domingo, 1 de julio de 2018

"Rimbaud, Joyce y los horrores de Hassan II" (artículo sobre "La punition", de Tahar Ben Jelloun, en La Crónica)

Represión de una protesta en el Marruecos de Hassan II tras el asesinato del opositor Ben Barka.

La punition —último libro del francomarroquí Tahar Ben Jelloun, recientemente publicado en Francia— arranca evocando el día 23 de marzo de 1965: Ben Jelloun tiene entonces veinte años, estudia Filosofía en Rabat y se manifiesta de forma pacífica contra un decreto aprobado por el gobierno de Hassan II, que inmediatamente reprime la protesta. Muchos manifestantes mueren por las cargas. Ben Jelloun escapa y asiste a una reunión estudiantil; los guardias irrumpen e identifican a los presentes sin mayores consecuencias hasta que en julio del año siguiente es convocado —con otros estudiantes identificados— para realizar un «servicio militar» en el remoto cuartel de El Hayeb.

 Sabiendo que le aguarda un castigo —una temporada de «reeducación»— o, incluso, un intento de aniquilarle —ya se han cometido asesinatos selectivos de líderes estudiantiles y el principal opositor al régimen, Mehdi Ben Barka, ha sido secuestrado y torturado hasta la muerte en París por los secuaces del temible general Oukfir—, las duras penas impuestas por deserción lo incitan a obedecer.

En enero de 1967, tras un agotador viaje en tren, Ben Jelloun llega al cuartel, que los «reclutas» transforman en prisión tras ser obligados a acarrear durante kilómetros —sin avituallarse y bajo un sol de plomo— piedras de treinta kilos con las que erigen un gran muro exterior. Además de estar hacinados son implacablemente castigados si osan abandonar el recinto; no disfrutan de ninguna clase de permiso y su rutina diaria —repleta de maniobras extenuantes— es controlada hasta el menor detalle por los crueles subordinados —mayoritariamente analfabetos—, que odian a los estudiantes por el mero hecho de poseer formación académica. Cualquier falta —a menudo provocadas por los propios mandos— se castiga con palizas y largos encierros en celdas completamente oscuras, llenas de ratas. La alimentación es tan escasa como repugnante.

El comandante Ababou —responsable del cuartel— es la brutalidad en persona, un militar sediento de gloria y, por tanto, una «bomba de relojería». Ababou obliga a los estudiantes a permanecer de pie sin ropa durante horas a temperaturas bajo cero y los golpea salvajemente cuando se desploman; ordena enterrar vivo hasta el cuello y cara al sol a un joven que le desobedece y que muere bajo el peso de las piedras que le posa sobre el pecho; también tortura y viola a internos y promueve la delación entre ellos.

La atmósfera del cuartel es asfixiante; la corrupción, omnipresente. Los internos enferman; algunos enloquecen, y los propios guardias maldicen a sus mandos en garabatos escritos en las paredes de las letrinas. Para evadirse Ben Jelloun recita de memoria a Rimbaud, canta canciones de Leo Ferré, rememora escenas de Chaplin y escribe sus primeros versos evocando a su novia Zayna, a quien ya imagina saliendo con otro hombre al no haber podido contactarla desde su ingreso en el cuartel.

Escribiendo resiste al autoritarismo, a la deshumanización y al mal que encarnan Ababou y su segundo de a bordo, el psicópata Aqqa, quienes, pretextando una práctica de tiro, organizan una batalla con munición real donde mueren varios estudiantes, aunque su verdadero objetivo sea fingir una batalla en el desierto contra el ejército argelino para poder asesinar impunemente a todos los reclutas, plan maquiavélicamente perfecto: los jóvenes «voluntarios» caerían como héroes defendiendo al rey y a la patria.

Tras sobrevivir a la encerrona Ben Jelloun —al borde de la locura— pide por carta —censurada, obviamente— que le envíen el libro más grueso posible, cuya lectura dure hasta el fin de su reclusión. Ulysses de Joyce será su tabla de salvación hasta que salga en enero de 1968; pero antes Ababou le citará premonitoriamente para pedirle lecciones sobre teoría política, y en mayo de 1971 le convocará para regresar a El Hajeb. Para entonces Ben Jelloun es licenciado en Filosofía, trabaja como profesor en Casablanca y, pese a no sentirse ya amenazado por lo sucedido en 1965, acude al examen médico requerido —allí Ababou le anuncia enigmáticamente que ha preparado «una sorpresa»—, pero Jelloun tramita su exilio a Francia, y no acude al cuartel.

