lunes, 18 de marzo de 2019

Presentación de "Historia de una tienda", de Amy Levy, en Murcia y Cartagena




El sábado 23 de marzo presentaremos en la librería Libros Traperos, de Murcia, a las 12:00, y en La Montaña Mágica, de Cartagena, a las 19:00, la novela Historia de una tienda, de Amy Levy. En los actos me acompañarán Anaís Toboso, editora de Chamán Ediciones, y el poeta Antonio Aguilar.

miércoles, 6 de marzo de 2019

"Amy Levy, feminista desconocida" (artículo en "Público")


La escritora Amy Levy
 
Es muy probable que quienes lean estas líneas no conozcan a Amy Levy (Clapham, 1861- Londres, 1889). Ese era mi caso hasta que, en primavera de 2016, hojeé un ejemplar de su primera novela, The Romance of a Shop, que incluía la necrológica que Oscar Wilde escribió sobre Levy: «una escritora deslumbrante e inteligente», así como el atractivo argumento de la obra: a finales del periodo victoriano, las hermanas Lorimer desafían al machismo y las convenciones sociales montando un negocio de fotografía en Londres.

Además, la biografía de Levy era tan interesante como el argumento de su novela. Segunda de siete hermanos, Amy Levy fue hija de un corredor de bolsa y de un ama de casa judíos, cursó enseñanza media en Brighton y, en vez de abandonar los estudios para casarse y tener hijos (lo que solían hacer las chicas de su entorno), aprendió lenguas clásicas y modernas en el Newnham College de la Universidad de Cambridge, donde fue la primera mujer estudiante. Levy pergeñó sus primeros textos a los trece años, publicó tres poemarios —Xantippe and other Verse (1881), A Minor Poet and Other Verse (1884) y A London Plane-Tree and other Verse (1889)—, escribió numerosos cuentos y artículos y tres novelas: The Romance of a Shop (1888), Reuben Sachs (1888) y Miss Meredith (1889).

Levy recorrió Europa trabajando como preceptora y acopiando experiencias en las que basaría sus creaciones (Miss Meredith es la historia de una institutriz inglesa en casa de unos aristócratas toscanos), y entabló amistad con intelectuales de la talla de Eleonor Marx, primera traductora al inglés de Madame Bovary (e hija de Karl Marx), Olive Schreiner, autora de la novela protofeminista Historia de una granja africana, y Vernon Lee, seudónimo de la escritora Violet Page, de quien Levy se enamoró en Florencia sin ser correspondida.

Levy y sus amigas compartían perfil de New Woman Writer, apelativo que George Gissing acuñó en Mujeres sin pareja (1893) y que se popularizó a finales del periodo victoriano, cuando empezó a cuestionarse la sociedad patriarcal y se desarrolló la lucha por la igualdad entre sexos en Inglaterra. Entre las New Women Writers había tanto mujeres de clase media como obreras, y todas compartían la aspiración de ser independientes, cultas y transgresoras.

La novela Historia de una tienda (traducción de The Romance of a Shop), que acaba de publicarse en España, es un retrato de las “nuevas” mujeres que sobrepasaban los límites del hogar para acceder a las universidades, los clubs y los negocios, espacios que hasta entonces les habían sido vedados. La novela muestra también el conflicto entre los viejos y los nuevos valores, así como las oportunidades que surgían para aquellas mujeres y los obstáculos que les imponían los sectores reticentes a aceptar las innovaciones que pondrían fin al siglo XIX.

Las hermanas Lorimer —como las Mujercitas de Louisa May Alcott, a quienes suele emparentarse con las protagonistas de Historia de una tienda— representan los arquetipos de la mujer nueva y la de valores tradicionales: Gertrude es escritora y promotora del negocio de fotografía junto con Lucy, la más pragmática de las Lorimer. Ambas encarnan a las New Women mientras que la bella Phyllis y Fanny poseen mentalidad conservadora.



