sábado, 6 de febrero de 2016

"La vida tal cual es", artículo sobre las memorias de Maryse Condé en la "Revista Gurb"

La escritora Maryse Condé, una de las grandes voces francófonas. Foto: Jacquie G. Monda
Algunos de los mejores recuerdos de mi etapa universitaria pertenecen a las clases de literatura caribeña en lengua inglesa de la profesora Catherine Staveley. Gracias a esta asignatura optativa y minoritaria, impartida a las dos de la tarde, descubrí a narradores y poetas como V.S. Naipaul y Derek Walcott, que desde entonces pasarían a estar entre mis escritores favoritos.
Además de desvelarme estos autores, las clases de Miss Staveley ampliaron mi conocimiento de la cultura caribeña, hasta entonces limitado a algunas referencias literarias, cinematográficas y musicales, casi todas en español. En mi ignorancia, el Caribe me parecía el único espacio plurilingüe donde el castellano se imponía al inglés, y pensaba que las manifestaciones culturales del resto de la zona no iban más allá del reggae.
Aquejado de complejo de inferioridad hispanohablante, yo estimaba la supuesta hegemonía del español en el Caribe casi como algo digno de reivindicación, y aún después de leer a Walcott y a Naipaul, tontamente los seguía considerando inferiores a los hispanos, al tiempo que desconocía por completo a los escritores antillanos en francés (hasta dos años más tarde no supe que Francia poseía en el Caribe las islas de Martinica y Guadalupe).
Tuve que esperar cinco años más —hasta mi segunda estancia en el país galo— para conocer mínimamente la literatura antillana francesa —en particular el movimiento de la Négritude— a través del Cahier du retour au pays natal del martiniqués Aimé Césaire. Por entonces —siguiendo con la literatura negra— también leí al combativo senegalés Léopold Sédar Senghor en la Antología de poesía africana contemporánea de Paco Torres Monreal, pero otros intereses se cruzaron en mi camino y pronto me olvidé de los escritores francófonos.
Mi curiosidad, apagada otros cinco años, se reavivó hace unos meses, cuando escuché en persona a una de las grandes voces francófonas: la guadalupiense Maryse Condé. Fue en uno de esos actos donde los autores hablan con naturalidad ante escaso público en un ambiente propicio para el contacto con el lector. Actos de poca rentabilidad mediática pero más eficaces que los multitudinarios para crear tejido cultural.
En el encuentro, celebrado en un almacén restaurado junto a un canal de Sète, Maryse Condé narró magistralmente un cuento tradicional antillano. La curiosidad me hizo buscar sus libros esa misma tarde; en la médiathèque pública encontré La vie sans fards, que leí de inmediato.
En La vie sans fards Condé narra el periodo de su vida comprendido entre su llegada a París en los años cincuenta como una estudiante burguesa, afrancesada y desconocedora de la cultura criolla, hasta su primer encuentro en Senegal con el británico —y actualmente su marido y traductor— Richard Philcox. Entre medias —la mayor parte del texto— queda la peregrinación de la autora por cuatro países del África Occidental recién descolonizada.
Las memorias de Condé apasionan porque son un testimonio no edulcorado ni resentido de la dura vida en las nuevas naciones africanas, además de un retrato de líderes políticos más tarde convertidos en mitos de la descolonización, como el caboverdiano asesinado por la policía portuguesa Hamilcar Cabral (de quien hace un gran elogio), el guineano Sekou Touré o el ghaneano Kwame Nkrumah; pero, sobre todo, La vie sans fards entusiasma como relato de un ser excluido a su pesar de toda comunidad, y por ser la historia de una mujer negra que, buscando sus raíces en África, supera cualquier pertenencia para alcanzar la universalidad.
La experiencia africana de Condé es una sucesión de desengaños: desde su llegada al continente y la desagradable sensación que le produce el fuerte olor a cacahuetes de Dakar, hasta su expulsión de Ghana tras estar varios días detenida en un calabozo falsamente acusada de espionaje, pasando por la miseria diaria y un degradante parto en la Guinea socialista de Sekou Touré, o el racismo que ella —¡una militante de la negritud!— sufre de los nativos por su condición de extranjera, suponen la constatación dolorosa de que quizá los verdaderos ciudadanos del mundo son los que se sienten desarraigados en cualquier sitio.
La dureza de sus vivencias no impide sin embargo que Condé señale aspectos positivos: Guinea Conakry, el país más pobre que conoce, le enseña a no mirar la propia desgracia y a preocuparse por la de la mayoría de la gente. Por su parte, Hamilcar Cabral le muestra el peligro de mitificar el pasado: el África precolonial no era una edad dorada porque había esclavitud doméstica y sistema de castas, se oprimía a la mujer y se asesinaba a los gemelos y albinos. “El socialismo africano no tiene sentido porque aspira a eliminar las clases sociales, y la cultura africana tradicional funciona mediante desigualdades”, le dirá más tarde el escritor de Guyana Jan Carew.
Hacia el final de La vie sans fards se describe la relación de Condé con afroamericanos que se instalaron en Ghana y Benín durante el periodo postcolonial. Decían acudir a reencontrarse con sus “hermanos negros” pero se alojaban en barrios residenciales y trabajaban para la administración norteamericana sin mezclarse con los nativos más allá de contactos sexuales que rozaban la prostitución. Precisamente en Ghana descubre Condé que la négritude —comunión entre negros de África y América— solo es un “hermoso sueño” (“el color no importa”, dirá).
La vie sans fards es, también, la lección de vitalidad de una madre divorciada con cuatro hijos que supera todas las dificultades imaginables para iniciar su tardía vocación de escritora. Si la primera novela de Condé se tituló Esperando la felicidad, en este libro afirma: “siempre termina por llegar”. Lástima que aún no se haya traducido al español.
Para leer el texto en la "Revista Gurb", pincha AQUÍ