Efectivamente, el 10 de julio de 1971 el general Mohammed Madbuh, el coronel Ababou y el comandante Aqqa junto a mil cuatrocientos reclutas forzosos —muchos de ellos encerrados en 1966 con Ben Jelloun y obedientes al último llamado de Ababou— rodean y asaltan la residencia de verano de Hassan II, que en ese momento celebra su cuadragésimo segundo cumpleaños en una fiesta a la que asisten políticos, artistas y diplomáticos, que son ametrallados a bocajarro. La sangre inunda los jardines, el bufé, la piscina, pero el rey se salva refugiándose en los aseos.

Los golpistas declaran la toma del poder en televisión: la monarquía corrupta ha sido aniquilada; el pueblo, liberado. ¡Es la revolución! Pero los militares leales contraatacan, y el golpe finalmente fracasa. Ababou y sus secuaces son ejecutados y los cómplices que no corren igual suerte reciben durísimas condenas. ¿Era esta «la sorpresa» de Ababou? ¿Qué le habría ocurrido a Ben Jelloun si hubiera obedecido a la convocatoria, o si hubieran ordenado el golpe mientras él estaba en El Hajeb? La dictadura más sanguinaria habría triunfado y los objetores habrían sido aniquilados.

Ben Jelloun ha necesitado cincuenta años para escribir este centenar y medio de páginas que engrosa la lista de testimonios de militantes políticos torturados y forzosamente recluidos por su activismo, subgénero especialmente rico de la literatura francófona. Hermanado por su estilo directo y sobrio con el ya clásico La question, de Henri Alleg, y con el menos conocido Une Saison en Enfer, de HG Esmeralda —obras que denuncian las torturas de militares franceses a partidarios anticolonialistas en la guerra de Argelia—, La punition es, asimismo, un estremecedor relato sobre la pérdida de la inocencia juvenil, las consecuencias del autoritarismo y la privación de libertad. Ojalá tarde mucho menos en ser traducido al español.


La punition. Gallimard. París: 2018
160 páginas. 16 euros.

jueves, 29 de marzo de 2018

"Pagar por trabajar en Holanda", artículo escrito con Eduardo Velázquez y Cristian Bailén en CTXT

Waalwijk, al sur de Holanda, es una ciudad donde se han registrado casos de explotación laboral a españoles

Desde hace años, colectivos como Marea Granate, las Oficinas Precarias y, más recientemente, Izquierda Unida Exterior, venimos denunciando que la emigración de más de un millón de personas de nacionalidad española desde el comienzo de la crisis económica es un fenómeno demasiado amplio como para poder ser descrito como una fuga de cerebros: jóvenes con alta cualificación y sin cargas familiares, que disfrutan de estupendos contratos en prestigiosas universidades, empresas y centros de investigación del extranjero. Aunque este sea el tópico sobre la emigración española difundido por muchos medios de comunicación y el que más ha calado en la opinión pública, la realidad —y los datos recientes lo confirman— es bien diferente.

Ni espíritu aventurero ni amplitud de miras. La emigración es sobre todo una cuestión de necesidad, y la crisis económica ha obligado a hacer las maletas a personas de todas las edades y niveles formativos. Ello incluye, por ejemplo, a familias cuyos miembros no cuentan con formación superior ni conocimiento del idioma del país de destino, a personas de más de cuarenta o cincuenta años, y a inmigrantes que llegaron a nuestro país en los primeros años de la burbuja inmobiliaria, consiguieron la nacionalidad, y luego, tras quedarse sin trabajo, emigraron a otro país.

La realidad de la emigración es muy compleja y diversa, y al seguir tratando de encajarla en el tópico de los doctores, arquitectos e ingenieros a los que su país les niega el futuro (que también los hay, evidentemente), estamos consolidando una visión bastante reduccionista. Y francamente clasista, por cierto. Cualquier persona residente en las ciudades donde se ha instalado la diáspora española, puede encontrarse compatriotas casi hasta en la sopa. Hay españoles y españolas haciendo camas en hoteles, trabajando en cafeterías y restaurantes, en hospitales, en el cuidado de niños y ancianos, en la construcción y en los servicios de limpieza de centros comerciales y estaciones ferroviarias.

