martes, 5 de abril de 2016

Nuestra traducción de Émile Zola ya tiene cubierta



Estas serán la cubierta y la contracubierta de la antología "Por una noche de amor (y otras historias)", que publicará la Editorial Funambulista en el mes de mayo. El libro contendrá cuatro novelas cortas de Émile Zola además del ensayo literario "Émile Zola, maestro de la novela breve", que hemos escrito a cuatro manos los traductores de los relatos que componen el libro, Rubén Pujante Corbalán y Gonzalo Gómez Montoro



sábado, 27 de febrero de 2016

"La dignidad de Fátima", artículo en revista "Gurb" y "La crónica"



Dice el proverbio que un árbol que cae hace más ruido que un bosque que crece. Esta metáfora ilustra un asunto candente en las sociedades occidentales como es la integración de los inmigrantes musulmanes: en el caso de Francia, que nos atañe en este artículo, los terroristas de París han eclipsado a los muchos ciudadanos que arraigan y prosperan en su tierra de acogida. La película recientemente estrenada "Fátima", de Philippe Faucon, aborda los problemas cotidianos de estos seres anónimos.

La protagonista de "Fátima" es una inmigrante argelina de cuarenta y cinco años que vive en Lyon. Fátima limpia oficinas por las noches y domicilios durante el día; está divorciada y apenas habla francés, lo que dificulta la comunicación con sus hijas Souad, de 15 años, y Nesrine, de 19. Ambas son su mayor orgullo, y quiere verlas progresar a través de la educación. Nesrine, buena estudiante de carácter responsable, cursa primero de Medicina; en cambio, Souad fracasa en el instituto y no acepta que su madre desconozca el idioma ni que «limpie la mierda de los demás». Tras un accidente laboral, y animada por su doctora, Fátima escribe en un diario lo que no puede expresar en francés. Su contenido es el hilo conductor de la película.


"Fátima" se basa en una realidad: es la adaptación cinematográfica de los poemarios "Prière à la lune" y "Enfin je peux marcher toute seule". Su autora, Fatima Elayoubi, es marroquí. Sin saber el idioma, emigró a Francia siguiendo a su marido a principios de los ochenta. Elayoubi ha trabajado en París como femme de ménage. Comenzó a escribir un diario en árabe en 2001, cuando convalecía de una caída causada por el agotamiento al que la sometía su empleo. Tras peregrinar por numerosos hospitales, donde no identificaban su dolencia, una doctora de Nanterre tradujo sus escritos al francés, y le encontró diagnóstico: «Las radiografías no revelan nada / pero su malestar es el de una madre que sufre / porque para alimentar a sus hijas / tan solo tiene su cuerpo herido», dicen unos versos de "Prière à la lune". La escritura sirvió de terapia a Elayoubi, que un día se plantó en un salón literario a presentar su manuscrito. Su editor cuenta que aquella misma tarde, mientras lo leía en el metro, decidió publicarlo.


Uno de los méritos de esta película es haber aparecido en el momento oportuno. Tras los atentados de 2015, la vida pública francesa está marcada por el auge de la extrema derecha, y por el fantasma del islamismo que se expande abonado por la miseria de los suburbios. Entre medias hay una ciudadanía desorientada, una izquierda política hundida, y unos medios de comunicación que extienden la sospecha sobre cualquier musulmán. En este contexto, "Fátima" opta por no dar la razón a nadie: pese al racismo y las desigualdades del país, parece decirnos la cinta, una familia inmigrante puede vivir dignamente gracias a su esfuerzo, pero esto implica también la liberación de ciertas costumbres.


Y es que "Fátima" es precisamente una historia de dignidad. La de una mujer que no se avergüenza de limpiar lo que ensucian los demás, porque lo considera un trabajo necesario «al que dedica nueve horas al día / como un artesano que persigue / la elegancia en todo lo que hace», y porque este empleo permitirá que sus hijas tengan una vida mejor. La película es también un homenaje a todas las Fátimas que se levantan de madrugada para limpiar casas, el metro, las calles y los altos edificios de cristal, y sin las cuales muchas familias «no pueden ir a trabajar / ni construir su futuro / ni cuidar a sus hijos / ni ganar dinero / ni comprar perfumes / ni bellas ropas». 


