
Tengo una pistola es, sin duda, el libro más impactante y original que he leído en mucho tiempo. La singularidad de esta obra reside, en primer lugar, en los temas que aborda: psicología, genética y, sobre todo, la tecnología 2.0. Es cierto que ya se han escrito novelas centradas en la psicología de los personajes y que ahora comienzan a proliferar las que utilizan los últimos avances informáticos en el desarrollo de la trama (véase la serie Millennium o Muerte entre poetas, ésta última reseñada en este blog), pero que yo sepa muy pocas se han escrito que conviertan a la propia tecnología (y a la genética) en verdaderas protagonistas de la narración.
Así pues, el personaje principal de Tengo una pistola es un joven de veinticinco años, webmaster de páginas porno, que lleva diez años sin salir de casa. Este “hikkikomori”, por usar la palabra utilizada para describir estos casos extremos, vive solo, pasa la mayor parte del día descargando películas y música que —él mismo lo reconoce— nunca llegará a ver u oír, duerme abrazado a su ratón óptico y únicamente se comunica con el mundo a través de Internet, a excepción del psicólogo que acude a su casa e intenta sin éxito hacerle salir. Atrincherado en su apartamento, se hace traer la comida a casa y, para no hablar ni ver al repartidor, emplea una grabadora para dar a conocer su lista de la compra. En los chats que frecuenta (gran parte de la obra se desarrolla en forma de chat) se apoda “Cascaradenuez”, seudónimo que mantiene a lo largo de toda la obra y que remite a los famosos versos del parlamento hamletiano: “podría encerrarme en una cáscara de nuez y sentirme rey del espacio infinito”. Curiosamente, cuatrocientos años después de la obra de Shakespeare, el protagonista de esta novela se encierra en su ordenador personal y se siente rey de ese espacio infinito, virtual y real al mismo tiempo que representa Internet.
El embrión de la obra es el relato del mismo título con el que Rubio ganó el certamen universitario nacional Booket 2007, certamen en el que yo mismo fui finalista con una historia titulada “El regreso” (ambos relatos aparecieron en el volumen "Tiempo de relatos", publicado por Booket. Dos años después, Enrique Rubio ha desarrollado al máximo el potencial que contenía aquel cuento, creando un universo coherente, personal y poético durante las cuatrocientas páginas del volumen. No obstante, el escritor madrileño Lorenzo Silva, a la sazón miembro del jurado del premio, dice en el prólogo a la novela: “Nos encontramos ante un escritor con un mundo, una mirada y una voz propios. Su mundo es, por derecho de nacimiento y también de conquista, el de este complejo y perplejo siglo XXI.”

Como decíamos antes, la genética es otro de los pilares fundamentales de la obra. La visión que de la reproducción, el sexo y el amor tienen los personajes es extraordinariamente peculiar y no menos original que los aspectos mencionados con anterioridad. En este sentido destacan, por encima de la meritoria documentación científica realizada por el autor, la ciberrelación de Cascaradenuez con Aénima, el misterioso apóstol que recluta al protagonista en su cruzada contra Generatriz, el programa genético causante de la excitación sexual y la consiguiente reproducción humana; y, ya en la segunda parte, la historia amorosa de Cascaradenuez con la Cajera, que supone el contrapeso de humor y ternura al tono más apocalíptico y sombrío de la primera mitad. Tampoco podemos pasar por alto esa especie de religión o anti-religión creada por el ingenioso Aénima, con salmos y mandamientos incluidos en formato Word. Un apunte curioso: en los episodios de la conversión de Cascaradenuez en Elegido y en el planteamiento de la obra como una visión completa y particular del mundo, entre otros muchos aspectos,
Tengo una pistola recuerda a ciertos momentos de la fabulosa
Escuela de mandarines de Miguel Espinosa.
Precisamente el humor es otro de los rasgos más destacados de Tengo una pistola. Está presente en la mayoría de los capítulos y, sobre todo, en las conversaciones con el psicólogo, que, pese a su relativa brevedad, constituyen hilarantes y agudísimos mini-ensayos sobre aspectos muy diversos de la sociedad contemporánea. Algunos de estos diálogos (junto a las conversaciones por el chat con Aénima y Ciria) constituyen a mi juicio los puntos cimeros de la novela. De hecho, las reflexiones de Cascaradenuez —tan inteligentes como políticamente incorrectas— provocan la carcajada del lector a cada momento, lo mismo da que hablen de las psicopatologías tratadas por el psicólogo que de los gimnasios y los obsesos del culturismo. En este aspecto tampoco podríamos dejar de citar las constantes estadísticas (no sabemos si reales o inventadas, aunque esto poco importa) que Cascaradenuez inserta después de sus pensamientos, pues crean un contraste realmente desternillante.
Los elementos originales de Tengo una pistola no se agotan con lo anterior. La inserción de capítulos en los que el protagonista participa en un videojuego no solamente es algo novedoso, sino que además contribuye a crear esa atmósfera de virtualidad en la que desenvuelve la existencia de Cascaradenuez. En las sucesivas fases del videojuego el protagonista avanzará por las calles de un Nueva York poblado de zombies, se verá obligado a cumplir diversas misiones y tendrá extraños e inquietantes encuentros con antiguos profesores y compañeros de colegio. La alternancia de estos capítulos con la trama central producen una mayor agilidad en la lectura, a lo que también contribuye el estilo del libro, veloz y preciso como un click de ratón. En este apartado reside otro de los logros de la novela. Las metáforas tecnológicas y actuales son abundantes y el vocabulario es francamente rico, amén de los variados registros que presentan los frecuentes diálogos, casi todos ellos muy conseguidos.
En definitiva, Tengo una pistola es una novela rompedora que por su carácter innovador posiblemente encontrará reacciones contrarias en una parte de la crítica literaria (esperemos que no sea así). Con todo, la obra supone el paso al frente de un joven escritor que ha conseguido situarse de golpe a la vanguardia de la novela española, tanto en la forma como, y esto es todavía más difícil, en el fondo de su narración. Enrique Rubio ha arriesgado mucho al escribir la que es su primera novela (cosa que no parece, por otro lado), y que dentro de bien poco supondrá una enorme influencia para las nuevas generaciones de lectores, todos ellos nativos digitales.

Enrique Rubio Palazón nació en Murcia en 1978. Diplomado en Psicología, es un gran aficionado a la ciencia, la música y la literatura. Como escritor ha sido premiado en: el Certamen Creación Joven Ciudad de Almería (2005), el Certamen CreaJoven de Murcia de narrativa (2006), el IV Certamen Universitario de Relato Corto de Jóvenes Talentos de Booket (2007) y el Premio Injuve para la Creación Joven de narrativa (2008).