Por increíble que parezca a quienes son ajenos a esta realidad, muchas de las personas de nacionalidad española que viven en el exterior se encuentran en una situación económica difícil, lo que choca frontalmente con las expectativas que tenían al emigrar. Este hecho, unido a la vulnerabilidad que genera el vivir en un país diferente, el posible desconocimiento del idioma de destino, de las leyes y de ciertos códigos de conducta, produce el caldo de cultivo perfecto para la explotación laboral.

Los casos de abusos son ya numerosos. A los españoles de origen sudamericano explotados en fincas agrícolas del sur de Francia, a las au pair «esclavas de familias» en Inglaterra, a las enfermeras en Berlín, y a los trabajadores de Amazon en Alemania, por citar algunos casos mediáticos, se han sumado recientemente los trabajadores del sector de la logística en el sur de Holanda. Estas personas aceptan ofertas de empresas de trabajo temporal (ETTs) —algunas de ellas subvencionadas por la UE— que se anuncian en portales de empleo como EURES, o en sus propias páginas web, para contratar a españoles menores de treinta años y ajustarse así a los criterios de subvención. Las condiciones que proponen en cuanto a salario son atractivas y, los requisitos exigidos, mínimos: ser mayor de edad, tener título de Educación Primaria y un nivel básico de inglés. Además, las empresas financian el alojamiento y el transporte hasta el lugar de trabajo. Sin embargo, la realidad con la que las y los trabajadores se encuentran al llegar es muy diferente.

Paula Rivera, una de las afectadas, ya lo denunció públicamente en 2016: «Me encuentro en una casa pensada para ocho donde vivimos dieciséis personas y una familia de ratones, con un acondicionamiento precario y que, además, está pendiente de demolición». Rivera explicaba que al llegar a Holanda el contrato —que muchas veces estaba disponible solo en holandés— se renovaba semanalmente con condiciones distintas, sin previo aviso al trabajador. Asimismo, eran frecuentes los contratos de cero horas, en vigor en países como el Reino Unido y los Países Bajos, y según los cuales la empresa no garantizaba un mínimo de horas de trabajo a la semana, sino que era el propio trabajador quien ponía su tiempo —mañanas, tardes y noches— a disposición de aquella.

De esta forma, las horas trabajadas a menudo no bastan para generar una nómina razonable, e incluso pueden ser insuficientes para cubrir el coste del alojamiento y el transporte, lo que hace a los trabajadores incurrir en deudas con la empresa o nóminas negativas. Una situación llamativamente similar a la de los trabajadores agrícolas de California en los años 30 —magistralmente descrita por John Steinbeck en la novela Las uvas de la ira—, o a la de los empleados de las plantaciones de caucho de la Cuenca Amazónica durante la primera mitad del siglo XX, solo que en el corazón de Europa y en pleno siglo XXI.

El informe Trabajar en Holanda: El calvario de los trabajadores migrantes españoles expulsados por el paro o el infraempleo, elaborado por Pablo López Calle y publicado en 2017 por la Fundación 1º de Mayo de CCOO, señala que las ETTs llegan a cobrar hasta 92 euros semanales a los trabajadores por una cama en una habitación doble en un barracón y hasta 5 euros al día por el transporte al lugar de trabajo. Estas empresas también cargan a los trabajadores otras contraprestaciones como el seguro médico (unos 100 euros al mes), con lo que se produce una reducción aún mayor de las nóminas.

Estas injusticias no han pasado inadvertidas para la federación de IU Exterior, que nació hace poco menos de un año para —entre otras cosas— dar voz en las instituciones a las reivindicaciones de la emigración española. Durante los últimos meses hemos mantenido varias reuniones con algunas de las personas afectadas para conocer de primera mano su situación. Uno de estos trabajadores nos explicó que había empleados a quienes se les prestaba una bicicleta para recorrer los diez kilómetros que separaban los barracones donde estaban alojados de su lugar de trabajo, aunque nevase o lloviera.

También se denunciaba que el precontrato firmado en España acordaba un alquiler de 200 euros mensuales que resultó ser de 424; que ciertas empresas de seguridad vinculadas a las ETT realizaban inspecciones semanales de forma sorpresiva, y que incluso se habían dado casos de extorsión. A estas irregularidades se añadía que a algunos operarios se les obligaba a desplazarse hasta el lugar de trabajo sobrepasando el límite permitido de cinco ocupantes por automóvil. También hemos sabido que son frecuentes los seguimientos de los vehículos por GPS y las reducciones en la nómina si las paradas para hacer la compra semanal se exceden más de lo previsto.