miércoles, 13 de enero de 2016

"Una aclaración", artículo publicado hoy en "La Crónica" sobre la supresión de mi entrevista a Cyrille Martin en Eldiario.es

El sábado 31 de octubre de 2015 asistí, durante el festival CineMed de Montpellier, a la proyección del documental “Un nouveau Dreyfus?”, en el que el cineasta francés Cyrille Martin critica los “errores” del juicio de los atentados del 11-M. En el filme, que ha supuesto años de investigación a su director, también se plantea la posibilidad de que Jamal Zougam —único condenado hoy en prisión por la autoría de las explosiones— hubiese sido inculpado por el hecho de ser musulmán, para así ocultar a los verdaderos responsables.

El documental, rodado con escasos medios por un director debutante, me sorprendió por su minuciosidad narrativa así como por los interrogantes que abrían los supuestos errores del juicio. De modo que estimé pertinente entrevistar a Cyrille Martin sobre su trabajo; en las dos semanas siguientes a la proyección me encontré con él e intercambiamos varios correos. Quiero aclarar que en ningún momento intenté alentar teorías de la conspiración sobre los atentados del 11-M —cuyas víctimas merecen el mayor respeto—, sino informar del estreno en Francia de un documental de interés para el público español.

Como sabemos, el viernes 13 de noviembre de 2015, justo dos semanas después de la proyección de “Un nouveau Dreyfus?”, Francia sufrió el mayor atentado terrorista de su historia reciente. Un ataque que, como las explosiones de los trenes de Madrid, causó más de cien fallecidos y numerosos heridos. La entrevista a Martin —por una fatal coincidencia— quedó terminada el jueves 12, víspera de los atentados de París, y el domingo 15 la envié a los medios con los que solía colaborar.

El texto apareció el lunes 16 de noviembre en los diarios digitales Público y La crónica, y se mantuvo en las portadas y redes sociales de ambos durante todo el día. Según me dijeron desde uno de estos medios, la entrevista fue leída por unas 8.000 personas, algunas de las cuales escribieron comentarios al respecto que aún se pueden encontrar en la web de “La crónica”, y sin que su publicación tuviera mayor trascendencia.

También ofrecí la entrevista a la edición murciana de Eldiario.es, que la rechazó, y a la edición manchega del medio, que sí la publicó el 16 de noviembre en el apartado de “Cultura”. Sin embargo, la reacción posterior de este periódico no fue la habitual.

