lunes, 13 de octubre de 2014

"La mecha prenderá en Francia", artículo publicado en Eldiario.es y Elpajarito.es

 Violentos incidentes tras una manifestación de protesta por un derribo de Can Vies

Los agricultores que el pasado viernes 19 de septiembre incendiaron una oficina de impuestos en la Bretaña francesa, para protestar contra las subidas tributarias, han confirmado el tópico según el cual nuestros vecinos del norte son más contundentes que los españoles a la hora de sublevarse ante una injusticia.

Al día siguiente del incendio, el Primer Ministro francés, Manuel Valls, reprendió en televisión a los agricultores casi al tiempo que anunciaba nuevos recortes en su cruzada por rebajar el déficit. El objetivo es reducir 50 000 millones de euros de gasto público para cumplir con el máximo de deuda establecido por la Unión Europea.

Según Valls, el permiso de maternidad pasará de 36 a 18 meses y la prima por nacimiento decaerá sensiblemente a partir del segundo hijo. A esta mal llamada austeridad, pregonada en los medios como inevitable, se añaden recortes sigilosos en sanidad, educación y ciencia, que ya despiertan protestas entre los colectivos afectados.

A los españoles residentes en Francia no nos sorprenden estos recortes. De hecho, el parecido entre el gobierno galo y el español comienza a ser inquietante: ambos sancionan al sector público mientras protegen al especulador improductivo, permitiendo además el fraude fiscal a gran escala. Con los culpables de la recesión fuera de los focos, el inmigrante es considerado responsable del desastre. De ahí el irresistible ascenso del xenófobo Front National.

En este caos aparente hay, sin embargo, una lógica clara: tras Grecia, Portugal y España, Francia es la siguiente víctima en el proceso de saqueo del Estado del bienestar. La privatización de su sistema sanitario —considerado uno de los mejores del mundo— es un objetivo primordial para el capital financiero, por no hablar de tantos otros servicios públicos del “único país comunista que ha funcionado bien”, como alguien dijo en broma.

Lo que no miden los carroñeros bursátiles es la respuesta ciudadana —narcotizada con el consumismo, pero latente como la radioactividad— que podría despertarse si los franceses vieran seriamente amenazadas sus conquistas sociales. Por la importancia del país y su representatividad a nivel mundial, Francia debería ser el “No pasarán” de las políticas de la Troika, la línea roja donde cambie de paradigma el ultraliberalismo económico de la UE. No olvidemos la Revolución de 1789, la Comuna de París, mayo del 68, ni a los jóvenes marginados que en 2005 quemaron miles de automóviles en un estallido de cólera que hizo temblar el Elíseo de Sarkozy. Pero tampoco a los grupos antiislam que comienzan a formarse o a las pandillas ultraderechistas que recientemente asesinaron al activista Clément Meric.

Ese será el peligro de la rebelión que tarde o temprano habrá en Francia. Lo que muchos deseamos que sea un movimiento organizado, pacífico y eficiente, basado en los valores de la República, degeneraría en lo contrario de caer en manos de los xenófobos, y una nueva Toma de la Bastilla podría convertirse fácilmente en Noche de Cristales Rotos.

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lunes, 12 de mayo de 2014

"La importancia del fútbol", artículo publicado hoy en Eldiario.es

La noche del pasado martes 29 de abril, coincidiendo con el transcurso del Real Madrid-Bayern de Múnich, me encontraba caminando a solas por una ciudad de calles desiertas cuyos únicos signos de vida eran los televisores emitiendo el partido de fútbol que yo atisbaba a través de las ventanas, así como los bares atestados de gente mirando absorta una pantalla de plasma, y que cada cierto tiempo liberaba un alarido tan potente como una detonación. 