Otro trabajador nos relató que las empresas suelen desplazar a los trabajadores de sus lugares de trabajo y de alojamiento para evitar agrupamientos entre compatriotas, y que las ETTs no informan a los trabajadores de que el domicilio que les facilitan en campings no va a permitirles censarse en los Países Bajos, lo que les ocasiona una enorme pérdida de derechos y les impide sindicarse, vulnerando con ello el convenio colectivo para trabajadores temporales de la Federación de Agencias de Empleo Privado (ABU según sus siglas en neerlandés).

Basándonos en estos testimonios, hace dos meses elaboramos una batería de preguntas al Gobierno acerca de su conocimiento del problema y de las soluciones que piensa adoptar. Las preguntas fueron registradas en sede parlamentaria por el diputado de IU Miguel Ángel Bustamante, adscrito al grupo Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea, y fueron respondidas hace unos días. El gobierno admite conocer el problema, y destaca la labor realizada por las Oficinas de Empleo y Seguridad Social de la Embajada y el Consulado de España en La Haya y Ámsterdam. Estas oficinas asesoran a los migrantes españoles sobre la legalidad de las condiciones de trabajo y alojamiento en estas empresas, y tramitan las posibles denuncias o quejas a las instituciones competentes holandesas. Sin embargo, el caso que nos ocupa demuestra que las situaciones de explotación laboral pueden resultarles inadvertidas, o quedar sin solución.

La respuesta del Gobierno es claramente autocomplaciente, y en ella se advierte incluso cierta aceptación respecto a algunas de las prácticas realizadas por las ETT, como la de imposibilitar que las personas que trabajan en ellas se den de alta como residentes. Y en IU Exterior, como no podría ser de otra manera, no estamos en absoluto satisfechos. No basta con admitir que se producen irregularidades; hay que aplicarse para erradicarlas.

Desde IU Exterior denunciamos enérgicamente la explotación laboral y la violación de derechos en las que incurren estas empresas, y emplazamos a los diferentes actores sociales y políticos del país a que tomen conciencia de la gravedad de la situación y empleen todos los medios a su alcance para solucionar el problema. Asimismo, reiteramos nuestro compromiso con quienes han sido —y son— víctimas de estos abusos, así como con el resto de la ciudadanía española en el exterior. Y es que mientras la mejora económica pregonada por el Gobierno no llegue realmente a la clase trabajadora, seguirá habiendo personas forzadas a emigrar otros países y en riesgo de sufrir explotación. Los casos antes mencionados son una buena prueba de ello.

Para leer el artículo en CTXT, pincha AQUÍ

viernes, 26 de enero de 2018

"La rebelión feminista sigue viva en EEUU", artículo escrito con Teresa Laguna


El pasado domingo 7 de enero se celebró la 75ª gala de los Globos de Oro. Pero esta ocasión la entrega fue diferente a todas las demás. Por primera vez, todas y todos los asistentes acudieron vestidos de riguroso color negro y luciendo unas sonrisas especialmente sinceras. El presentador, el cómico Seth Meyers, realizó un ácido monólogo en el que atacó sin piedad a conocidos personajes acusados de acoso sexual, como el productor Harvey Weinstein o el actor Kevin Spacey (1). Más tarde, la popular Oprah Winfrey fue aún más dura en su estremecedor discurso: «las mujeres vivimos en un mundo dominado por hombres brutalmente poderosos», dijo textualmente, «donde las mujeres que se han atrevido a denunciarlos no han sido escuchadas. Pero su tiempo se ha terminado», sentenció Winfrey (2).

El movimiento feminista ha tenido recientemente un gran impulso mediático en EEUU. Esto podría achacarse a la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca, y al intenso movimiento de rechazo a sus frecuentes actitudes machistas. Recordemos que hace justo un año, el 21 de enero de 2017, se organizó la Marcha de las Mujeres (Women’s March), una manifestación en contra del entonces nuevo presidente (autor de frases como grabbythepussy, en español, agárrala del coño) que resultó ser la concentración más multitudinaria jamás realizada en fechas cercanas a una elección presidencial en EEUU (3), y en la que la propia cantante Madonna llamó a hacer la revolución.

La afluencia de manifestantes y la repercusión mediática de la concentración fueron muy superiores a lo esperado. Surgió entonces un nuevo movimiento que iba a recorrer numerosos estados del país para promover el voto femenino y la presencia de más candidatas mujeres en los cargos de la administración estadounidense (el pasado sábado 20 de enero, coincidiendo con el primer aniversario de la manifestación, comenzó la gira que recorrerá todo el país (4) (5)).