El hecho de que las Lorimer sean fotógrafas tampoco es algo casual. Levy retrata la ciudad de Londres a través de los ojos de las hermanas. La fotografía era, además, una actividad en boga cuando escribió Historia de una tienda. La industria inglesa de la imagen se desarrolló a partir de 1880 gracias a los periódicos ilustrados, los retratos familiares y las carte de visite (fotografías sobre cartulina similares a las actuales tarjetas de presentación), cuya circulación era frecuente entre las clases medias. Por entonces ya había en Londres unos trescientos estudios de fotografía —disciplina que comenzaba a ser considerada como una de las bellas artes—, y las fotógrafas Clementina Hawarden y Julia Margaret Cameron gozaban de gran popularidad (esta última por sus retratos de mujeres burguesas e intelectuales, como el biólogo Charles Darwin, el poeta Alfred Tennyson y el historiador Thomas Carlyle). Capítulo aparte merece otra moda tardovictoriana presente en la novela, la fotografía post mortem: las imágenes de cadáveres aún frescos servían para guardar luto y recordar a los fallecidos.

Otro elemento importante de Historia de una tienda es el paisaje urbano. Las Lorimer abandonan la tranquilidad de Campden Hill, en las afueras de Londres, para mudarse al bullicioso barrio donde establecen su vivienda y su negocio («Gertrude nunca lamentó haber cambiado la relativa calma de Campden Hill por otras zonas con actividad urbana más intensa», leemos en el cuarto capítulo). Paseante inveterada, Gertrude osa montar sola en transporte público (algo reprobable si a la mujer no la acompañaba un hombre), recorrer las calles y visitar exposiciones de arte, así como el Museo Británico para recibir clases de fotografía.

El ambiente artístico londinense también está presente, pues, en la novela. Gracias al éxito de su estudio de fotografía, las Lorimer acceden al mundo de «la clase media ilustrada londinense, que era más variado e interesante que el suyo y quizá se acercaba como ningún otro a esa sociedad de individuos escogidos que Gertrude consideraba la ideal». Aunque ese entorno deslumbrante tiene su lado oscuro en el personaje de Sidney Darrell, arrogante pintor cuya avidez de reconocimiento finamente descrita revela la capacidad de observación psicológica de Levy.

Todos estos méritos no impidieron que Historia de una tienda fuera acogida con tibieza. Si bien Oscar Wilde celebró su publicación, otros críticos censuraron el “convencionalismo” del final de la novela, que pronto cayó en el olvido. Sin embargo, toda la obra de Amy Levy actualmente se revaloriza en congresos y en artículos donde se la considera precursora del Modernism, movimiento literario al que pertenecen novelas fundamentales de la literatura occidental, como La señora Dalloway (1925), de Virginia Woolf.

Además de ser el primer texto en prosa de Amy Levy traducido al español, Historia de una tienda invita a los lectores hispanohablantes a adentrarse en la breve pero compleja obra de una escritora que, de no haber muerto a tan temprana edad (se suicidó en 1889, a los veintisiete años, poco antes de su última publicación, Miss Meredith), probablemente figuraría entre los grandes nombres de la literatura inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX.


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jueves, 28 de febrero de 2019

Josette Audin y los "justos" de Argelia (artículo publicado en CTXT)

Maurice Audin y Josette Audin

El sábado 2 de febrero, a los 87 años, falleció en París Josette Audin, la anciana de blancos cabellos, frágil aspecto y tierna mirada que saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, reconoció la responsabilidad del Estado en la tortura y el asesinato de su marido, Maurice Audin, en la guerra de Argelia, y le pidió perdón en persona.

Josette Audin había exigido justicia a todos los presidentes de Francia desde que a su marido lo detuvieron paracaidistas franceses el 11 de junio de 1957, en la batalla de Argel, y nunca más supo de él. Maurice tenía veinticinco años; era profesor universitario, militante comunista y anticolonialista y padre de tres hijos. Según Pierre Vidal-Naquet (autor del informe L’affaire Audin, que destapó el caso en 1958), los paracaidistas, sospechando que Maurice ayudaba a la guerrilla independentista FLN, lo torturaron para sonsacarle información y lo ejecutaron.