Esta paralización de toda actividad a causa de un partido de fútbol, este entusiasmo unánime por un mero evento deportivo, que debería ser excepcional en una sociedad supuestamente plural como la nuestra —y cuya variada oferta cultural se pregona a los cuatro vientos—, se ha ido convirtiendo sin embargo en algo cada vez más frecuente, y ya consideramos normal que un encuentro futbolístico congele la vida de todo un país como no podría hacerlo ningún otro acontecimiento.
La importancia excesiva que el fútbol tiene en la vida pública española ya viene de lejos, y se debe a una sobreexposición al espectáculo que no deja de aumentar desde hace décadas —cuando ya se utilizaba como narcótico, forjador de identidad nacional o válvula de escape de la represión—, hasta llegar a superar con creces, en la actualidad, los altos niveles alcanzados durante la dictadura franquista.
En los últimos veinte o treinta años el fútbol ha usurpado espacios antes ocupados por la cultura, el periodismo de investigación, el debate de ideas, y otras manifestaciones que fomentan el pensamiento y los valores cívicos. La televisión y la radio públicas han contribuido significativamente en este proceso de infantilización social, de cuyos riesgos ya avisó el filósofo Ortega y Gasset y, más recientemente, el escritor Mario Vargas Llosa.
La fanatización de los aficionados ha ido asimismo creciendo en paralelo, y las franjas de la sociedad hasta entonces situadas al margen del deporte rey han sido abducidas por esta versión moderna del “pan y circo”. El fútbol, como la muerte en el verso de Virgilio, ha llegado tanto a la choza de los pobres como al palacio de los ricos. Las diferencias ideológicas han desaparecido igualmente en este proceso alienante, y muchos intelectuales —algunos intentan justificar en el fútbol una belleza estética de dudosa legitimidad—, en lugar de combatir el embrutecimiento colectivo, han cedido ante su poder hipnótico. Pero quizá no haya nada tan representativo de este cambio sociológico como el experimentado por las mujeres, que han asimilado el universo futbolístico con la furia propia del converso.
Nunca en la historia de España se ha televisado tanto fútbol ni ha ocupado tanto espacio en los medios; por consiguiente, el negocio de su explotación nunca ha generado tantos ingresos como hoy. No deja de sorprenderme que los equipos muestren abiertamente su condición de empresas multinacionales, que los jugadores cambien de conjunto según les convenga, como simples mercenarios, y que, aun así, los seguidores continúen defendiendo con apasionamiento una camiseta. Fríamente observados, los triunfos de un club no deberían alegrarnos más que los buenos resultados en bolsa de una empresa.
El absurdo de la situación ha llegado al máximo en esta época de crisis económica. El fútbol profesional participa de la podredumbre que corroe todos los estratos de la sociedad española. Los sueldos desproporcionados, la evasión fiscal, las deudas pagadas con dinero público, o la indiferencia de los grandes clubes hacia la pobreza generalizada son escándalos que el aficionado en paro, precarizado y desahuciado acepta mientras celebra la victoria o maldice la derrota de su equipo. El fútbol, a diferencia de lo ocurrido con la clase financiera, política, sindical o eclesiástica, ha conseguido esquivar el desapego ciudadano, e incluso ha resultado fortalecido y reivindicado como elemento de evasión.
Precisamente esta visión del fútbol como vía de escape, bendecida por no pocos sectores del país, es la que debemos refutar los ciudadanos desde una perspectiva responsable. Una sociedad adulta en situación de emergencia no puede seguir recurriendo al espectáculo como forma de olvidar sus problemas, igual que un niño se oculta bajo la manta para no ver al fantasma. La enorme cantidad de tiempo y esfuerzo malgastada en el fútbol debería emplearse en buscar soluciones a nuestras dificultades. El día que eso se hiciera quizá comenzaríamos a superarlas.

miércoles, 19 de febrero de 2014

"El derecho a emigrar", artículo publicado hoy en El diario.es


La muerte de quince inmigrantes africanos ocurrida en aguas de Ceuta el pasado 6 de febrero y la reciente decisión del gobierno suizo de cerrar sus fronteras a los trabajadores croatas han coincidido en el tiempo con el septuagésimo quinto aniversario de la mayor emigración de la historia de España, un éxodo muy superior en número a los doscientos mil musulmanes y judíos expulsados del reino de Castilla en 1492. Me refiero a la Retirada, en la que cerca de quinientos mil republicanos españoles atravesaron los Pirineos al final de la Guerra Civil huyendo de las represalias franquistas.