De forma discreta, tanto que casi no se percibe, la cinta es políticamente incorrecta. En un debate polarizado como es el de la integración de los refugiados e inmigrantes musulmanes, donde uno fácilmente cae en el racismo o es tachado de islamófobo, Faucon huye de los tópicos, y propone una valiente solución ilustrada: igual que no le abate la discriminación social, Fátima distingue creencias religiosas de simples resabios machistas, como cuando defiende a sus hijas ante las vecinas que las critican por salir a la calle sin el velo. Fátima decide además no perpetuar el patriarcado que ella misma ha sufrido («Fui educada como una persona / y con mi marido me he convertido en un animal»), y no induce a su hija Nasrine a tener pareja de una determinada fe.


En un panorama atestado de documentos sensacionalistas, a menudo concebidos para justificar tal o cual opinión, "Fátima" aparece como un rara avis de sencilla factura y delicada psicología que elude el naturalismo maniqueo de ese subgénero del cine galo que ya conforman las muchas películas existentes sobre las banlieues. La dignidad no se conquista con victimismo, resume Fátima con su actitud, sino con esfuerzo, osadía y tesón. 

sábado, 6 de febrero de 2016

"La vida tal cual es", artículo sobre las memorias de Maryse Condé en la "Revista Gurb"

La escritora Maryse Condé, una de las grandes voces francófonas. Foto: Jacquie G. Monda

Algunos de los mejores recuerdos de mi etapa universitaria pertenecen a las clases de literatura caribeña en lengua inglesa de la profesora Catherine Staveley. Gracias a esta asignatura optativa y minoritaria, impartida a las dos de la tarde, descubrí a narradores y poetas como V.S. Naipaul y Derek Walcott, que desde entonces pasarían a estar entre mis escritores favoritos.
Además de desvelarme estos autores, las clases de Miss Staveley ampliaron mi conocimiento de la cultura caribeña, hasta entonces limitado a algunas referencias literarias, cinematográficas y musicales, casi todas en español. En mi ignorancia, el Caribe me parecía el único espacio plurilingüe donde el castellano se imponía al inglés, y pensaba que las manifestaciones culturales del resto de la zona no iban más allá del reggae.
Aquejado de complejo de inferioridad hispanohablante, yo estimaba la supuesta hegemonía del español en el Caribe casi como algo digno de reivindicación, y aún después de leer a Walcott y a Naipaul, tontamente los seguía considerando inferiores a los hispanos, al tiempo que desconocía por completo a los escritores antillanos en francés (hasta dos años más tarde no supe que Francia poseía en el Caribe las islas de Martinica y Guadalupe).
Tuve que esperar cinco años más —hasta mi segunda estancia en el país galo— para conocer mínimamente la literatura antillana francesa —en particular el movimiento de la Négritude— a través del Cahier du retour au pays natal del martiniqués Aimé Césaire. Por entonces —siguiendo con la literatura negra— también leí al combativo senegalés Léopold Sédar Senghor en la Antología de poesía africana contemporánea de Paco Torres Monreal, pero otros intereses se cruzaron en mi camino y pronto me olvidé de los escritores francófonos.
Mi curiosidad, apagada otros cinco años, se reavivó hace unos meses, cuando escuché en persona a una de las grandes voces francófonas: la guadalupiense Maryse Condé. Fue en uno de esos actos en que los autores hablan con naturalidad ante escaso público, en un ambiente propicio para el contacto con el lector. Actos de poca rentabilidad mediática pero más eficaces que los multitudinarios para crear tejido cultural.
En el encuentro, celebrado en un almacén restaurado junto a un canal de Sète, Maryse Condé narró magistralmente un cuento tradicional antillano. La curiosidad me hizo buscar sus libros esa misma tarde; en la médiathèque pública encontré La vie sans fards, que leí de inmediato.
En La vie sans fards Condé narra el periodo de su vida comprendido entre su llegada a París en los años cincuenta como una estudiante burguesa, afrancesada y desconocedora de la cultura criolla, hasta su primer encuentro en Senegal con el británico —y actualmente su marido y traductor— Richard Philcox. Entre medias —la mayor parte del texto— queda la peregrinación de la autora por cuatro países del África Occidental recién descolonizada.
Las memorias de Condé apasionan porque son un testimonio no edulcorado ni resentido de la dura vida en las nuevas naciones africanas, además de un retrato de líderes políticos más tarde convertidos en mitos de la descolonización, como el caboverdiano asesinado por la policía portuguesa Hamilcar Cabral (de quien hace un gran elogio), el guineano Sekou Touré o el ghaneano Kwame Nkrumah; pero, sobre todo, La vie sans fards entusiasma como relato de un ser excluido a su pesar de toda comunidad, y por ser la historia de una mujer negra que, buscando sus raíces en África, supera cualquier pertenencia para alcanzar la universalidad.
La experiencia africana de Condé es una sucesión de desengaños: desde su llegada al continente y la desagradable sensación que le produce el fuerte olor a cacahuetes de Dakar, hasta su expulsión de Ghana tras estar varios días detenida en un calabozo falsamente acusada de espionaje, pasando por la miseria diaria y un degradante parto en la Guinea socialista de Sekou Touré, o el racismo que ella —¡una militante de la negritud!— sufre de los nativos por su condición de extranjera, suponen la constatación dolorosa de que quizá los verdaderos ciudadanos del mundo son los que se sienten desarraigados en cualquier sitio.
La dureza de sus vivencias no impide sin embargo que Condé señale aspectos positivos: Guinea Conakry, el país más pobre que conoce, le enseña a no mirar la propia desgracia y a preocuparse por la de la mayoría de la gente. Por su parte, Hamilcar Cabral le muestra el peligro de mitificar el pasado: el África precolonial no era una edad dorada porque había esclavitud doméstica y sistema de castas, se oprimía a la mujer y se asesinaba a los gemelos y albinos. “El socialismo africano no tiene sentido porque aspira a eliminar las clases sociales, y la cultura africana tradicional funciona mediante desigualdades”, le dirá más tarde el escritor de Guyana Jan Carew.
Hacia el final de La vie sans fards se describe la relación de Condé con afroamericanos que se instalaron en Ghana y Benín durante el periodo postcolonial. Decían acudir a reencontrarse con sus “hermanos negros” pero se alojaban en barrios residenciales y trabajaban para la administración norteamericana sin mezclarse con los nativos más allá de contactos sexuales que rozaban la prostitución. Precisamente en Ghana descubre Condé que la négritude —comunión entre negros de África y América— solo es un “hermoso sueño” (“el color no importa”, dirá).
La vie sans fards es, también, la lección de vitalidad de una madre divorciada con cuatro hijos que supera todas las dificultades imaginables para iniciar su tardía vocación de escritora. Si la primera novela de Condé se tituló Esperando la felicidad, en este libro afirma: “siempre termina por llegar”. Lástima que aún no se haya traducido al español.
Para leer el texto en la "Revista Gurb", pincha AQUÍ