De hecho, el sábado 21 de noviembre vi que la entrevista ya no estaba a disposición de los lectores, y que, en su lugar, aparecía un mensaje de “Error”. Extrañado, pregunté a la sección manchega del diario —la única además de la murciana con la que tenía contacto— por lo ocurrido, y entonces supe que la edición nacional “había decidido retirarla” y que la manchega “había olvidado comunicármelo”.

Ese mismo día la edición nacional de Eldiario.es publicó un editorial de Íñigo Sáenz de Ugarte —que encontré por azar— que explicaba la decisión del medio de suprimir la entrevista. Ugarte sustraía así a los lectores la posibilidad de juzgar por sí mismos las declaraciones de Martin, y, en vez de desmarcar al medio de las opiniones del entrevistado, o de refutarlas (lo que, a juzgar por sus palabras, le habría sido muy fácil) manteniendo el texto en la web, calificaba ofensivamente el documental de “estupidez”.

Las reacciones, lógicamente, fueron rápidas. Medios como Libertad Digital, Elespañol.com o Esradio (a los que yo no contacté), airearon la supresión de la entrevista y criticaron por ello al director de Eldiario.es. Entonces vi con estupor que mi trabajo se utilizaba como arma arrojadiza entre grupos editoriales enfrentados. No en vano, el 24 de noviembre aparecía otro editorial en Eldiario.es, esta vez firmado por Ignacio Escolar, en el que se volvía a criticar las opiniones de Martin y se arremetía contra periodistas de los medios antes mencionados.

Durante el cruce de ataques, que observé como testigo mudo, me despedí como colaborador de la sección manchega de Eldiario.es: no podía aceptar que desde Madrid suprimieran la entrevista sin enviarme siquiera un correo de explicación. Como colaborador asiduo de esta edición regional desde su nacimiento en enero de 2014 (y socio económico de la nacional durante un tiempo), creía merecer otro trato.

De hecho, a lo largo de dos años había enviado desde Francia más de veinte crónicas, artículos, reportajes, entrevistas y chistes gráficos (algunas de estas colaboraciones tuvieron miles de visitas y fueron las más leídas del día en la sección manchega), y eso que mandaba material sin recibir un solo euro pese a que al inicio de Eldiario.es de La Mancha se dijo que pagarían cada contribución (aún hoy sigo sin haber cobrado nada).

Sin embargo, lo más decepcionante fue no poder opinar sobre lo ocurrido. Después de despedirme pedí dos veces a la edición manchega la dirección de alguien de la nacional para, en calidad de aludido, expresar mi descontento, pero sólo recibí silencio como respuesta. Inmediatamente se retiró del medio mi ficha de colaborador, y tampoco pude comentar el artículo del 26 de noviembre de Gonzalo Boyé, titulado “El Dreyfus de Jamal Zougam miente”, en el que se vuelven a denostar las declaraciones de Martin.

Pese a lo ocurrido, sigo siendo un firme defensor de la prensa independiente digital, y continuaré apoyando a algunos de los medios alternativos que se han creado en estos últimos años, los cuales están haciendo un gran trabajo de renovación del periodismo en España. Aunque mi experiencia demuestra que las prácticas caducas también pueden darse en los nuevos diarios. No debemos olvidar que los Derechos Humanos y la justicia social se defienden con nuestras acciones concretas, y no sólo con palabras.

Para leer el artículo en "La Crónica", pincha AQUÍ

lunes, 16 de noviembre de 2015

Entrevista al cineasta francés Cyrille Martin en "El diario.es"

“Jamal Zougam es el chivo expiatorio de los atentados de Madrid”

El cineasta francés Cyrille Martin (Drôme, 1982) es el realizador del documental “Un nouveau Dreyfus?” sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid

El autor, cuyo trabajo le ha llevado varios años, se muestra crítico con las “chapuzas” del juicio sobre los atentados del 11-M en la Audiencia Nacional y con el papel de los medios de comunicación.

Cyrille Martin foto por Irene Ortega
Cyrille Martin. Foto de Irene Ortega

¿Cuándo y por qué empezaste a investigar sobre los atentados del 11-M en Madrid?