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domingo, 1 de julio de 2018

"Rimbaud, Joyce y los horrores de Hassan II" (artículo sobre "La punition", de Tahar Ben Jelloun, en Revista Gurb)

Tahar Ben Jelloun. Foto: Morocco World News

La punition —último libro del francomarroquí Tahar Ben Jelloun, recientemente publicado en Francia— arranca evocando el día 23 de marzo de 1965: Ben Jelloun tiene veinte años, estudia Filosofía en Rabat y se manifiesta pacíficamente contra un decreto aprobado por el gobierno de Hassan II, que reprime la protesta. Muchos manifestantes mueren durante las cargas policiales. Ben Jelloun logra escapar, y poco tiempo después asiste a una reunión estudiantil. Los guardias irrumpen e identifican a los presentes sin mayores consecuencias, hasta que, en julio del año siguiente, es convocado para realizar un «servicio militar» en el remoto cuartel de El Hayeb.

 Sabiendo que le aguarda un castigo —una temporada de «reeducación»—, o incluso un intento de aniquilarle —ya se han cometido asesinatos selectivos de líderes estudiantiles y el principal opositor al régimen, Mehdi Ben Barka, ha sido secuestrado y torturado hasta la muerte en París por los secuaces del temible general Oukfir—, las duras penas impuestas por deserción lo incitan a obedecer.

En enero de 1967, tras un agotador viaje en tren, Ben Jelloun llega al cuartel, que los «reclutas» transforman en prisión tras ser obligados a acarrear durante kilómetros, y bajo un sol de plomo, piedras de treinta kilos con las que erigen una muralla. Además de estar hacinados son implacablemente castigados si osan abandonar el recinto; no disfrutan de ninguna clase de permiso y su rutina diaria —repleta de maniobras extenuantes— es controlada hasta el menor detalle por los crueles subordinados, que odian a los estudiantes por el mero hecho de poseer formación académica. Cualquier falta —a menudo provocadas por los propios mandos— se castiga con palizas y largos encierros en celdas completamente oscuras, llenas de ratas. La alimentación es tan escasa como repugnante.

El comandante Ababou, responsable del cuartel, es la brutalidad en persona, un militar sediento de gloria y, por tanto, una «bomba de relojería». Ababou obliga a los estudiantes a permanecer de pie sin ropa durante horas a temperaturas bajo cero y los golpea salvajemente cuando se desploman; ordena enterrar vivo hasta el cuello y cara al sol a un joven que le desobedece y que muere bajo el peso de las piedras que le posa sobre el pecho; también tortura y viola a internos y promueve la delación entre ellos.

La atmósfera del cuartel es asfixiante; la corrupción, omnipresente. Los internos enferman; algunos enloquecen; los propios guardias maldicen a sus mandos en garabatos escritos en las paredes de las letrinas. Para evadirse, Ben Jelloun recita de memoria a Rimbaud, canta canciones de Leo Ferré, rememora escenas de Chaplin y escribe sus primeros versos evocando a su novia Zayna, a quien ya imagina saliendo con otro hombre al no haber podido contactarla desde su ingreso en el cuartel.

Escribiendo resiste al autoritarismo, a la deshumanización y al mal que encarnan Ababou y su segundo de a bordo, el psicópata Aqqa, quienes, pretextando una práctica de tiro, organizan una batalla con munición real donde mueren varios estudiantes, aunque su verdadero objetivo sea fingir una batalla en el desierto contra el ejército argelino para poder asesinar impunemente a todos los reclutas, plan maquiavélicamente perfecto: los jóvenes «voluntarios» caerían como héroes defendiendo al rey y a la patria.