El ambiente feminista que se está viviendo en EEUU desde entonces, el comportamiento sexista del presidente Trump y, por supuesto, la inmediatez de comunicación de las redes sociales, han permitido que se desatara igualmente una auténtica oleada de testimonios de mujeres víctimas de acoso sexual, que acabó transformándose en el movimiento #MeToo (“Yo también” o “A mi también”, en español). En el pasado mes de octubre (6) apareció un artículo en The New York Times que denunciaba los numerosos casos de acoso sexual del productor de Hollywood Harvey Weinstein. En el texto, conocidas actrices como Ashley Judd denunciaban que el productor ofrecía ventajas laborales a cambio de “servicios” sexuales. Unas prácticas abusivas que Weinstein, según se ha sabido después, realizó con muchas mujeres durante más de 30 años. El productor solía utilizar la influencia de su cargo profesional para coaccionar a empleadas o actrices.

Poco a poco salieron muchas más confesiones a la luz (7), y se produjo el efecto contagio en las redes sociales. Con la etiqueta #MeToo numerosas mujeres (y también algunos hombres) empezaron a denunciar en Twitter los casos de acoso sexual que habían sufrido. La iniciativa acabó extendiéndose a tantos sectores que la revista Time decidió otorgar el Premio Persona del Año 2017 (hasta 1999 llamado “Hombre del Año”) a las Silence Breakers (literalmente, “las que han roto el silencio”). Entre ellas hay miembros de grupos activistas y/o trabajadoras de distintos sectores (8), como actrices, cantantes,  trabajadoras agrícolas, empleadas de hotel, periodistas, lobistas…

El movimiento se ha hecho imparable, y posteriormente ha surgido la iniciativa #TimesUp, promovida por mujeres de la industria de Hollywood (9) (10), gracias a la cual mujeres de todo Estados Unidos disponen de una plataforma para denunciar casos de acoso sexual. Una de las propuestas que se realizaron a través de #TimesUp fue la de vestirse de negro durante la gala de los Globos de Oro 2018. Además, numerosas actrices acudieron acompañadas de activistas feministas.

Pero la rebelión feminista aún no ha terminado. Recientemente han aparecido testimonios de acoso sexual incluso dentro del ámbito académico (11), donde los casos existentes solían denunciarse bajo un gran secretismo. El pasado 4 de enero el editorial de la prestigiosa revista Science criticaba el lastre que la discriminación sexual supone para las mujeres que desarrollan su actividad profesional en el entorno académico. En el artículo, la profesora de la Universidad de Wisconsin Lydia Zepeda cuenta los casos de discriminación que sufrió, e incluso de acoso, y como su propio rendimiento se resintió durante largos periodos de tiempo por culpa del acoso sufrido. Pero aunque ahora empiecen a salir a la luz más casos de acoso y discriminación sexual en el ámbito científico, aún no se ha llegado al nivel de lo ocurrido en Hollywood (12). Quienes frecuentamos este mundo conocemos la importancia de mantener las redes de contactos —facilitándose así la ley del silencio—, así como de los desequilibrios de poder existentes entre, por ejemplo, un investigador principal o un profesor y un estudiante. Pero el asunto no ha hecho más que empezar, y serviría como tema para otro artículo.

Volviendo al movimiento #MeToo, ¿podríamos decir que la iniciativa ha trascendido las fronteras de EEUU? ¿Pensamos acaso que las sociedades europeas son más igualitarias y, por tanto, que no necesitamos tales iniciativas? Eso podríamos pensar si realizásemos un análisis superficial de nuestro entorno. Pero la realidad refuta esta idea preconcebida: por ejemplo, en octubre de 2017 hubo una sesión especial sobre el acoso en el Parlamento europeo, de tan solo 90 minutos de duración, donde las eurodiputadas pudieron dar a conocer sus testimonios (16). La alemana Terry Reinke, ante un parlamento casi vacío, reconoció haber sido víctima de acoso.

No obstante, es cierto que la denuncia de actitudes machistas está visibilizándose cada vez más por las redes sociales, y también en Europa. En Francia, el movimiento #BalanceTonPorc (“denuncia a tu cerdo”) tomó mucha fuerza desde su aparición, pero también recibió duras críticas (13). El argumento del juego de la seducción se ha utilizado repetidamente para tachar de puritano el movimiento #MeToo. Resulta llamativo que pueda tacharse de puritano a un movimiento feminista solamente porque proceda de los Estados Unidos. Igualmente, una tribuna en Le Monde firmada por destacadas representantes de la cultura francesa, entre las que se contaban Catherine Millet o Catherine Deneuve (14), criticaba la supuesta mojigatería de #BalanceTonPorc.