Desde hace tiempo quería hacer algo que mostrara la manipulación de los medios de comunicación dominantes. La primera vez que vi un caso de manipulación de la opinión pública fue en 2002, cuando los medios hablaban de la guerrilla marxista de las FARC, que había secuestrado a Ingrid Betancourt. Los medios ocultaban por completo el contexto de Colombia. Y por Le Monde Diplomatique, medio que se puede calificar de alternativo, supe que el 70% de los asesinatos atribuidos a las FARC en realidad los cometían las milicias a sueldo de la patronal a las que se oponían las FARC. Más tarde, en 2007, di con los artículos que El Mundo dedicó al juicio del 11-M. La manipulación en este asunto fue flagrante, pero desgraciadamente surtió efecto. Este caso me parecía especialmente grave porque el terrorismo influye mucho en nuestra opinión política. No solo en el país afectado por los atentados sino también en los países vecinos.

Has rodado y escrito el documental en calidad de “francotirador”, es decir, sin apoyo privado ni de instituciones públicas. ¿Cómo ha sido el proceso de rodaje? 

Mi documental es un film de montaje: su principal contenido son imágenes de vídeo, archivos ya existentes, fragmentos de telediarios, grabaciones de vídeo del juicio, además de algunas entrevistas aparecidas en los medios. He añadido secuencias que rodé yo mismo para darle un hilo conductor al documental. También he dibujado un esquema de la investigación para ayudar al espectador a orientarse entre las fuentes citadas. Para tener libertad he optado por no solicitar apoyo público ni privado y, como he trabajado prácticamente a solas, he tardado varios años en concluir el proyecto. Me gusta definirme como francotirador, término que en nuestro imaginario colectivo evoca el movimiento de resistencia comunista de los francotiradores y partisanos (FTP) durante la Segunda Guerra Mundial.

Tu documental muestra numerosas “chapuzas” en el juicio de los atentados. ¿Cómo es posible que la opinión pública española no se haya fijado en estos errores? 

Es muy sencillo: fuera de España no se ha informado del desarrollo del juicio. Yo tardé tiempo en comprender lo que había pasado en España, porque está relacionado con la configuración política particular de vuestro país. En el momento del juicio los periodistas más críticos con la investigación judicial eran gente como Luis del Pino, cuyas investigaciones eran irreprochables, pero que después afirmó que los verdaderos autores del atentado eran el partido socialista para ganar las elecciones tres días después del atentado, o que habían ayudado a ETA a hacerlo. Esta conclusión les desautorizó a ojos de una gran parte de los españoles, que desde entonces no se molestaron en mirar la mejor parte del trabajo de Luis del Pino: sus objeciones a la investigación judicial. Es una lástima que la derecha española más dura haya sido la más crítica con el juicio de los atentados, porque antes del juicio de 2007 no era así. De este modo olvidamos el excelente trabajo de Fernando Múgica, periodista de El Mundo, que no comparte las conclusiones de Luis del Pino.

 Esquema documental Un nouveau Dreyfus?

Jamal Zougam es el único superviviente del comando que supuestamente cometió los atentados. ¿Zougam fue el chivo expiatorio de los atentados? 

Sí, claramente, es un chivo expiatorio porque cualquier persona en sus cabales lo habría declarado inocente: hemos visto que durante todo el juicio no había absolutamente ninguna prueba que pudiera inculparlo. Sus huellas, de las que tanto hablaron los medios, fueron un invento. Los dos testigos que afirmaron haberlo visto en los trenes declararon demasiado tarde: ¡tres semanas y un año después de los hechos! Por tanto, no son fiables. La bomba que se encontró intacta (para la cual Zougam habría utilizado estúpidamente una tarjeta SIM de su tienda) apareció como por encanto en una comisaría, y el jefe de los artificieros TEDAX aseguró que la bomba no podía haber estado en los trenes porque estos habían sido registrados cuatro veces, y no quiero continuar… La decisión del juez de condenarlo se explica por la necesidad de cerrar el caso para así evitar que surgieran más preguntas molestas. He titulado el documental “Un nouveau Dreyfus? (¿Un nuevo Dreyfus?)”, para insistir en el destino del pobre Jamal Zougam, que está en prisión en condiciones muy duras desde hace once años. Hago referencia al caso Dreyfus, en el que un militar francés judío se comió el marrón en un caso de espionaje de Alemania a Francia a finales del siglo XIX. La comparación me parece apropiada porque Dreyfus y Zougam fueron escogidos como chivos expiatorios por sus pertenencias étnicas y religiosas, que correspondían a los clichés racistas de sus respectivas épocas. En el siglo XIX se pensaba que los judíos eran potenciales traidores; hoy se piensa que los musulmanes son terroristas en potencia.