Los conocedores de este episodio histórico, que aún es ignorado por muchos españoles (contrariamente a lo que ocurre en Francia, donde estos días se suceden los actos que recuerdan el acontecimiento, a diferencia del silencio reinante en nuestro país), poco más suelen saber al respecto que la mala acogida procurada por las autoridades galas, que recluyeron a los exiliados en campos de internamiento como el de Argelès-sur-Mer, Rivesaltes o Barcarès, además de la muerte de Antonio Machado en Collioure y la de Manuel Azaña en Montauban.

Sin embargo, los campos de internamiento fueron bastante más numerosos. Estas líneas las escribo precisamente a pocos metros de donde estuvo uno de los más desconocidos, pese a que llegó a albergar a 25.000 exiliados: me refiero al campo de Agde. El campo de Agde fue levantado en marzo de 1939; según la versión oficial, se creó para aliviar los saturados campos antes mencionados, todos situados en la Cataluña francesa. Aunque el motivo de la construcción, en realidad, también fue otro: llevar a los republicanos españoles de origen catalán a otra zona —el Hérault— donde no pudieran hablar la lengua vernácula con la población que se acercaba al campo. De ahí que se conociese como «El campo de los catalanes».

El campo de Agde no se diferenciaba mucho del resto: construido sobre un descampado cerca de la costa, sufría la Tramontana que soplaba desde el Mediterráneo, los barracones atestados eran un foco de insalubridad, la comida y el agua escaseaban, y no pocos internos murieron entre los meses de marzo y septiembre de 1939, cuando los republicanos se marcharon para dejar sitio a los soldados checos movilizados en Francia a principios de la 2ª Guerra Mundial.

Algunos exiliados volvieron entonces a España, otros defendieron a Francia de los alemanes, y la mayoría acabaron empleados en el país de acogida como mano de obra, a menudo en condiciones precarias y desempeñando tareas agrícolas. Aun así, muchos de ellos prosperaron. Sus hijos y nietos fueron —o todavía son— profesores, abogados, médicos… y a algunos de sus biznietos les enseño yo ahora español en un instituto situado a quinientos metros del lugar en que estaba el campo.

Valga este artículo para ilustrar con ejemplos concretos la importancia de la libre circulación de las personas a través de las fronteras, y el derecho de todos a tener la oportunidad de llevar una vida mejor en un país extranjero. A la solemne Declaración Universal de los Derechos Humanos me remito: los artículos 22, 23, 24 y 25 contemplan el derecho de los hombres al trabajo y al bienestar. Y yo añadiría el que debiera ser otro derecho humano básico: el derecho a emigrar.

martes, 4 de febrero de 2014

Artículo en El diario.es sobre el 70 aniversario de la muerte de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry: el aviador que unió a los hombres

Se cumplen setenta años de la muerte del aviador francés

No soy un entusiasta de las conmemoraciones. El aniversario de la muerte o del nacimiento de un gran individuo, de un acontecimiento político, o de una hazaña patriótica, no suele conllevar más que una repetición de tópicos sobre la fecha celebrada, de la que pronto nos olvidamos, o unos cuantos eventos rutinarios y desganados, como realizados por obligación; eso si la conmemoración no se utiliza para una apropiación partidista: la figura de Albert Camus (1913-1960), símbolo de la independencia intelectual, fue reivindicada en 2013 tanto por políticos de la derecha, que en su día le atacó por criticar las torturas practicadas por el ejército francés en la guerra de Argelia, como por gentes de la izquierda, que no dudaron en acusarle de traidor cuando Camus denunció las purgas estalinistas.