Tras sobrevivir a la encerrona, Ben Jelloun pide por carta que le envíen el libro más grueso posible, cuya lectura pueda durar hasta el fin de su reclusión. Ulysses de Joyce será su tabla de salvación hasta que salga en enero de 1968; pero antes Ababou le citará premonitoriamente para pedirle lecciones sobre teoría política, y en mayo de 1971 le convocará para regresar a El Hajeb. Entonces, Ben Jelloun ya es licenciado en Filosofía, trabaja como profesor en Casablanca y, pese a no sentirse amenazado por lo sucedido en 1965, acude al examen médico requerido —allí Ababou le anuncia enigmáticamente que ha preparado «una sorpresa»—, pero Jelloun tramita su exilio a Francia y no acude al cuartel.

Efectivamente, el 10 de julio de 1971 el general Mohammed Madbuh, el coronel Ababou y el comandante Aqqa junto a mil cuatrocientos reclutas forzosos —muchos de ellos encerrados en 1966 con Ben Jelloun y obedientes al último llamado de Ababou— rodean y asaltan la residencia de verano de Hassan II, que en ese momento celebra su cuadragésimo segundo cumpleaños en una fiesta a la que asisten políticos, artistas y diplomáticos, que son ametrallados a bocajarro. La sangre inunda los jardines, el bufé, la piscina, pero el rey se salva refugiándose en los aseos.

Los golpistas declaran la toma del poder en televisión: la monarquía corrupta ha sido aniquilada; el pueblo, liberado. ¡Es la revolución! Pero los militares leales contraatacan y el golpe fracasa. Ababou y sus secuaces son ejecutados y los cómplices que no corren igual suerte reciben durísimas condenas. ¿Era esta «la sorpresa» de Ababou? ¿Qué le habría ocurrido a Ben Jelloun si hubiera obedecido a la convocatoria o si hubieran ordenado el golpe mientras él estaba en El Hajeb? La dictadura más sanguinaria habría triunfado y los objetores habrían sido aniquilados.

Ben Jelloun ha necesitado cincuenta años para escribir este centenar y medio de páginas que engrosa la lista de testimonios de militantes políticos torturados y forzosamente recluidos por su activismo, subgénero especialmente rico de la literatura francófona. Hermanado por su estilo directo y sobrio con el ya clásico La question, de Henri Alleg, y con el menos conocido Un été en enfer, de HG Esmeralda —ambas obras denuncian las torturas de militares franceses a partidarios anticolonialistas en la guerra de Argelia—, La punition es, asimismo, un estremecedor relato sobre la pérdida de la inocencia juvenil, las consecuencias del autoritarismo y la privación de libertad. Ojalá tarde mucho menos en ser traducido al español.


La punition. Gallimard. París: 2018
160 páginas. 16 euros.

jueves, 29 de marzo de 2018

"Pagar por trabajar en Holanda", artículo escrito con Eduardo Velázquez y Cristian Bailén en CTXT

Waalwijk, al sur de Holanda, es una ciudad donde se han registrado casos de explotación laboral a españoles

Desde hace años, colectivos como Marea Granate, las Oficinas Precarias y, más recientemente, Izquierda Unida Exterior, venimos denunciando que la emigración de más de un millón de personas de nacionalidad española desde el comienzo de la crisis económica es un fenómeno demasiado amplio como para poder ser descrito como una fuga de cerebros: jóvenes con alta cualificación y sin cargas familiares, que disfrutan de estupendos contratos en prestigiosas universidades, empresas y centros de investigación del extranjero. Aunque este sea el tópico sobre la emigración española difundido por muchos medios de comunicación y el que más ha calado en la opinión pública, la realidad —y los datos recientes lo confirman— es bien diferente.

Ni espíritu aventurero ni amplitud de miras. La emigración es sobre todo una cuestión de necesidad, y la crisis económica ha obligado a hacer las maletas a personas de todas las edades y niveles formativos. Ello incluye, por ejemplo, a familias cuyos miembros no cuentan con formación superior ni conocimiento del idioma del país de destino, a personas de más de cuarenta o cincuenta años, y a inmigrantes que llegaron a nuestro país en los primeros años de la burbuja inmobiliaria, consiguieron la nacionalidad, y luego, tras quedarse sin trabajo, emigraron a otro país.

