domingo, 30 de marzo de 2014

Artículo sobre las Elecciones Municipales francesas, en Eldiario.es


El pasado 23 de marzo se celebró la primera vuelta de las elecciones municipales francesas. En el pueblo de Languedoc donde vivo, de pocos miles de habitantes, se presentaron cinco listas, de las cuales sólo la del Front National y la del Front de Gauche pertenecen a los grandes partidos presentes en todo el país. El hecho de que las tres candidaturas restantes sean de alcance local, y la baja participación en la primera vuelta, no han impedido, pese a todo, que durante las últimas semanas —escribo el mismo día de la votación definitiva— hubiera en el pueblo un debate político intenso. Por si tienen curiosidad acerca de los resultados, les diré que las tres listas con suficientes votos para acceder a la segunda ronda, que se celebrará hoy, domingo 30 de marzo, son dos independientes además del partido ultraderechista de Marine Le Pen, que obtuvo un 11% del escrutinio. 
Frente a la alta abstención de la primera vuelta —especialmente de la población juvenil—, hay dos emigrantes españoles llegados en los sesenta que están dando todo un ejemplo de participación. A sus ochenta años, Eliseo y Anselmo —que así se llaman las personas en cuestión— han leído y discutido los cinco programas electorales, han acudido a todos los mítines organizados por las listas que concurren, y han presenciado el recuento de los votos. No les ha intimidado el que muchos simpatizantes del Front National hubiesen preferido «no ver nunca a emigrantes en el pueblo», como me cuenta Eliseo; que algunos mítines se hayan celebrado con meteorología adversa, o que la prolongada contabilización de las papeletas pusiera a prueba la resistencia de ambos al reúma. Arribados como emigrantes económicos a Francia en pleno franquismo, Anselmo y Eliseo enseguida tomaron conciencia de la importancia de participar activamente en la política local, y así lo demuestran pese al esfuerzo que les supone. 
Eliseo y Anselmo han seguido al pie del cañón durante la segunda vuelta. Los días pasados volvieron a escuchar a los tres partidos que se disputarán la alcaldía, y hoy de nuevo votarán y presenciarán el recuento de las papeletas. En mayo también participarán en las elecciones europeas, pues tienen razón al considerar que la política local como la supranacional nos atañen de igual modo.
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lunes, 17 de marzo de 2014

"Montpellier camina por la dignidad", artículo publicado hoy en Eldiario.es


El programa de televisión “Españoles por el mundo” —emisión edulcorada y conformista donde las haya— lleva años repitiendo sin descanso, desde cualquier lugar del planeta, que los españoles sólo añoramos en el extranjero la familia, los amigos y el jamón. Yo no sé qué pensarán al respecto los miles de personas que, cada mes, se ven forzados a emigrar de nuestro país; pero en mi caso, y aun a riesgo de que dejen de considerarme español, puedo asegurarles que lo que yo echaba de menos cuando llegué, exiliado, a un pueblo perdido del sur de Francia, no eran precisamente las sobremesas dominicales con mis cuñados, ni las conversaciones sobre hipotecas con mis amigos, ni el pernil de Jabugo que nunca he degustado, sino el activismo social para mejorar mi entorno.

Podrán imaginar entonces mi alegría cuando, hace unas semanas, volvió a reunirse la asamblea de Marea Granate —la marea de los exiliados españoles, que toma su nombre del color de nuestro pasaporte, como ya existe la Marea Blanca de la Sanidad, o la Marea Verde de la Enseñanza Pública— de Montpellier, que es la ciudad más próxima a mi lugar de residencia. Lógicamente, me faltó tiempo para unirme a la quincena de personas que, en esta ciudad, junto a las Mareas Granates de otros exiliados españoles distribuidos por todo el mundo, protestan habitualmente contra el desastre moral y socioeconómico de nuestro país. 