miércoles, 13 de enero de 2016

"Una aclaración", artículo publicado hoy en "La Crónica" sobre la supresión de mi entrevista a Cyrille Martin en Eldiario.es

El sábado 31 de octubre de 2015 asistí, durante el festival CineMed de Montpellier, a la proyección del documental “Un nouveau Dreyfus?”, en el que el cineasta francés Cyrille Martin critica los “errores” del juicio de los atentados del 11-M. En el filme, que ha supuesto años de investigación a su director, también se plantea la posibilidad de que Jamal Zougam —único condenado hoy en prisión por la autoría de las explosiones— hubiese sido inculpado por el hecho de ser musulmán, para así ocultar a los verdaderos responsables.

El documental, rodado con escasos medios por un director debutante, me sorprendió por su minuciosidad narrativa así como por los interrogantes que abrían los supuestos errores del juicio. De modo que estimé pertinente entrevistar a Cyrille Martin sobre su trabajo; en las dos semanas siguientes a la proyección me encontré con él e intercambiamos varios correos. Quiero aclarar que en ningún momento intenté alentar teorías de la conspiración sobre los atentados del 11-M —cuyas víctimas merecen el mayor respeto—, sino informar del estreno en Francia de un documental de interés para el público español.

Como sabemos, el viernes 13 de noviembre de 2015, justo dos semanas después de la proyección de “Un nouveau Dreyfus?”, Francia sufrió el mayor atentado terrorista de su historia reciente. Un ataque que, como las explosiones de los trenes de Madrid, causó más de cien fallecidos y numerosos heridos. La entrevista a Martin —por una fatal coincidencia— quedó terminada el jueves 12, víspera de los atentados de París, y el domingo 15 la envié a los medios con los que solía colaborar.