La realidad de la emigración es muy compleja y diversa, y al seguir tratando de encajarla en el tópico de los doctores, arquitectos e ingenieros a los que su país les niega el futuro (que también los hay, evidentemente), estamos consolidando una visión bastante reduccionista. Y francamente clasista, por cierto. Cualquier persona residente en las ciudades donde se ha instalado la diáspora española, puede encontrarse compatriotas casi hasta en la sopa. Hay españoles y españolas haciendo camas en hoteles, trabajando en cafeterías y restaurantes, en hospitales, en el cuidado de niños y ancianos, en la construcción y en los servicios de limpieza de centros comerciales y estaciones ferroviarias.

Por increíble que parezca a quienes son ajenos a esta realidad, muchas de las personas de nacionalidad española que viven en el exterior se encuentran en una situación económica difícil, lo que choca frontalmente con las expectativas que tenían al emigrar. Este hecho, unido a la vulnerabilidad que genera el vivir en un país diferente, el posible desconocimiento del idioma de destino, de las leyes y de ciertos códigos de conducta, produce el caldo de cultivo perfecto para la explotación laboral.

Los casos de abusos son ya numerosos. A los españoles de origen sudamericano explotados en fincas agrícolas del sur de Francia, a las au pair «esclavas de familias» en Inglaterra, a las enfermeras en Berlín, y a los trabajadores de Amazon en Alemania, por citar algunos casos mediáticos, se han sumado recientemente los trabajadores del sector de la logística en el sur de Holanda. Estas personas aceptan ofertas de empresas de trabajo temporal (ETTs) —algunas de ellas subvencionadas por la UE— que se anuncian en portales de empleo como EURES, o en sus propias páginas web, para contratar a españoles menores de treinta años y ajustarse así a los criterios de subvención. Las condiciones que proponen en cuanto a salario son atractivas y, los requisitos exigidos, mínimos: ser mayor de edad, tener título de Educación Primaria y un nivel básico de inglés. Además, las empresas financian el alojamiento y el transporte hasta el lugar de trabajo. Sin embargo, la realidad con la que las y los trabajadores se encuentran al llegar es muy diferente.

Paula Rivera, una de las afectadas, ya lo denunció públicamente en 2016: «Me encuentro en una casa pensada para ocho donde vivimos dieciséis personas y una familia de ratones, con un acondicionamiento precario y que, además, está pendiente de demolición». Rivera explicaba que al llegar a Holanda el contrato —que muchas veces estaba disponible solo en holandés— se renovaba semanalmente con condiciones distintas, sin previo aviso al trabajador. Asimismo, eran frecuentes los contratos de cero horas, en vigor en países como el Reino Unido y los Países Bajos, y según los cuales la empresa no garantizaba un mínimo de horas de trabajo a la semana, sino que era el propio trabajador quien ponía su tiempo —mañanas, tardes y noches— a disposición de aquella.

De esta forma, las horas trabajadas a menudo no bastan para generar una nómina razonable, e incluso pueden ser insuficientes para cubrir el coste del alojamiento y el transporte, lo que hace a los trabajadores incurrir en deudas con la empresa o nóminas negativas. Una situación llamativamente similar a la de los trabajadores agrícolas de California en los años 30 —magistralmente descrita por John Steinbeck en la novela Las uvas de la ira—, o a la de los empleados de las plantaciones de caucho de la Cuenca Amazónica durante la primera mitad del siglo XX, solo que en el corazón de Europa y en pleno siglo XXI.

El informe Trabajar en Holanda: El calvario de los trabajadores migrantes españoles expulsados por el paro o el infraempleo, elaborado por Pablo López Calle y publicado en 2017 por la Fundación 1º de Mayo de CCOO, señala que las ETTs llegan a cobrar hasta 92 euros semanales a los trabajadores por una cama en una habitación doble en un barracón y hasta 5 euros al día por el transporte al lugar de trabajo. Estas empresas también cargan a los trabajadores otras contraprestaciones como el seguro médico (unos 100 euros al mes), con lo que se produce una reducción aún mayor de las nóminas.