Resulta, además, que nuestra primera asamblea coincidió en el tiempo con el inicio de las “Marchas de la dignidad”, las cuales recorren durante estos días las carreteras españolas para exigir una renta básica mínima, el fin de la precariedad y de los recortes promulgados por la Troika, así como promoviendo el que España no pague la deuda externa, entre otros objetivos. Las “Marchas de la dignidad”, por si aún no lo saben, confluirán el próximo sábado 22 de marzo en una manifestación que se espera que sea multitudinaria, en Madrid.
 
La Marea Granate de Montpellier secunda las reivindicaciones de las “Marchas de la dignidad”. Algunos de sus miembros nos habríamos sumado a ellas de no habernos encontrado en el exilio. Pero en Francia no nos cruzamos de brazos, ni nos limitamos a mirar mientras otros hacen historia. Para manifestar este apoyo, la asamblea ha convocado una concentración pacífica el 22 de marzo, en la Plaza Jean Jaurès, a las 15:00, para, a continuación, realizar una marcha a pie que concluirá frente al Consulado General de España en la ciudad. Los exiliados en Montpellier queremos expresar así nuestra solidaridad con aquellos que se encuentran caminando. Porque gracias a ellos podremos regresar algún día a nuestro país. Pero con dignidad, claro. 

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miércoles, 19 de febrero de 2014

"El derecho a emigrar", artículo publicado hoy en El diario.es


La muerte de quince inmigrantes africanos ocurrida en aguas de Ceuta el pasado 6 de febrero, y la reciente decisión del gobierno suizo de cerrar sus fronteras a los trabajadores croatas, han coincidido en el tiempo con el septuagésimo quinto aniversario de la mayor emigración de la historia de España, un éxodo muy superior en número al de los doscientos mil judíos expulsados del reino de Castilla en 1492. Me refiero, como podrá deducirse, a la famosa “Retirada”, en la que cerca de quinientos mil republicanos españoles —tanto conservadores como de izquierda— atravesaron los Pirineos en enero y febrero de 1939, en las postrimerías de la Guerra Civil, para poner a salvo sus vidas en Francia.
Los conocedores de este episodio histórico, ignorado aún por muchos españoles (contrariamente a lo que ocurre en Francia, donde estos días se suceden los actos que recuerdan el acontecimiento, a diferencia del silencio reinante en nuestro país), suelen saber al respecto poco más que la mala acogida procurada por las autoridades galas, que recluyeron a los exiliados en campos de internamiento como el de Argelès-sur-Mer o Barcarès; además de la muerte de Antonio Machado en Collioure, y la de Manuel Azaña en Montauban.
Los campos de internamiento, sin embargo, fueron bastante más numerosos. Estas líneas las escribo precisamente a pocos metros de donde se erigió uno de los más desconocidos, pese a que llegó a albergar a 25.000 exiliados: el campo de Agde. Este fue levantado en marzo de 1939, con el fin, según la versión oficial, de aliviar los saturados campos antes mencionados, situados todos en la Cataluña francesa. Aunque el motivo de su construcción también fue otro: el de llevar a los republicanos españoles de origen catalán a otra región —el Hérault, en este caso— donde no pudieran hablar su lengua materna con la población local que se acercaba a los límites del campo. De ahí que se conociese como «El campo de los catalanes».
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martes, 4 de febrero de 2014

Artículo en El diario.es sobre el 70 aniversario de la muerte de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry: el aviador que unió a los hombres

Se cumplen setenta años de la muerte del aviador francés

No soy un entusiasta de las conmemoraciones. El aniversario de la muerte o del nacimiento de un gran individuo, de un acontecimiento político, o de una hazaña patriótica, no suele conllevar más que una repetición de tópicos sobre la fecha celebrada, de la que enseguida nos olvidamos; o unos cuantos eventos rutinarios y desganados, como realizados por obligación; si es que la conmemoración no se utiliza para una apropiación partidista: la figura de Albert Camus (1913-1960), símbolo de la independencia intelectual, fue reivindicada en 2013 tanto por políticos de la derecha, que en su día le atacó por criticar las torturas practicadas por el ejército francés en la guerra de Argelia, como por gentes de la izquierda, que no dudó en acusarle de traidor cuando Camus denunció las purgas estalinistas.