Poco después de la publicación del artículo, Deneuve tuvo que disculparse ante las víctimas de acoso. «Pero sólo por ellas», dijo Deneuve (15). Como si las mujeres que han sufrido acoso sexual no fuesen sino meros casos anecdóticos. El artículo ha recibido un inmediato rechazo masivo, e incluso la secretaria de Estado francesa para la igualdad, Marlène Schiappa, o la ex-ministra Ségolène Royal, se han pronunciado en contra (17). Este intento de impedir que se visibilice socialmente el acoso, ya sea por el miedo masculino a perder determinadas posiciones tradicionales de poder, o por simple temor al cambio, no debería acabar imponiéndose. El beneficio que para la sociedad supone la denuncia pública del acoso sexual es infinitamente más importante que la pérdida de poder que puedan sufrir unos cuantos personajes influyentes.

La del puritanismo no es, sin embargo, la única critica que ha recibido el movimiento #MeToo. También se le objeta que se originase en el entorno socioeconómicamente privilegiado de las actrices de Hollywood. Pero ¿acaso no sufren ellas mismas el acoso sexual igual que tantas mujeres en otras latitudes geográficas y sociales? ¿Tienen ellas menos derecho a visibilizar estos abusos del sistema patriarcal solo porque proceden de un entorno acomodado? Precisamente el hecho de gozar de influencia mediática y buena posición social las hace ser idóneas para cumplir esta función. Su actitud es, por tanto, tan importante para la causa feminista como la de cualquier otro grupo social, y digna de aplauso.

Igualmente, podría pensarse que el movimiento #MeToo consiste en una moda que podría perder toda su fuerza con el paso del tiempo. Pero esto es algo que no va a suceder, en primer lugar, porque esta denuncia masiva de casos de acoso no se hubiera dado si la sociedad no hubiera alcanzado el grado de feminismo suficiente para ello, gracias sobre todo al movimiento feminista. Muchos años llevamos las feministas luchando por visibilizar los numerosos abusos del sistema patriarcal. Para comprobar este cambio social basta con observar la evolución en la actitud de la sociedad española ante la violencia machista.

Además de la evolución progresiva de la sociedad hacia posturas cada vez feministas, el hecho de que el sistema patriarcal nos afecte a todos los niveles va a permitir que movimientos como #MeToo sigan adelante, pues existen infinidad de casos de acoso que aún no han sido destapados. Y el hecho de que se denuncien actitudes como el piropo, lo que algunos consideran como algo exagerado, no es parte sino de un cambio de actitud social frente al modelo convencional patriarcal.

Esta nueva rebelión feminista proveniente de los Estados Unidos e impulsada por sectores privilegiados es, en definitiva, el resultado de la conjunción de múltiples factores. Pero, al margen de cuál sea su origen, bienvenida sea. Aunque aún nos queda mucho por hacer, el patriarcado está herido de muerte.

(5) https://elpais.com/internacional/2018/01/20/estados_unidos/1516475589_071331.html

viernes, 13 de octubre de 2017

"España no nos quiere": una selección de mis crónicas sobre la emigración española actual, descargables en formato pdf

Durante varios años he estado escribiendo artículos, crónicas y reportajes periodísticos sobre mi propia experiencia como emigrante en Francia y sobre la de otros muchos españoles a los que he conocido en las mismas circunstancias. Estos textos se publicaron en medios como El Confidencial, Eldiario.es, Público, La verdad de Murcia, El pajarito o el desaparecido Diario de Toledo. Un año después de la publicación del último de estos artículos, he decidido hacer una selección y reunirlos en un solo documento en formato pdf, titulado España no nos quiere (Una visión diferente de la emigración española actual), para que quien quiera pueda descargarlo gratis pinchando en la imagen:




sábado, 22 de julio de 2017

Los "Relatos sombríos" de Edith Nesbit, a la venta el 25 de septiembre

Esta será la cubierta de los "Relatos sombríos", de la escritora inglesa Edith Nesbit (1858-1924), que he traducido para la editorial madrileña "La biblioteca de Carfax". La obra llegará a las librerías el 25 de septiembre. El autor de la imagen de cubierta es el artista Rafael Martín.