Estas injusticias no han pasado inadvertidas para la federación de IU Exterior, que nació hace poco menos de un año para —entre otras cosas— dar voz en las instituciones a las reivindicaciones de la emigración española. Durante los últimos meses hemos mantenido varias reuniones con algunas de las personas afectadas para conocer de primera mano su situación. Uno de estos trabajadores nos explicó que había empleados a quienes se les prestaba una bicicleta para recorrer los diez kilómetros que separaban los barracones donde estaban alojados de su lugar de trabajo, aunque nevase o lloviera.

También se denunciaba que el precontrato firmado en España acordaba un alquiler de 200 euros mensuales que resultó ser de 424; que ciertas empresas de seguridad vinculadas a las ETT realizaban inspecciones semanales de forma sorpresiva, y que incluso se habían dado casos de extorsión. A estas irregularidades se añadía que a algunos operarios se les obligaba a desplazarse hasta el lugar de trabajo sobrepasando el límite permitido de cinco ocupantes por automóvil. También hemos sabido que son frecuentes los seguimientos de los vehículos por GPS y las reducciones en la nómina si las paradas para hacer la compra semanal se exceden más de lo previsto.

Otro trabajador nos relató que las empresas suelen desplazar a los trabajadores de sus lugares de trabajo y de alojamiento para evitar agrupamientos entre compatriotas, y que las ETTs no informan a los trabajadores de que el domicilio que les facilitan en campings no va a permitirles censarse en los Países Bajos, lo que les ocasiona una enorme pérdida de derechos y les impide sindicarse, vulnerando con ello el convenio colectivo para trabajadores temporales de la Federación de Agencias de Empleo Privado (ABU según sus siglas en neerlandés).

Basándonos en estos testimonios, hace dos meses elaboramos una batería de preguntas al Gobierno acerca de su conocimiento del problema y de las soluciones que piensa adoptar. Las preguntas fueron registradas en sede parlamentaria por el diputado de IU Miguel Ángel Bustamante, adscrito al grupo Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea, y fueron respondidas hace unos días. El gobierno admite conocer el problema, y destaca la labor realizada por las Oficinas de Empleo y Seguridad Social de la Embajada y el Consulado de España en La Haya y Ámsterdam. Estas oficinas asesoran a los migrantes españoles sobre la legalidad de las condiciones de trabajo y alojamiento en estas empresas, y tramitan las posibles denuncias o quejas a las instituciones competentes holandesas. Sin embargo, el caso que nos ocupa demuestra que las situaciones de explotación laboral pueden resultarles inadvertidas, o quedar sin solución.

La respuesta del Gobierno es claramente autocomplaciente, y en ella se advierte incluso cierta aceptación respecto a algunas de las prácticas realizadas por las ETT, como la de imposibilitar que las personas que trabajan en ellas se den de alta como residentes. Y en IU Exterior, como no podría ser de otra manera, no estamos en absoluto satisfechos. No basta con admitir que se producen irregularidades; hay que aplicarse para erradicarlas.

Desde IU Exterior denunciamos enérgicamente la explotación laboral y la violación de derechos en las que incurren estas empresas, y emplazamos a los diferentes actores sociales y políticos del país a que tomen conciencia de la gravedad de la situación y empleen todos los medios a su alcance para solucionar el problema. Asimismo, reiteramos nuestro compromiso con quienes han sido —y son— víctimas de estos abusos, así como con el resto de la ciudadanía española en el exterior. Y es que mientras la mejora económica pregonada por el Gobierno no llegue realmente a la clase trabajadora, seguirá habiendo personas forzadas a emigrar otros países y en riesgo de sufrir explotación. Los casos antes mencionados son una buena prueba de ello.

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