Las efemérides proporcionan sin embargo un buen pretexto para leer a un autor con ojos nuevos, para descubrirlo, o para conocer su obra más allá de los prejuicios que, con frecuencia, sirven de excusa para ahorrarnos el esfuerzo de entrar en su universo. En un mundo como el actual, donde la arrogancia de lo novedoso arrincona a escritores fundamentales que damos por sabidos sin haberlos leído, los aniversarios nos recuerdan, como la voz puntual de la conciencia, qué autores han superado la crítica literaria del tiempo, sin duda la más exigente.

Ahora que se cumplen setenta años de la desaparición —aún no se ha hallado su cadáver, aunque sí restos de fuselaje del avión que pilotaba— de Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 – Mar Mediterráneo, cerca de la costa de Marsella, 1944), es el momento propicio para profundizar en la obra y en la apasionante biografía del autor de Le Petit Prince, libro con el que millones de estudiantes se inician cada año en el aprendizaje de la lengua francesa; pero, sobre todo, para leer los demás títulos que Saint-Exupéry publicó en su corta vida, libros menos conocidos pero también portadores de la dimensión humanista del escritor francés.


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domingo, 12 de enero de 2014

"La conquista de la felicidad", primer artículo en El diario.es

El nivel de felicidad de los españoles ha bajado por la crisis

Hace pocos días asistí, en la Médiathèque Centrale de Montpellier, a la exposición Vivre au XVIIIe siècle: Diderot, L’Encyclopédie et le Siècle des Lumières (Vivir en el siglo XVIII: Diderot, La Enciclopedia y el Siglo de las Luces), la cual ofrece de forma gratuita al público, hasta el 16 de enero de 2014, una selección de doscientos setenta libros, manuscritos y grabados escogidos entre los veinticuatro mil documentos del siglo XVIII que se conservan en los archivos de la región Languedoc-Rousillon. La muestra coincidió durante el pasado año con el tricentenario del nacimiento del filósofo francés Denis Diderot (1713-1784), y con la exposición Le goût de Diderot en el Museo Fabre de la ciudad, en la que se exhibieron algunas de las pinturas que el intelectual elogió en las tertulias organizadas por su protectora, Madame de Pompadour.


La exposición Vivre au XVIIIe siècle tiene, como principal objetivo, explicar que los progresos surgidos durante el Siglo de las Luces sirvieron para aumentar la felicidad de los humanos, y cómo ésta pasó de ser una simple aspiración a un derecho inalienable de las personas. No en vano, gran parte de los veintiocho millones de habitantes con que contaba Francia a comienzos de dicho siglo, vieron mejorar en pocas décadas sus condiciones de vida: la última epidemia de peste en el país tuvo lugar en 1757 (la enfermedad siguió azotando otras partes del mundo durante los siglos XVIII y XIX), y las hambrunas se acabaron, asimismo, por estos años. La alimentación también prosperó gracias a la introducción del azúcar, el té y el café (Voltaire aseguraba beber cincuenta tazas de café diarias), productos llegados a través del comercio con las Indias. 

En el terreno de la salud pública, la mortandad infantil se redujo con las primeras vacunaciones masivas contra la viruela, y hasta el propio rey Luis XVI se inoculó en público para convencer a los más reticentes a la innovación. De 1760 a 1789, año de la Revolución Francesa, el gobierno formó a once mil matronas con el fin de erradicar los prejuicios y supersticiones mantenidos durante siglos, a menudo culpables de muertes entre los recién nacidos; y en 1776, el rey ordenó trasladar los cementerios del centro a la periferia de las ciudades por razones de higiene, lo que encrespó a la ciudadanía, que deseaba seguir teniendo cerca a los difuntos para velarlos. En el campo amoroso, gracias a la decreciente influencia religiosa, aparecen métodos anticonceptivos para disfrutar de las relaciones sexuales sin procreación.

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