¿Las instituciones judiciales, políticas y públicas te han puesto obstáculos durante la investigación y el rodaje del documental? 

No, ninguna. A Gandhi le atribuyen esta cita: “Primero te ignoran y luego se burlan de ti. Después te combaten y al final los vences”. Puede que el camino aún sea largo.

En el documental, el profesor suizo Daniele Ganser sugiere la posibilidad de la intervención de los “ejércitos secretos” de la OTAN en los atentados. 

Algunos datos mencionados en el documental sugieren esta posibilidad, que, por supuesto, no es una afirmación mía. Yo no soy ni policía ni juez de instrucción. Pero ya que hablamos tanto de la libertad de expresión, deberían permitir que se hablara de esta hipótesis. La existencia de estos ejércitos secretos es poco conocida en España y en Francia, pero no en Alemania, ni en Bélgica, ni, sobre todo, en Italia. Estos países sufrieron los años de plomo, y los jueces que investigaron los atentados terroristas acaecidos durante la Guerra Fría apuntaron varias veces a estas estructuras clandestinas de la OTAN, llamadas “Gladio”. Creados en origen para combatir una posible invasión soviética en Europa, que finalmente no se produjo, estos ejércitos clandestinos habrían puesto en marcha una estrategia de la tensión. Es decir, habrían fomentado más o menos directamente el terrorismo para asustar a la población e inocular en ella un sentimiento de rechazo hacia los movimientos izquierdistas, que fueron acusados de ser los autores de los atentados. En televisión se han difundido varios documentales sobre este asunto, como “El Ejército Secreto de la OTAN”. Alfredo Grimaldos también les dedica un capítulo en su libro “La CIA en España”. Los movimientos izquierdistas han perdido la influencia que tenían en los años setenta, y ahora, determinados poderes quieren fomentar la hostilidad hacia la población musulmana, así como hacia los gobiernos de los países de Oriente Medio, a los que se ha acusado de apoyar el terrorismo, como ocurrió con Sadam Hussein. Tampoco hay que olvidar les révélations de Wesley Clark: la administración Bush había previsto atacar seis países más después de Irak.

¿Cuándo podremos ver el documental en España? 

Espero que sea lo antes posible. Ahora estoy trabajando en la versión española. Después buscaremos los canales de difusión apropiados para el documental. Creo que debería interesar al movimiento español anti-OTAN, que es mucho más fuerte que en Francia, donde no hay bases militares americanas desde 1967 por decisión de Charles de Gaulle.

¿Tienes otros proyectos de documental en perspectiva? 

Por ahora solo tengo ideas sin concretar. Por ejemplo, y continuando con el tema de la manipulación de la opinión pública, sería interesante mostrar una estrategia vieja como el sol y que los medios utilizan con mucha frecuencia: divide y vencerás. Esto, en cierto modo, es lo que pasó con el 11-M: los periodistas que pusieron en evidencia las contradicciones de la investigación de los atentados sufrieron el rechazo de gran parte de la población, que les asimilaba a un sector político opuesto sin advertir la parte de análisis crítico del juicio de su discurso.

sábado, 31 de octubre de 2015

Entrevista a Francisco y Andrea, españoles emigrados a Montpellier, en Eldiario.es

F. Valverde y M. Tirado, foto por Gonzalo Gómez


“El día que me dijeron que el Estado me ayudaría casi lloro de la emoción”


Entrevista a Francisco y Marina, españoles emigrados a Montpellier (Francia). Procedentes de Menorca, han tocado música en la calle para pagar la hipoteca. No saben si podrán volver a España.


¿Cuándo llegasteis a Montpellier?