El texto apareció el lunes 16 de noviembre en los diarios digitales Público y La crónica, y se mantuvo en las portadas y redes sociales de ambos durante todo el día. Según me dijeron desde uno de estos medios, la entrevista fue leída por unas 8.000 personas, algunas de las cuales escribieron comentarios al respecto que aún se pueden encontrar en la web de “La crónica”, y sin que su publicación tuviera mayor trascendencia.

También ofrecí la entrevista a la edición murciana de Eldiario.es, que la rechazó, y a la edición manchega del medio, que sí la publicó el 16 de noviembre en el apartado de “Cultura”. Sin embargo, la reacción posterior de este periódico no fue la habitual.

De hecho, el sábado 21 de noviembre vi que la entrevista ya no estaba a disposición de los lectores, y que, en su lugar, aparecía un mensaje de “Error”. Extrañado, pregunté a la sección manchega del diario —la única además de la murciana con la que tenía contacto— por lo ocurrido, y entonces supe que la edición nacional “había decidido retirarla” y que la manchega “había olvidado comunicármelo”.

Ese mismo día la edición nacional de Eldiario.es publicó un editorial de Íñigo Sáenz de Ugarte —que encontré por azar— que explicaba la decisión del medio de suprimir la entrevista. Ugarte sustraía así a los lectores la posibilidad de juzgar por sí mismos las declaraciones de Martin, y, en vez de desmarcar al medio de las opiniones del entrevistado, o de refutarlas (lo que, a juzgar por sus palabras, le habría sido muy fácil) manteniendo el texto en la web, calificaba ofensivamente el documental de “estupidez”.

Las reacciones, lógicamente, fueron rápidas. Medios como Libertad Digital, Elespañol.com o Esradio (a los que yo no contacté), airearon la supresión de la entrevista y criticaron por ello al director de Eldiario.es. Entonces vi con estupor que mi trabajo se utilizaba como arma arrojadiza entre grupos editoriales enfrentados. No en vano, el 24 de noviembre aparecía otro editorial en Eldiario.es, esta vez firmado por Ignacio Escolar, en el que se volvía a criticar las opiniones de Martin y se arremetía contra periodistas de los medios antes mencionados.

Durante el cruce de ataques, que observé como testigo mudo, me despedí como colaborador de la sección manchega de Eldiario.es: no podía aceptar que desde Madrid suprimieran la entrevista sin enviarme siquiera un correo de explicación. Como colaborador asiduo de esta edición regional desde su nacimiento en enero de 2014 (y socio económico de la nacional durante un tiempo), creía merecer otro trato.

De hecho, a lo largo de dos años había enviado desde Francia más de veinte crónicas, artículos, reportajes, entrevistas y chistes gráficos (algunas de estas colaboraciones tuvieron miles de visitas y fueron las más leídas del día en la sección manchega), y eso que mandaba material sin recibir un solo euro pese a que al inicio de Eldiario.es de La Mancha se dijo que pagarían cada contribución (aún hoy sigo sin haber cobrado nada).

Sin embargo, lo más decepcionante fue no poder opinar sobre lo ocurrido. Después de despedirme pedí dos veces a la edición manchega la dirección de alguien de la nacional para, en calidad de aludido, expresar mi descontento, pero sólo recibí silencio como respuesta. Inmediatamente se retiró del medio mi ficha de colaborador, y tampoco pude comentar el artículo del 26 de noviembre de Gonzalo Boyé, titulado “El Dreyfus de Jamal Zougam miente”, en el que se vuelven a denostar las declaraciones de Martin.

Pese a lo ocurrido, sigo siendo un firme defensor de la prensa independiente digital, y continuaré apoyando a algunos de los medios alternativos que se han creado en estos últimos años, los cuales están haciendo un gran trabajo de renovación del periodismo en España. Aunque mi experiencia demuestra que las prácticas caducas también pueden darse en los nuevos diarios. No debemos olvidar que los Derechos Humanos y la justicia social se defienden con nuestras acciones concretas, y no sólo con palabras.