Las efemérides proporcionan sin embargo un buen pretexto para leer a un autor con ojos nuevos, para descubrirlo, o para conocer su obra más allá de los prejuicios que suelen servir de excusa para ahorrarnos el esfuerzo de entrar en su universo. En un mundo literario como el actual, donde la arrogancia de lo novedoso arrincona a escritores fundamentales que damos por sabido sin haberlos leído, los aniversarios nos recuerdan como la voz puntual de la conciencia qué autores han soportado el paso del tiempo, sin duda la prueba más exigente.

Ahora que se cumplen setenta años de la desaparición —aún no se ha hallado su cadáver— de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), es el momento idóneo para profundizar en la obra y apasionante biografía del autor de Le Petit Prince, libro con el que millones de estudiantes se inician cada año en el aprendizaje de la lengua francesa; y, sobre todo, para leer sus novelas menos conocidas pero también portadoras de su dimensión humanista.

Autor de vida y obra indisolubles, del que Umberto Eco dijo que «no se sabía si escribía para volar o si volaba para escribir», Saint-Exupéry perteneció como Jack London o Joseph Conrad a la desaparecida estirpe de escritores aventureros que reflejaron la épica de sus oficios en sus creaciones literarias. Si Conrad recreó en sus novelas la vida de los marineros en los mares del Sur, y London retrató los trabajos humildes que desempeñó hasta poder vivir del periodismo, Saint-Exupéry, quizá poeta en prosa más que novelista, plasmó en sus libros la deslumbrante belleza de los desiertos que sobrevolaba en el avión del correo postal, la soledad del aviador nocturno que cumple con su deber aun a riesgo de perder la vida.

Antoine de Saint-Exupéry fue uno de los primeros pilotos en establecer la línea de correo aéreo entre Francia y Senegal. En 1926, año en que ingresó en la compañía Latécoère, las comunicaciones y la señalización durante los vuelos eran precarias, y las averías en los aparatos se producían con frecuencia, a veces en zonas como el Sáhara, donde los europeos eran recibidos con hostilidad. En su primera novela, Courrier Sud, publicada en 1929, se narran las peripecias de Jacques Bernis, alter ego del autor y piloto de la línea Toulouse-Dakar, que renuncia a una vida apacible con su amante Geneviève por el peligro y la aventura del correo aéreo.

Saint-Exupéry alcanzó muy pronto la madurez literaria. A los treinta y un años, cuando pilotaba en la línea Santiago de Chile-Mendoza-Buenos Aires, publicó la que quizá sea su mejor obra de ficción: la novela Vol de nuit. En esta obra con tintes de epopeya el lector se enfrenta al conflicto moral que representan los personajes de Rivière, organizador de los peligrosos vuelos nocturnos a través de los Andes por rutas aún sin establecer, y el de la mujer del piloto Fabien, que pierde a su marido en uno de los vuelos. La historia plantea dos dilemas capitales en la escritura de Saint-Exupéry: el de si es justificable poner en riesgo —y a veces perder— vidas humanas con el fin de impulsar las comunicaciones y el progreso, y el de si es preferible optar por una existencia arriesgada y susceptible de gloria u otra cómoda y anodina.

Entre la aparición de Vol de nuit y su siguiente libro, Terre des hommes, transcurrieron ocho años. Entre medias tuvo lugar una de las experiencias decisivas de su vida: el accidente en el Sáhara libio al que sobrevivió in extremis tras varios días de caminata gracias al auxilio de un beduino. Este episodio y las reflexiones que le asaltaron durante el trance aparecen admirablemente descritos en Terre des hommes, libro que contiene la mayor parte de su pensamiento además de un valioso testimonio sobre los pioneros del correo aéreo.

La obra de Saint-Exupéry sigue teniendo vigencia setenta años después de su desaparición. Sus libros representan un canto al compañerismo y a la lealtad entre humanos, y justifican la vocación de piloto que le llevaría hasta la muerte: «La grandeza de un oficio quizá radica en unir a los hombres».