FV: Llegamos en 2012 con nuestra hija pequeña. Antes vivíamos en Menorca. En España yo había tenido trabajos precarios de programador informático, traductor y agente para personas con movilidad reducida en el Aeropuerto de Menorca. No ganaba más de mil euros al mes, y parte de mi sueldo se lo quedaba una ETT. Hasta que me quedé en el paro. Mi mujer, que es música, impartía clases de canto y daba conciertos, aunque el sueldo se le iba en pagar la cuota de autónoma y a la persona que le hacía las gestiones. Luego, cuando llegó la crisis, los ayuntamientos dejaron de contratarla y los estudiantes no podían pagar las clases. De pronto nos vimos sin trabajo y pagando una hipoteca. En la isla no había expectativa de encontrar empleo. Decidimos venir a Montpellier solo porque aquí vivía una hermana de Marina. No traíamos contrato de trabajo ni nada por el estilo.


¿Cómo fueron los primeros tiempos en Francia?

MT: Fueron muy difíciles. Sólo cobrábamos el paro español de Francisco, que exportamos gracias a una funcionaria que nos lo sugirió en el último momento. Todo lo que ingresábamos se nos iba en pagar la hipoteca y el apartamento de Montpellier, que sólo tiene una habitación que también es el salón donde dormimos los tres. Yo tuve que tocar música en la calle para poder comprar comida. Me ponía en una plaza con una guitarra y un amplificador hasta que llegó el invierno. Luego las cosas mejoraron poco a poco. Al cabo de unos meses surgieron algunas clases de música y actuaciones en locales, y después trabajé en una residencia de ancianos. Pese a todo, no puedo quejarme. Ahora me dedico a lo que me gusta. Además, toco música folclórica colombiana, y en Francia se han interesado mucho más por este asunto que en España.


Adaptarse para sobrevivir

¿Qué otros trabajos habéis hecho?

FV: Yo empecé de ayudante de cocina en un restaurante. Estuve tres semanas de prueba, cobrando en negro, pero al final no me contrataron. Actualmente trabajo en una empresa de agricultura ecológica. Me tratan bien y estoy contento. Como empleado, siento más respeto en Francia que en España. En España parece que las empresas tienen miedo a hacerte un contrato indefinido, y al final, como trabajador, tienes la impresión de que no progresas. A los pocos meses te despedirán para contratar a otro. A la persona que toma las decisiones le da igual que te esfuerces o no. Esto no ocurre aquí.


¿Creéis posible retornar a España?

MT: No creo que pueda volver a corto plazo, y a veces lo veo como algo casi de ciencia-ficción. Tendría que haber un cambio de sistema, que llegara un gobierno que de verdad representara al pueblo, se preocupara por él y no robara como otros lo han estado haciendo. Para ello quizá tengan que pasar varias generaciones. Pero a mí sí me gustaría retornar a España. Hace poco fuimos a Menorca en vacaciones y, al llegar, mi hija de cinco años dijo que su verdadera casa estaba allí, y no en Montpellier. A mí se me partió el alma. En España tenemos muchas cosas importantes, pero estamos desprotegidos por la administración. Aquí en Francia recibimos ayudas aunque sea por tener una hija. Sólo son unos euros al mes, pero el día que me dijeron que el estado me ayudaría casi lloro de la emoción.

sábado, 10 de octubre de 2015

"El emigrante que nunca se rindió", artículo publicado hoy en Eldiario.es


    Foto por Pablo Molanes

En la obra de teatro “El pasaporte”, estrenada por primera vez en Toulouse, Francia, en el año 1966, el escritor, albañil y entonces emigrante valenciano Juan Mateu, criticaba con humor la indiferencia que muchos de sus compatriotas emigrados al país galo en la década de los sesenta sentían por la dictadura franquista, la cual no sólo los reprimía y los sumía en la miseria y en la ignorancia, sino que, además, los forzaba a marcharse al extranjero para poder aspirar a una vida digna. Y es que, a diferencia de la anterior generación de exiliados, muchos de los cuales habían luchado en el bando republicano durante la Guerra Civil y se encontraban muy politizados, buena parte de los emigrantes españoles de los años sesenta, según se desprende de la obra de Mateu, sólo se interesaban por “los partidos del Barça”, o por ganar “la tela suficiente para comprar un coche y volver triunfante al barrio”.