Para leer el artículo en "La Crónica", pincha AQUÍ

lunes, 16 de noviembre de 2015

Entrevista al cineasta francés Cyrille Martin en "El diario.es"

“Jamal Zougam es el chivo expiatorio de los atentados de Madrid”

El cineasta francés Cyrille Martin (Drôme, 1982) es el realizador del documental “Un nouveau Dreyfus?” sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid

El autor, cuyo trabajo le ha llevado varios años, se muestra crítico con las “chapuzas” del juicio sobre los atentados del 11-M en la Audiencia Nacional y con el papel de los medios de comunicación.

Cyrille Martin foto por Irene Ortega
Cyrille Martin. Foto de Irene Ortega

¿Cuándo y por qué empezaste a investigar sobre los atentados del 11-M en Madrid?

Desde hace tiempo quería hacer algo que mostrara la manipulación de los medios de comunicación dominantes. La primera vez que vi un caso de manipulación de la opinión pública fue en 2002, cuando los medios hablaban de la guerrilla marxista de las FARC, que había secuestrado a Ingrid Betancourt. Los medios ocultaban por completo el contexto de Colombia. Y por Le Monde Diplomatique, medio que se puede calificar de alternativo, supe que el 70% de los asesinatos atribuidos a las FARC en realidad los cometían las milicias a sueldo de la patronal a las que se oponían las FARC. Más tarde, en 2007, di con los artículos que El Mundo dedicó al juicio del 11-M. La manipulación en este asunto fue flagrante, pero desgraciadamente surtió efecto. Este caso me parecía especialmente grave porque el terrorismo influye mucho en nuestra opinión política. No solo en el país afectado por los atentados sino también en los países vecinos.

Has rodado y escrito el documental en calidad de “francotirador”, es decir, sin apoyo privado ni de instituciones públicas. ¿Cómo ha sido el proceso de rodaje? 

Mi documental es un film de montaje: su principal contenido son imágenes de vídeo, archivos ya existentes, fragmentos de telediarios, grabaciones de vídeo del juicio, además de algunas entrevistas aparecidas en los medios. He añadido secuencias que rodé yo mismo para darle un hilo conductor al documental. También he dibujado un esquema de la investigación para ayudar al espectador a orientarse entre las fuentes citadas. Para tener libertad he optado por no solicitar apoyo público ni privado y, como he trabajado prácticamente a solas, he tardado varios años en concluir el proyecto. Me gusta definirme como francotirador, término que en nuestro imaginario colectivo evoca el movimiento de resistencia comunista de los francotiradores y partisanos (FTP) durante la Segunda Guerra Mundial.

Tu documental muestra numerosas “chapuzas” en el juicio de los atentados. ¿Cómo es posible que la opinión pública española no se haya fijado en estos errores? 

Es muy sencillo: fuera de España no se ha informado del desarrollo del juicio. Yo tardé tiempo en comprender lo que había pasado en España, porque está relacionado con la configuración política particular de vuestro país. En el momento del juicio los periodistas más críticos con la investigación judicial eran gente como Luis del Pino, cuyas investigaciones eran irreprochables, pero que después afirmó que los verdaderos autores del atentado eran el partido socialista para ganar las elecciones tres días después del atentado, o que habían ayudado a ETA a hacerlo. Esta conclusión les desautorizó a ojos de una gran parte de los españoles, que desde entonces no se molestaron en mirar la mejor parte del trabajo de Luis del Pino: sus objeciones a la investigación judicial. Es una lástima que la derecha española más dura haya sido la más crítica con el juicio de los atentados, porque antes del juicio de 2007 no era así. De este modo olvidamos el excelente trabajo de Fernando Múgica, periodista de El Mundo, que no comparte las conclusiones de Luis del Pino.

 Esquema documental Un nouveau Dreyfus?

Jamal Zougam es el único superviviente del comando que supuestamente cometió los atentados. ¿Zougam fue el chivo expiatorio de los atentados? 

