediante desigualdades”, le dirá más tarde el escritor de Guyana Jan Carew.
Hacia el final de La vie sans fards se describe la relación de Condé con afroamericanos que se instalaron en Ghana y Benín durante el periodo postcolonial. Decían acudir a reencontrarse con sus “hermanos negros” pero se alojaban en barrios residenciales y trabajaban para la administración norteamericana sin mezclarse con los nativos más allá de contactos sexuales que rozaban la prostitución. Precisamente en Ghana descubre Condé que la négritude —comunión entre negros de África y América— solo es un “hermoso sueño” (“el color no importa”, dirá).
La vie sans fards es, también, la lección de vitalidad de una madre divorciada con cuatro hijos que supera todas las dificultades imaginables para iniciar su tardía vocación de escritora. Si la primera novela de Condé se tituló Esperando la felicidad, en este libro afirma: “siempre termina por llegar”. Lástima que aún no se haya traducido al español.
Para leer el texto en la "Revista Gurb", pincha AQUÍ