Cándido Salmerón fue uno de esos cientos de miles de españoles que emigraron a Francia durante los primeros años sesenta. Nacido en la entonces —y ahora otra vez— pobre ciudad de Cieza, en Murcia, llegó a los dieciséis años de edad a Montpellier con sus padres, que venían a trabajar en la agricultura y en el servicio doméstico. Aún sin que pudiera hablar una sola palabra de francés, al adolescente desarraigado que entonces era Cándido lo pusieron de aprendiz de ebanista, oficio que desempeñó hasta después de jubilarse, pues los domingos, para completar su exigua pensión, solía montar su puesto de venta de muebles restaurados en los mercados del jardín del Peyrou y de las localidades cercanas a Montpellier.

Yo a veces iba a visitarlo, y Cándido, siempre afable y generoso bajo los árboles centenarios de Languedoc, a la vez que atendía el puesto me contaba su difícil juventud en un país donde nunca había dejado de sentirse extranjero, las estrecheces en que vivían muchos emigrantes jubilados pese a haber trabajado duro a lo largo de varias décadas, o la tristeza que le invadía cuando volvía a Cieza, ciudad con la que ya tampoco podía identificarse, y donde le habían menospreciado por no regresar con ínfulas de triunfador cuando la bonanza económica convirtió de la noche a la mañana a sus paisanos en gente zafia y embrutecida por el dinero rápido.

Sin embargo, lo que más apasionaba a Cándido era la actividad política, entendida esta en el sentido más noble del término. Militante de base comunista, sindical y republicano desde muy joven, durante finales de los años sesenta y toda la década de los setenta, Cándido había recorrido la región del Languedoc-Roussillon informando a los emigrantes españoles —a menudo víctimas de un trato desigual— sobre sus derechos laborales. Los patrones de las viñas y de los edificios en construcción —solía contarme él con una sonrisa— lo recibían con cajas destempladas al verlo llegar en su furgoneta llena de pasquines reivindicativos, temerosos de que aquel individuo desestabilizador pudiera sembrar en los hasta entonces sumisos peones la semilla de la revolución. Y es que, por su afán de hacer pedagogía entre los trabajadores, Cándido quizá era uno de los obreros ideales con los que pudo soñar Karl Marx.

El trabajo duro y la intensa militancia política, recordaba Cándido con nostalgia, hicieron que los años de la gran emigración quedaran para él rápidamente atrás. Y a partir de la década de los ochenta los españoles dejaron de venir a Francia. Para entonces muchos emigrantes ya habían retornado a España, y buena parte de los que se quedaron en el país adoptivo se habían acomodado, abandonando toda actividad reivindicativa. Cándido se casó por aquella época y tuvo tres hijos, por lo que siguió viviendo en Montpellier. Pero aún veía injusticias sociales, y decidió no rendirse y continuar luchando contra ellas. Así que se afilió al Partido Comunista Francés y a la CGT y, más tarde, al Parti de Gauche.

Y en esto, treinta años después, llegó a Francia la nueva emigración española, con la que Cándido no fue menos receptivo. De hecho, se sentía especialmente comprometido con los jóvenes y las familias que veía aterrizar en Montpellier buscando el futuro que aún se les niega en España. A sus casi setenta años de edad y pese a su delicada salud, Cándido participaba en las manifestaciones y asambleas de Marea Granate e IU-Francia, homenajeaba a la Segunda República, ofrecía su furgoneta, su casa y su tiempo para repartir folletos, transportar activistas, hacer paellas con las que recaudar dinero… A mí solía llamarme o escribirme a mano proponiéndome ideas con un entusiasmo inusitado en alguien que recientemente había sufrido una operación a vida o muerte y que ya no podía resistir mucho tiempo de pie, y yo a menudo me sentía incapaz de seguir su ritmo de participación.

El lunes pasado Cándido murió de un infarto en plena calle de Montpellier. Me consuelo con pensar que la muerte le sobrevino mientras caminaba hacia alguna de las manifestaciones en las que solía participar, y que lo hizo llevando la bandera republicana española con cuyos ideales de libertad, justicia e igualdad siempre fue consecuente tanto en sus palabras como en sus acciones.