Sí, claramente, es un chivo expiatorio porque cualquier persona en sus cabales lo habría declarado inocente: hemos visto que durante todo el juicio no había absolutamente ninguna prueba que pudiera inculparlo. Sus huellas, de las que tanto hablaron los medios, fueron un invento. Los dos testigos que afirmaron haberlo visto en los trenes declararon demasiado tarde: ¡tres semanas y un año después de los hechos! Por tanto, no son fiables. La bomba que se encontró intacta (para la cual Zougam habría utilizado estúpidamente una tarjeta SIM de su tienda) apareció como por encanto en una comisaría, y el jefe de los artificieros TEDAX aseguró que la bomba no podía haber estado en los trenes porque estos habían sido registrados cuatro veces, y no quiero continuar… La decisión del juez de condenarlo se explica por la necesidad de cerrar el caso para así evitar que surgieran más preguntas molestas. He titulado el documental “Un nouveau Dreyfus? (¿Un nuevo Dreyfus?)”, para insistir en el destino del pobre Jamal Zougam, que está en prisión en condiciones muy duras desde hace once años. Hago referencia al caso Dreyfus, en el que un militar francés judío se comió el marrón en un caso de espionaje de Alemania a Francia a finales del siglo XIX. La comparación me parece apropiada porque Dreyfus y Zougam fueron escogidos como chivos expiatorios por sus pertenencias étnicas y religiosas, que correspondían a los clichés racistas de sus respectivas épocas. En el siglo XIX se pensaba que los judíos eran potenciales traidores; hoy se piensa que los musulmanes son terroristas en potencia.

¿Las instituciones judiciales, políticas y públicas te han puesto obstáculos durante la investigación y el rodaje del documental? 

No, ninguna. A Gandhi le atribuyen esta cita: “Primero te ignoran y luego se burlan de ti. Después te combaten y al final los vences”. Puede que el camino aún sea largo.

En el documental, el profesor suizo Daniele Ganser sugiere la posibilidad de la intervención de los “ejércitos secretos” de la OTAN en los atentados. 

Algunos datos mencionados en el documental sugieren esta posibilidad, que, por supuesto, no es una afirmación mía. Yo no soy ni policía ni juez de instrucción. Pero ya que hablamos tanto de la libertad de expresión, deberían permitir que se hablara de esta hipótesis. La existencia de estos ejércitos secretos es poco conocida en España y en Francia, pero no en Alemania, ni en Bélgica, ni, sobre todo, en Italia. Estos países sufrieron los años de plomo, y los jueces que investigaron los atentados terroristas acaecidos durante la Guerra Fría apuntaron varias veces a estas estructuras clandestinas de la OTAN, llamadas “Gladio”. Creados en origen para combatir una posible invasión soviética en Europa, que finalmente no se produjo, estos ejércitos clandestinos habrían puesto en marcha una estrategia de la tensión. Es decir, habrían fomentado más o menos directamente el terrorismo para asustar a la población e inocular en ella un sentimiento de rechazo hacia los movimientos izquierdistas, que fueron acusados de ser los autores de los atentados. En televisión se han difundido varios documentales sobre este asunto, como “El Ejército Secreto de la OTAN”. Alfredo Grimaldos también les dedica un capítulo en su libro “La CIA en España”. Los movimientos izquierdistas han perdido la influencia que tenían en los años setenta, y ahora, determinados poderes quieren fomentar la hostilidad hacia la población musulmana, así como hacia los gobiernos de los países de Oriente Medio, a los que se ha acusado de apoyar el terrorismo, como ocurrió con Sadam Hussein. Tampoco hay que olvidar les révélations de Wesley Clark: la administración Bush había previsto atacar seis países más después de Irak.

¿Cuándo podremos ver el documental en España? 

Espero que sea lo antes posible. Ahora estoy trabajando en la versión española. Después buscaremos los canales de difusión apropiados para el documental. Creo que debería interesar al movimiento español anti-OTAN, que es mucho más fuerte que en Francia, donde no hay bases militares americanas desde 1967 por decisión de Charles de Gaulle.

¿Tienes otros proyectos de documental en perspectiva? 

Por ahora solo tengo ideas sin concretar. Por ejemplo, y continuando con el tema de la manipulación de la opinión pública, sería interesante mostrar una estrategia vieja como el sol y que los medios utilizan con mucha frecuencia: divide y vencerás. Esto, en cierto modo, es lo que pasó con el 11-M: los periodistas que pusieron en evidencia las contradicciones de la investigación de los atentados sufrieron el rechazo de gran parte de la población, que les asimilaba a un sector político opuesto sin advertir la parte de análisis crítico del juicio de su discurso.